En procesión
Estamos aquí por un tiempo, nuestra patria definitiva está en el Cielo
Por Luis Soto
Frecuentemente al dar una plática con grupos en la Arquidiócesis, inicio mi presentación preguntando: ¿Cómo comienza una Misa? Las respuestas varían. Algunos dicen que “con un canto”, pero no es verdad porque puede no haber canto y la misa comienza igual. Otros dicen “con la señal de la cruz”, pero para entonces algunos rituales ya han sucedido cuando llega el momento de la señal de la cruz… Más bien, podemos decir que cuando hay procesión de entrada en la Misa, es entonces cuando comienza la celebración. Un momento sencillo, pero que esconde el sentido último de lo que hemos venido a celebrar, que esconde nuestro destino, lo que estamos llamados a celebrar y cómo estamos llamados a vivir nuestras vidas.
Es tan importante que al menos en tres celebraciones eucarísticas del año, siendo éstas las más solemnes, como la Vigilia Pascual, la liturgia recomienda que todo el pueblo procese hacia el altar. Mis lectores se estarán preguntando ¿Por qué un acto tan “simple” tiene tanta importancia y cuál es su significado? La respuesta estará en las palabras que recogen los cantos de entrada tradicionales: “Vienen con alegría Señor, los que caminan por la vida Señor… somos un pueblo que camina y juntos caminando podemos alcanzar otra ciudad que no se acaba… juntos como hermanos, miembros de una Iglesia, vamos caminando al encuentro del Señor”. La procesión significa que los ahí reunidos, los que vamos a celebrar la muerte y resurrección del Señor, entendemos que nuestra vida es precisamente eso, una procesión. Estamos en este mundo sí, pero estamos de pasada.
Nuestra patria definitiva está en el Cielo. Estaremos aquí por algunos años, 20, 30, 70, 80 o quizá más, pero será un paso temporal. Estamos llamados a algo más desde esta vida. Nuestra vocación no se acaba aquí, sino que continúa. El sacerdote de hecho se dirigirá hacia el lugar desde el cual presidirá la celebración y besará el altar, que representa a Cristo. Vamos a su encuentro. Nosotros cómodamente observamos desde nuestros lugares mientras esto sucede, pero en realidad nosotros debimos haber hecho nuestra propia procesión también. Al salir de casa y dirigirnos a la Iglesia, estamos haciendo nuestra procesión. Nuestro camino hacia la Iglesia debe también estar marcado por esa solemnidad. A fin de cuentas, y como dice el canto que antes cité: “vamos caminando (quizá manejando) al encuentro del Señor”.
Las procesiones, las peregrinaciones simbolizan nuestra vida. Son imagen de lo que somos y de lo que nuestra vida es y significa. Por eso generalmente vamos en procesión hacia una montaña o hacia un lugar alto. Por eso generalmente buscamos que la procesión o peregrinación represente esfuerzo y dificultades… así es nuestra vida caminando al encuentro de Dios. La procesión tiene un significado muy importante entonces.
El saber que nuestra vida tiene una patria definitiva que no es ésta, es algo que no nos puede dejar cruzados de brazos. Nos debe invitar a vivir nuestra vida desde esa perspectiva. No es lo mismo vivir pensando que todo se acaba aquí, que vivir sabiendo que no somos de aquí. Los valores que debemos vivir son aquellos de nuestra patria definitiva, valores celestes, valores de Dios. De alguna manera, cuando planeas un viaje, lo haces con tiempo y te aseguras de planear todo lo que necesitarás en el lugar a visitar, con mucha más razón si te vas a mudar de lugar de residencia. Lo mismo sucede con nuestras vidas. Vivimos esta vida planeando nuestro viaje definitivo a nuestra casa final, donde el Señor nos espera con una habitación preparada. De tal manera que los valores que intentamos vivir aquí y ahora, son los valores eternos que nos esperan en nuestra casa definitiva.
La próxima vez que vayamos a Misa, hagamos lo siguiente: salgamos de casa en espíritu de procesión, cuidemos la música que escuchamos en el auto en camino a la Iglesia, la Misa ha comenzado para nosotros y estamos en camino a su encuentro; acompañemos solemnemente el precioso momento de la procesión reflexionando sobre cómo nuestra vida es realmente un reflejo de Dios, un reflejo de nuestra patria definitiva; reflexionemos si realmente vivimos nuestra vida sabiendo que aquí solamente estamos de paso, si preferimos atesorar tesoros en el cielo que aquí. Y al salir de Misa, de nuevo en procesión, sepamos que estamos llamados a vivir en nuestro día a día lo que hemos celebrado. Estamos llamados a vivir los valores de Cristo, los valores de Dios, de su Iglesia en el día a día de nuestras vidas.
La procesión no es pues sólo un adorno, sino que tiene un sentido profundo, como sucede con cada momento en la celebración Eucarística. Mi vida es una procesión, tu vida es una procesión. Cada decisión que tomamos nos acerca o aleja de nuestro destino. Vive tu vida en procesión a la eternidad…
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