Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver

Agosto 2004

La Castidad desde la óptica del Amor

Por Andrea Canales

No sin gran alegría, finalmente llegó el verano y por tanto, el momento de las vacaciones, de las distracciones, del descanso. Y junto a esto, habremos notado que cierto tipo de publicidad añade a lo ya mencionado la "llegada del amor". Es el momento esperado para buscar al novio o la novia luego de los duros meses de stress en el trabajo o en el estudio. Verano: tiempo de relajo, tiempo de "amor". ¿Hay algo aquí que no anda bien?
Recientemente, el Santo Padre encontró su particularísima vitalidad juvenil en el encuentro con los jóvenes suizos en Berna. Entre otras cosas denunció "los espejismos de la sociedad de consumo" que son capaces de seducir y alejar al joven de la verdadera alegría enredándolo en "placeres pasajeros, en la indiferencia y la superficialidad" hasta el punto de buscar saciar su sed interior de un amor verdadero y puro "en el mar de una afectividad desordenada".
A mi parecer, llegamos a un punto fundamental: el joven, con la fuerza de su vitalidad, busca indefectiblemente amar y ser auténticamente amado. Pero esta riquísima potencialidad se ve críticamente afectada por un concepto de amor hecho a la ligera, de un "amor de verano" ya que "el calor suscita ciertas pasiones". La cultura del consumo y del utilitarismo inculcan o, mas bien, deforman esta potencialidad convirtiéndola en energía que cosifica y que usa. ¿El uno para el otro son un don mutuo e incondicional? o quizás una soledad que hay que cubrir o peor aún un deseo que hay que satisfacer.
No es fácil hablar entonces, de castidad hoy. Se dice que bajo el nombre de libertad se deben romper las barreras del tabú ´conservadurístico´. Pero ¿qué tabú? ¿qué prohibición? Probablemente la dificultad reside "en el hecho de que nuestra sociedad se ha alejado de la plena verdad sobre el hombre, de la verdad sobre lo que el hombre y la mujer son como personas. Por consiguiente, no sabe comprender adecuadamente lo que son verdaderamente la entrega de las personas en el matrimonio, el amor responsable al servicio de la paternidad y la maternidad, la auténtica grandeza de la generación y la educación". Hablemos pues, claramente si castidad es realmente la enemiga de la liberación juvenil o por lo contrario, su expresión más completa y fiel. El Catecismo de la Iglesia Católica describe y, en cierto sentido, define la castidad así: "La castidad significa la integración lograda de la sexualidad en la persona, y por ello en la unidad interior del hombre en su ser corporal y espiritual" o también como otro autor afirma: "la energía espiritual que sabe defender el amor de los peligros del egoísmo y de la agresividad, y sabe promoverlo hacia su realización plena".
Siendo así, la castidad sale en defensa de nuestra verdad. Defiende al hombre y a la mujer del encerramiento egoísta y hedonista para mostrarle su verdadera y más excelsa vocación: la del amor oblativo, sin límites, sin reservas."El amor es por tanto la vocación fundamental e innata de todo ser humano".
Dentro de esta óptica la feminidad y masculinidad son dones complementarios, en cuya virtud la sexualidad humana es parte integrante de la concreta capacidad de amar que Dios ha inscrito en el hombre y en la mujer. Se trata de un elemento "básico de la personalidad un modo propio de ser, de manifestarse, de comunicarse con los otros, de sentir, expresar y vivir el amor humano".
Si la sexualidad nos habla más allá del uso del cuerpo, del contacto sexual o de la reproducción para abrirnos a todo el horizonte rico del ser hombre o ser mujer, la castidad es justamente vivir cada vez más como verdadero hombre y verdadera mujer.
Lejos de ser una larga lista de "nos" y de prohibiciones es, más bien, una lista de "sís": sí a la verdad de nosotros mismos, sí al respeto propio y de los demás, sí a la alegría de ser quienes somos y sobretodo, sí a amar con verdadera libertad.
Vivir en libertad es vivir en verdad, y en concreto en la verdad de nuestra sexualidad, de su fin, de su sentido. Es por eso que todos estamos invitados a vivir la castidad: siendo ella un valor humano no es, por tanto, exclusivo a ninguno. Tanto una vida consagrada como una vida matrimonial existen para darse a los demás. Sea en una gran comunidad o sea en el núcleo familiar la sexualidad adquiere así, una posición particular e importante. Castidad en la vida célibe como una opción por consagrarse a Dios por toda la vida o castidad en la vida matrimonial como un armonizar la unión entre los esposos y la procreación de los hijos.
El amor nos abre al horizonte inmenso de hacer de nuestra vida un gran ideal por construir y por lograr. Y quien ama busca la pureza porque ella nos muestra con transparencia nuestra dignidad, nos enseña con claridad el fin para el cual fuimos hechos. Así podremos ver que está muy lejos de usar máscaras, de maltratar nuestro cuerpo, de reducirlo al placer cuando fue hecho para expresar nuestra riqueza interior.
La castidad responde a este ideal; es para quienes quieren hacer de su vida un sendero sólido que conduce a nuestra plenitud; aquella que sólo se encuentra en quien es el modelo de vida plena: el Señor Jesús.


 
 

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