Ante un grave pecado, un mayor perdón
A pesar de haber caído hasta el fondo, encontró la reconciliación en Dios
La valentía de Patricia, quien llegó a experimentar en carne propia las graves consecuencias del pecado en su vida, es impresionante. Pero más impresionante es ver que al acogerse a la gracia infinita de Dios, ella encontró el verdadero amor y la verdadera paz, en el perdón de Dios.
Mi nombre es Patricia y recuerdo con especial cariño mi niñez. Pero en mi familia faltaba Dios. Mi mamá comenzó a creer en el new age y mis padres empezaron a tener problemas. Por la ansiedad, comencé a arrancarme el cabello. Finalmente ellos se divorciaron.
En el colegio yo era muy popular. Tenía buenas notas y me sentía muy segura de mí misma. Además era la niña de los ojos de mi papá.
A los 19 años tuve mi primer enamorado. Él era 5 años mayor y empezamos a tener relaciones sexuales. Un par de meses después, “bingo” quedé embarazada. Mis sueños se fueron por la borda, pero mi enamorado ¡se puso feliz! Eso me dio seguridad y decidimos tener al bebé. Pero una de mis mejores amigas me dijo que estaba cometiendo un grave error y me sugirió abortar. Decidí hacerlo, pero a mi mamá y a mi enamorado les diría que tuve una pérdida.
Ese día estaba muy asustada, pero la doctora me dijo: “Patricia, yo he tenido dos abortos y practiqué dos abortos a mi hija. Ella está bien, yo estoy bien, y tú vas a estar bien. No estás haciendo nada malo. Sólo nos tomará 5 minutos”. Sin embargo, durante el aborto me sentí la mayor traidora. En el fondo, sabía que estaba haciendo algo horrible. Pero me sentía aliviada librándome del “problema”. Cuando le dije a mi enamorado que “había tenido una pérdida” lloró desconsoladamente.
En la clínica abortiva, me dieron píldoras anticonceptivas para tener “sexo seguro”. Pero a los 4 ó 5 meses quedé embarazada por segunda vez. Saqué cita en Planned Parenthood y mi segundo aborto fue rápido; nadie supo de él.
La relación con mi enamorado empeoró muchísimo. Me sentía muy incómoda y deprimida a la vez. Pero a los 6 meses quedé embarazada por tercera vez. Esta vez sí se lo conté a mi enamorado y nuevamente se emocionó. Pero lo convencí de tener un aborto. Él me acompañó a la clínica abortiva, aterrorizado y preocupado por mí. Incluso se le caían las lágrimas de los ojos. En ese momento pensé ¡Qué malvada puedo ser, él piensa que es mi primer aborto, pero yo ya maté a nuestros otros dos hijos! ¡Soy una basura!
La relación se complicó más, y semanas después terminé con él y me mudé a California.
Conseguí trabajo en Planned Parenthood como asistente bilingüe. Allí hacían 40 abortos a la semana y la mayoría de “clientas” eran hispanas y áfrico americanas. Empecé a trabajar y la instructora me dijo: “Tienes que hacer todo lo posible para convencer a estas chicas que aborten. Si tienen miedo y quieren dar marcha atrás, diles que tú también tuviste un aborto. Pero NUNCA digas la palabra bebe. Debes referirte a su bebe como una cosa”. Me quedé impactada con esas palabras tan engañosas, pero no pensé mucho en el tema.
Dos días después ayudé por primera vez al doctor con los abortos. Me habían advertido: “Patricia, nunca digas lo que sucede en la parte de atrás del consultorio. No puedes decir que tiramos sus bebes a la basura”. Me quedé paralizada. Y tome la mano de la primera paciente, que lloraba desconsoladamente. Luego del aborto llevé a la oficina de atrás la bolsa con lo extraído, para contar las 5 partes del cuerpo y dar el ok al médico abortista. Recién entonces él podría concluir el proceso.
Por ser la primera vez, mi instructora hizo mi trabajo. Tomó una pinza y empezó: “Aquí está un brazo”, luego el otro, después las piernas. ¡Fue horrible! ¡No podía creer lo que estaba viendo! Reconocí la manito y los dedos del bebé. Traté de disimular, pero al ver la cabecita no pude más. Vi su nariz, pestañas y cejas. Entonces supe que había asesinado a mis tres hijos. ¡Dios mío! ¿Qué he hecho?
