Los 150 años de la proclamación del Dogma de la Inmaculada Concepción
Catedral de la Inmaculada Concepción de Denver será dedicada
nuevamente por el Arzobispo Chaput
Por Rossana Goñi
El Dogma de la Inmaculada Concepción fue proclamado por el hoy Beato Papa Pío IX hace 150 años. Hasta su proclamación, el dogma siguió un proceso de maduración de siglos. En los primeros siglos del cristianismo, los Santos Padres no se propusieron el problema de la Concepción Inmaculada de María ; pero desde muy temprano en la vida de la Iglesia se exalta su pureza y su maternidad. Dirá San Efrén de Siria: “Ciertamente Tú (Cristo) y tu Madre sois los únicos que habéis sido completamente hermosos; pues en ti, Señor, no hay defecto, ni en tu Madre mancha alguna”.
En el siglo V, San Máximo escribe estas palabras: “María, digna morada de Cristo, no por la belleza del cuerpo, sino por la gracia original”.
Se cree que en el siglo VII, y por obra de San Ildefonso, Arzobispo de Toledo, ya se celebraba la fiesta de la Concepción Inmaculada en España.
Sin duda, esta fiesta se celebraba ya en el siglo IX, como aparece por el calendario de mármol de Nápoles, que reza: “Día 9 de diciembre, la Concepción de la Santa Virgen María”.
Luego de largos debates teológicos durante la llamada “Edad Media”, sería el Beato escocés Juan Duns Escoto quien finalmente daría las bases teológicas para defender la inmaculada concepción de María.
Quienes opinaban contra el futuro dogma apelaron al Papa Juan XXII y éste luego de escuchar a ambas partes, dio la razón a Escoto y determinó celebrar la fiesta en la capilla papal en 1325.
En el Siglo XVI, el Concilio de Trento señaló que “al hablar del pecado original, no intenta comprender a la bienaventurada e inmaculada Virgen María, sino que hay que observar sobre esto lo establecido por Sixto IV”.
Las palabras del Concilio fueron decisivas para la extensión de la doctrina, que no tardó mucho en ser opinión universal.
España tuvo un papel decisivo en el triunfo del Dogma de la Inmaculada Concepción, pues los reyes españoles enviaron repetidamente a diversos papas legados especiales solicitando la definición del dogma. Por eso Pío IX quiso que el monumento a la Inmaculada, después de proclamado el dogma, se levantara en la romana Plaza de España.
El Papa Pío IX, en efecto, se decidió a dar el último paso para la suprema exaltación de la Virgen, definiendo el dogma de su Concepción Inmaculada. Dícese que en las tristísimas circunstancias por las que atrave-saba la Iglesia, en un día de gran abatimiento, el Pontífice le dijo al Cardenal Lambruschini: “No le encuentro solución humana a esta situación”. Y el Cardenal le respondió: “Pues busquemos una solución divina. Defina Su Santidad el dogma de la Inmaculada Concepción”.
Al poco tiempo, el Papa pidió el parecer de los obispos del mundo. Un obispo latinoamericano respondió: “Los americanos, con la fe católica, hemos recibido la creencia en la Inmaculada Concepción de María”.
Y así el día 8 de diciembre de 1854, rodeado de la solemne corona de 92 Obispos, 54 Arzobispos, 43 Cardenales y de una multitud incontable del ferviente pueblo romano, definía como dogma de fe la Inmaculada Concepción de María.
Las palabras utilizadas entonces por el Pontífice fueron: “La doctrina que enseña que la bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de pecado original en el primer instante de su Concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano, es revelada por Dios, y por lo mismo debe creerse firme y constantemente por todos los fieles”.
Según el P. Pascual Rambla, O.F.M., un teólogo especializado en el tema, las palabras utilizadas por el Papa Pío IX “son al parecer tan sencillas y simples, pero están seleccionadas una por una y tienen resonancia de siglos. Son eco, autorizado y definitivo, de la voz solista que cantaba el común sentir de la Iglesia entre el fragor de las disputas de los teólogos de la Edad Media”.
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