El silencio ante la partida de
Juan Pablo el Grande
Por Rossana Goñi
Un silencio enorme se posa sobre esta tierra. La partida del Papa Juan Pablo II ha dejado mudos no sólo a los millones de católicos del mundo, sino a pensadores y comentaristas, a hombres de buena voluntad de todo el mundo. Sólo hablan los charlatanes, aquellos que prefieren decir frivolidades antes que callar, meditar, reflexionar y rezar.
El silencio que impone la partida de Juan Pablo II “el Grande”, no es producto de la sorpresa: agobiado por el peso de los años al servicio incansable del Evangelio y de la humanidad, nuestro querido Papa ya era un guerrero veterano, un héroe en el último aliento que solamente esperaba la llamada del Juez soberano, para recibir el premio que le aguarda.
No es sorpresa la causa del silencio, es asombro. Asombro frente a un pontificado que, paradójicamente, con la partida a la Casa del Padre de Juan Pablo II, se agiganta “como la sombra cuando el sol declina”, como decía de los grandes héroes un poeta de mi patria, el Perú.
Pero se agiganta hasta el horizonte, y mientras crece sin detenerse, quienes hemos tenido el don, el privilegio, la bendición y la gracia de ser testigos de este pontificado, no podemos sino contemplar esa sombra agigantándose, para aprender en silencio, y esperar para hablar solamente cuando el crecer de esa sombra luminosa permita una evaluación inicial, siempre incompleta.
Incompleta, porque la evaluación de la riqueza de este pontificado es una tarea que sobrepasará no sólo a cualquier individuo –periodista, analista o historiador,- sino a toda una generación.
Pero el silencio ante la partida de Juan Pablo II no es un silencio turbado, ni mucho menos vacío. Es un silencio como el que él testimonió: un silencio de fe, cargado siempre de esperanza. Es un silencio cargado de oración, esa costumbre espiritual que marcó cada instante de su vida y que lo ha llevado a la Patria Celestial.
Oración por él, por su eterno descanso en el seno del Padre. Pero sobre todo oración por nosotros, para que el don increíble que significó su pontificado para el mundo entero, para la Iglesia y para los católicos no sea una gracia desperdiciada, sino un don que hagamos fructificar.
Desde el inicio de su pontificado y a lo largo de él, Juan Pablo II nos dejó un mensaje que siempre estará en nuestras mentes y corazones: “¡No tengáis miedo! ¡Abrid de par en par las puertas al Redentor!”
En nuestro silencio, ese es el mejor tributo que podemos rendir al vigilante fiel que fue hallado en vela, vigilante del rebaño, cuando el Señor lo llamó: abrir ahora nuestros corazones al Señor y, sin temor, anunciar el Evangelio al mundo entero.
Nuestro silencio ante la partida de Juan Pablo II puede y debe ser, de parte de la Iglesia, tan activo y eficaz como fue su pontificado.
Nosotros, sus hijos latinoamericanos tendremos siempre al “Papa amigo” en nuestros corazones. Tanto amó a América Latina que quiso realizar su primer viaje a este Continente de la Esperanza y dijo durante su último viaje a México: “¡Amado Juan Diego, ´el águila que habla´! Enséñanos el camino que lleva a la Virgen Morena del Tepeyac, para que Ella nos reciba en lo íntimo de su corazón, pues Ella es la Madre amorosa y compasiva que nos guía hasta el verdadero Dios”.
Hoy, sin duda, la Virgen Morenita, a quien él consagró su pontificado, ha recibido a Juan Pablo II en su corazón. Juan Pablo el Grande ha escuchado con sus oídos las palabras del Redentor: “Ven, siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor”.
Que el Señor nos conceda estar a la altura de lo que nos deja, para que podamos escuchar también nosotros esas mismas palabras.