¿Por qué la Iglesia prohíbe los anticonceptivos?
¿Acaso no son más efectivos que los métodos de regulación natural de la natalidad? ¿No se busca lo mismo con la planificación natural, que la Iglesia sí aprueba?
Mons. Jorge De los Santos responde a estas preguntas hechas por una lectora. Nos ayuda así a resolver dudas al respecto, y a tener una correcta visión de la concepción y la paternidad responsable.
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El querido Papa Juan Pablo II señaló siempre con fuerza, que el verdadero problema de la anticoncepción es la mentalidad que la anima. Es la mentalidad de la cerrazón a la vida, de la falsedad en la relación entre el hombre y la mujer y de la manipulación y cosificación del amor.
Ante todo, la anticoncepción, como su nombre lo indica, implica una oposición a la concepción de una nueva vida. Es una actitud de rechazo. El Papa dijo que entre el recurrir a los métodos naturales (es decir, el recurrir a los ritmos de fertilidad e infertilidad que la misma naturaleza prevé para la mujer) y el anticoncepcionismo no hay una simple diferencia de método, sino dos concepciones de la persona humana y de la sexualidad humana, irreconciliables entre sí.
En la anticoncepción, la procreación se convierte en el ‘enemigo’ a evitar en la práctica de la sexualidad. Esta práctica tiene su raíz en una mentalidad hedonista, es decir, egoísta, que pone el placer por encima de todo: un hijo, una nueva vida. Ésta es la actitud contraria a la de Dios, que nos ha dado a nosotros la vida.
Por ello, la Iglesia ha enseñado siempre la intrínseca malicia de la contracepción, es decir de todo acto conyugal hecho intencionalmente infecundo. Esta enseñanza debe considerarse como doctrina definitiva e irreformable. El Papa Pablo VI y también el Catecismo de la Iglesia Católica señalan que es intrínsecamente mala “toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga como fin o como medio, hacer imposible la procreación” (Pablo VI, Humanae Vitae, 12; Catecismo, 2370).
En cambio, es profundamente diferente de toda práctica contraceptiva, tanto desde el punto de vista antropológico como moral, porque ahonda sus raíces en una concepción distinta de la persona y de la sexualidad, el comportamiento de los cónyuges que, siempre fundamentalmente abiertos al don de la vida, viven su intimidad sólo en los períodos infecundos, debido a serios motivos de paternidad y maternidad responsables. De donde se advierte claramente que, en caso que se pretendiera utilizar la técnica de un método natural con fines meramente anticonceptivos, esta práctica sería igualmente ilícita en el orden moral.
Cabe señalar además que la anticoncepción, por ser una oposición a la vida, tiene estrecha relación con el aborto. A veces se dice que hay que favorecer la anticoncepción para que haya menos abortos. Es falso. Aunque se trate de cosas diversas, una llama a la otra. El que no quiere una nueva vida, intenta primero evitar que venga, pero si falla en evitarla, intentará luego destruirla. Por eso decía Juan Pablo II: “Los contravalores inherentes a la ‘mentalidad anticonceptiva’... son tales que hacen precisamente más fuerte esta tentación (del aborto) ante la eventual concepción de una vida no deseada. De hecho, la cultura abortista está particularmente desarrollada justo en los ambientes que rechazan la enseñanza de la Iglesia sobre la anticoncepción” (Juan Pablo II, Evangelium Vitae, 13). Implica también una relación cosificada: que rebaja al otro cónyuge porque lo ve sólo como un objeto de placer. Una cosa que da placer, no una persona a la que se entrega con totalidad. Cuando el acto sexual se reduce a la búsqueda del placer, entonces se convierte en la suma de dos egoísmos, pero dos egoísmos no hacen un amor.
Finalmente, en la anticoncepción los esposos se comportan como dueños y árbitros absolutos de la creación. Ellos se dictan su propia ley, usan su cuerpo, su sexo, el placer, según sus propios criterios, contra la voluntad de Dios expresada en la ley natural y en los mandamientos divi
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