La Resurrección: El amor de Dios es más fuerte que la muerte
Por el Exmo. Monseñor Samuel J. Aquila.
Este tiempo comenzó para mí con una gozosa celebración. El miércoles 18 de julio, fui instalado como el quinto arzobispo y el octavo obispo de la Arquidiócesis de Denver. La celebración comenzó con las Vísperas Solemnes el martes por la tarde y continuó con la Misa de Instalación al día siguiente. Como muchos de ustedes saben, yo transcurrí 25 años como sacerdote en la arquidiócesis, de tal manera que esto fue para mí, un retorno a casa. ¡Nunca imagine que un día yo sería el Arzobispo de Denver! El amor providencial del Padre es verdaderamente maravilloso y sorprendente.
Quiero agradecer a todos por la cálida bienvenida que me han dado. Estoy agradecido con los sacerdotes, los diáconos, los consagrados, los laicos y los numerosos amigos que no había visto durante algún tiempo. Agradezco muy especialmente a todos los que trabajaron incansablemente para coordinar las actividades de la instalación. Sus esfuerzos fueron mucho más allá que lo que les correspondía por deber. Su preocupación especialmente por mi familia, por mis hermanos obispos y por los invitados de fuera, fue excelente porque extendió la hospitalidad de Cristo. ¡Gracias! Deseo, como su Arzobispo, conocerlos pronto a cada uno de ustedes, en las semanas y meses venideros.
Pero mi gran alegría se convirtió en tristeza el viernes 20 temprano por la mañana, cuando, como muchos de ustedes, supe del tiroteo que tuvo lugar en el Century 16 Aurora Theater, en la madrugada del viernes.
Me golpeó saber que 12 personas habían sido asesinadas y 58 heridas por un acto que sólo puede ser descrito como malvado. Mi corazón y mis oraciones están con las víctimas, sus familias, y con todos aquellos que se han visto afectados por esta tragedia. En verdad, todos nosotros hemos sido afectados: nuestros amigos, nuestros vecinos, nuestros hermanos y hermanas han sido víctimas también de un mal indescriptible. Nos solidarizamos con ellos, y todos lamentamos la gran pérdida.
En los últimos días, he escuchado muchas preguntas. Me han preguntado “¿Por qué ha pasado esto?” “¿Por qué me salve yo?” “¿Por qué un Dios bueno permite que esto pase?” Me recordaron a las reacciones que escuché después de los tiroteos de Columbine en 1999.
La tragedia genera incertidumbre porque trastorna las cosas que creemos implícitamente verdaderas: por ejemplo, que podemos ir a la escuela, o al trabajo, o al cine de manera segura. Cuando esas certezas se ven sacudidas, surgen muchas interrogantes.
Me imagino que hubo muchas preguntas después de la Crucifixión. En el cenáculo, los apóstoles se preguntaban las mismas preguntas que hoy nos hacemos. También nuestra Santa Madre, que había perdido a su Hijo, tuvo que enfrentar la pregunta de por qué esta tragedia había ocurrido. Su Hijo murió de una muerte violenta y Ella y San Juan observaron todo el evento.
Pero las preguntas cesaron cuando se encontraron con la Resurrección. Cuando María y los apóstoles se encontraron con Jesús, físicamente resucitado con las heridas en su cuerpo, sus dudas y temores desaparecieron: En el Cristo resucitado encontraron la victoria sobre la muerte y el mal. Comprendieron que el pecado más inexplicable, como el que recientemente hemos visto, es derrotado por el amor de Dios. El amor del Padre es más fuerte que el aguijón de la muerte. La Resurrección prueba que esto es verdad.
La Carta del Apóstol San Pablo a los Tesaloniscences nos dice que “nosotros no lloramos como aquellos que no tienen esperanza”. Nosotros lloramos sabiendo que el Señor ha resucitado, y que podemos resucitar con Él. Nosotros sabemos que nuestros queridos difuntos han sido confiados a un Dios que ha vencido la muerte y el pecado; aquellos que amaron al Señor viven en Él.
El mal es real. Nosotros lo hemos visto. El pecado también es real. Pero nosotros que hemos visto a Jesús resucitado, sabemos que el mal y el pecado no tienen la última palabra. Pongamos nuestra confianza, nuestra esperanza, y nuestras dudas en el Dios que ha vencido el aguijón de la muerte. En los días y semanas por venir, sigamos rezando por las víctimas y muy especialmente por sus seres queridos, para que se vean confortados por el Dios que es amor.
|
|||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