Seguí trabajando pero mi depresión empeoraba y no aguantaba más. Cada día a la hora del almuerzo me iba a mi auto a llorar desconsoladamente. Hasta que un día me fui y no regresé más.
Mi autoestima estaba por el suelo. Ya no era la joven popular y empecé a salir con un drogadicto. Comencé a consumir cocaína y metanfetaminas. Además me volví adicta al crack. No sabía quién era y poco a poco lo perdí todo. Dormía en moteles, autos, casas de vendedores de droga. Mi ansiedad era cada vez mayor y el hábito de arrancarme el cabello empeoró. Estaba frágil, delgada, con los huesos a la vista y los ojos con ojeras. Al verme al espejo no me reconocía. Sólo veía una mujer muerta en vida.
Un día, tuve una pelea con mi enamorado y me botó. Quedé completamente sola y abandonada; sin comida, agua, amigos, familia, drogas. Me quedé todo el día en una vereda, echada en posición fetal, llorando. No tenía nada. Había llegado hasta lo más bajo posible.
Entonces experimenté la presencia de Dios que me miraba. Levanté mi cabeza, llorando, y le dije: Eres lo único que me queda. No sé cómo llegué hasta aquí. Te agradezco por la hermosa niñez y familia que me regalaste. ¡Perdóname!
Ni bien terminé mi conversación con Dios, una chica de mi edad (22) llamada Bonnie, se me acercó, me abrazó y dijo: “Jesús te ama”. La miré confundida y ella me sonrió diciendo: “Soy la mesera del restaurante que está al frente. Estaba trabajando y Dios me dijo: Dile a esa joven que la amo y que nunca la abandonaré. Así que vine a decírtelo”.
¡No podía creer que Dios hubiera respondido tan pronto! Estaba sorprendida. Bonnie me llevó al restaurante y con su dulce sonrisa me dijo pide lo que quieras. Luego me dijo que me llevaría a mi casa. Y así lo hizo.
Después de 3 años de haber dejado a mi padre, llegué a su casa. Estaba muy nerviosa, pero toqué la puerta. Mi padre abrió y encontró a su princesita hecha un esqueleto casi sin cabello y con una profunda tristeza en los ojos. Me lancé a sus pies y le pedí perdón, tal como la hija pródiga.
Pasaron los años. Y si bien había escuchado hablar sobre los retiros de Rachel’s vineyard (para sanar las heridas del aborto), no quería pensar en ello. Ya me confesé –decía- no hay más que hacer. Pero al final, fui a un retiro.
Ese fin de semana fue muy fuerte. Dios me reveló muchas cosas, sanó las heridas de mis tres abortos, pero además me curó el dolor que tenía por el divorcio de mis padres y por mi drogadicción de años atrás.
Llegué al retiro sintiéndome una asesina y una pecadora malvada que abortó sus tres hijos. Salí del retiro, sabiéndome MADRE de tres hermosos bebes que Jesús y María cuidan y que me esperan para encontrarnos un día en el cielo. ¡Estaba tan dichosa!
Llamé a mi primera bebé Marianna en honor a la Virgen. Al segundo, le puse Emmanuel en honor a Jesús. Y a la tercera, Rosa, en honor al Rosario.
Ese fin de semana hice una promesa a mis hijos. Ya que yo terminé con sus vidas y no les dí la oportunidad de vivir, en adelante y en su honor, yo haría todo lo posible para defender la vida.
Y Dios lo permitió. Soy parte del equipo de Rachel’s Vineyard y tengo unos padres espirituales maravillosos: Valeria y Bob Fish. Valeria me ha acompañado espiritualmente y a través de ella, Dios me ha permitido servirle.
Agradezco a Dios la oportunidad de compartir mi testimonio. Pero este testimonio no es sobre mí, sino sobre Él y Su gloria. Amén.
Agradecemos la generosidad de Patricia por compartir con nosotros su testimonio.
* Patricia se dedica a ayudar a muchas mujeres a sanar sus heridas por el síndrome post-aborto en el Proyecto Rachel’s Vyneyard.
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