La pedagogía de la alegría y el dolor
Por Mayé Agama
La tarde del 18 de julio, tuve la inmensa bendición de participar en la hermosa Misa de Instalación del nuevo Arzobispo de Denver, Mons. Samuel J. Aquila. Sin duda, fue una verdadera fiesta, en la que la alegría, gratitud, y profundo gozo por el cumplimiento de las promesas de Dios, se vieron expresados a lo grande. Cantos, oraciones, aplausos, muestras de aprecio. Toda una gran familia, incluyendo un cardenal, 39 obispos -entre ellos el representante del Papa-, más de 300 sacerdotes y diáconos junto a cientos de laicos reunidos para participar de esta ceremonia inolvidable, que hizo que la Basílica Catedral de la Inmaculada Concepción, reluciera aún más. La Arquidiócesis de Denver tenía finalmente a su pastor.
Mons. Aquila, notablemente emocionado, agradeció a Dios y a la Virgen una y otra vez durante la Eucaristía: “¡Mi corazón está profundamente conmovido”, dijo Mons. Aquila. “¡Nunca imaginé, hace 36 años, que alguna vez llegaría yo a estar aquí en este lugar, en esta cátedra, como Arzobispo de Denver!"
Si bien Mons. Aquila nunca imaginó este momento, Dios en su infinito amor ya lo tenía pensado desde siempre: "Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado" (Jer. 1, 5). En el divino Plan de Dios, Mons. Aquila había sido llamado desde la eternidad, para vivir y responder en este momento de la historia, como Arzobispo de Denver; y para cumplir como dijo en su homilía, con "la misma visión que nos fue dada hace 2,000 años... ¡Que Cristo siempre sea el primero!"
Esta celebración histórica, fue compartida por muchísimas personas, quienes gracias a los medios pudieron seguir la ceremonia en vivo, y participar del amor infinito de Dios, quien después de 9 meses de vacancia, cumplía sus promesas y nos mandaba al pastor. Tal como lo señaló el profeta Jeremías ese mismo domingo, Dios, lleno de amor por sus ovejas pondría al frente de ellas "pastores que las apacienten para que nunca más estén medrosas, ni asustadas, ni falte ninguna".
¡Dios sabía bien que necesitábamos a nuestro pastor para cuidarnos y acompañarnos, porque lo que se venía por delante era fuerte y doloroso! Sólo dos días después de la toma de posesión de Mons. Aquila, en la mañana del 20 de julio, un acto maligno, violento e inhumano, teñiría de dolor y tristeza el ambiente de alegría y gratitud que se vivía en la Arquidiócesis: se trataba del terrible ataque en Aurora que todos conocemos, y que acabó con la vida de 12 personas, hirió a 58 e impactó al mundo entero.
Lamentablemente, situaciones tan horrorosas como la que todos hemos sufrido y llevado en el corazón en estas semanas, llevan a algunos a cuestionar con amargura, la presencia de Dios y su amor infinito por los seres humanos. Y es que el dolor y la muerte duelen, chocan, desgarran, revelan el corazón. ¡Qué duda cabe! Pero no es a Dios a quien debemos culpar. Él por el contrario, se entregó y murió en la Cruz por amor a cada uno de nosotros, para que el dolor y la muerte no tuvieran la última palabra, y para que pudiéramos alcanzar la reconciliación.
El dolor y el mal, son pues realidades inevitables para la humanidad. Desde que nacemos hasta que morimos conocemos el dolor en sus distintas manifestaciones: enfermedades, soledad, cansancio. Pero esto no se debe a un Dios indiferente y malo. Por un lado, la fragilidad es propia de la limitación humana; pero por otro, el mal es muchas veces consecuencia del pecado que nos lleva a optar por hacer daño, llegando en algunos casos a situaciones tan terribles como las de Aurora. El ser humano, embriagado por la cultura de muerte, ataca y desprecia cada vez con mayor facilidad la vida humana, llegando al punto de realizar actos de este tipo, que lamentablemente se hacen cada vez más frecuentes. No olvidemos que a la tragedia de Aurora, ocurrida hace sólo dos semanas, se suma hoy también, el ataque perpetrado hace dos días en Wisconsin, dejando 6 muertos y 4 heridos.
Todo esto es un misterio. Como seres humanos no podemos comprender a cabalidad estas situaciones. Muchas preguntas quedarán sin respuesta, pues nos trascienden. Sin embargo, sabemos y confiamos como nos ha dicho Mons. Aquila, que "el mal no tiene la última palabra". En la Resurrección del Señor Jesús, encontramos la victoria sobre la muerte". Por eso, nuestro Arzobispo nos invitó a todos a amar como Cristo nos amó, y a traer la reconciliación.
Estoy convencida de que ese llamado a vivir el amor y la reconciliación, es lo que nos traerá la verdadera paz que todos anhelamos y buscamos. Esa fue mi experiencia al participar el mismo 20 de julio en la Misa celebrada por nuestro Arzobispo en Queen of Peace para rezar por las víctimas, y dos días después, en la Vigilia de oración. Allí pude descubrir, cómo en medio de tanto dolor, miles de personas, de distintos lugares, familias, realidades, estábamos buscando y rezando por la paz, expresando nuestra compasión y solidaridad con todos los afectados. Recuerdo especialmente cuando una de las autoridades que tomaron la palabra en la Vigilia, pronunció, uno por uno, los nombres de los asesinados en Aurora; y a cada uno de los 12 nombres, todos respondimos: “Te recordaremos".
Fue un momento muy conmovedor, que atesoro en mi corazón. Y realmente espero que sí, que todos recordemos que la violencia no tiene sentido; que por el contrario, todos estamos llamados, tal como ha dicho nuestro pastor, a buscar con nuestras vidas, con nuestro testimonio, con nuestro esfuerzo, ser personas de paz, de amor, de reconciliación. ¡Eso es lo que el mundo necesita!
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