
Educar sexualmente es educar en el amor
Este mes, una señora consciente de la necesidad de explicar a sus hijos sobre la sexualidad, nos preguntó: “A los cuántos años debo hablarle a mis hijos, especialmente a mis hijas mujeres sobre sexualidad. ¿Qué tan abiertamente puedo hacerlo y cómo explicarles? Mi hija tiene 8 años”.
El Padre Armando Marsal, Asesor de la Pastoral Familiar en la Arquidiócesis de Denver, ha tenido la amabilidad de responder a esta pregunta. Él pertenece al Instituto Religioso de los Discípulos de los Corazones de Jesús y María y trabaja en la Parroquia San Pío X.
El primer principio para la educación sexual de los hijos es que ésta no se puede separar de la educación de los afectos, ni de la educación al amor. La educación de la persona ha de ser integral, desarrollando todas las dimensiones de su persona: biológica, psicológica-afectiva y espiritual, las cuales han de desarrollarse armónicamente.
La sexualidad no es algo que tiene, sino su modo de ser persona humana. La sexualidad es un elemento básico y constitutivo de su personalidad; un modo propio de ser, de manifestarse, de comunicarse con los otros, un modo de sentir, expresar y vivir el amor humano. Por eso, es parte integrante del desarrollo de su personalidad y de su proceso educativo.
Su sexualidad marca toda su vida y todas sus relaciones humanas. De hecho, el trato de papá con su hijo y con su hija es distinto, y la relación de mamá con su hija y con su hijo es también distinta.
Por ello la educación sexual comienza desde el seno materno, porque no es ni puede ser ajena a la educación de los afectos ni a la educación de la persona para la libertad y el amor. Cuando se separan se destruye a la persona, se la incapacita para amar y por tanto para ser feliz.
Educar integralmente es ayudar a toda la persona a desarrollarse como persona. Esto significa dos cosas, que van unidas: En primer lugar desarrollar su vida interior (su belleza está en su interior, es lo que hace que tu hija sea alguien especial, alguien único e irrepetible, esa vida interior es su misterio). Se trata de enseñarle que, como ser humano tiene un corazón, tiene voluntad, tiene capacidad de decidir, y esto precisamente es lo que la diferencia de los animales. Y que debe saber que todos sus actos, quiera o no, tienen consecuencias en su vida interior, en su humanidad y por tanto en su felicidad.
Y en segundo lugar, enseñarle su llamado a vivir la comunión con los demás, a través del amor-amistad que va forjando en las relaciones con sus padres, hermanos, amigos…
Educar a un hijo, en la sexualidad, es enseñarle a tener consciencia clara y a vivir estos dos hechos básicos humanos. Para ayudarla en el primer punto lo más poderoso es abrirle a su relación personal con Dios padre y para el segundo a su relación esponsal con Jesús.
Hay que enseñarle a amar y hacerle ver la relación entre amor humano verdadero y matrimonio. El amor es entrega sincera de mí mismo a los demás, sólo se aprende y vive en el matrimonio, en esa entrega total, exclusiva fiel y fecunda de un hombre y una mujer. A esa entrega de amor como esposa es a lo que su sexualidad femenina le está llamando y es ahí, y sólo ahí, donde la sexualidad lleva a la felicidad y no se convierte en fuente de fracaso, desesperación, vacío, amargura y esclavitud, como se ha convertido para tantas mujeres y hombres. Esa llamada de la sexualidad al matrimonio se despierta con más fuerza en la pubertad (12 años). Antes de esa edad tu hija tiene que entender el sentido de la sexualidad femenina y masculina.
Habrá que usar un lenguaje adecuado en las respectivas edades: pero siempre háblale a tus hijos como personas que tienen que aprender a ser libres, a amar y a dar vida. No separes nunca la sexualidad de estas tres verdades a las que va unida.
Es necesaria la prudencia, delicadeza, respeto, para dar luz sobre la persona-sexualidad-amor-vida, que juntas muestran el bellísimo y grandioso plan de Dios. El lenguaje al niño de 3 años será simbólico, metafórico. Al de 7 años más concreto y racional. Y siempre, tú, madre o padre, deberás tomar la iniciativa en el diálogo con tus hijos, pues es esencial; no sólo para hablar de sexualidad, sino para abrir el corazón de tus hijos a la confianza, para que sepan que los amas y te preocupas por ellos, que le das tu tiempo, los escuchas y los aceptas como son; y los ayudas a crecer interiormente.
Los padres deben ser los primeros y los mejores educadores de sus hijos. Hay que atreverse sin complejos o vergüenzas a hablar con los hijos, a asumir la misión educativa que sólo los padres pueden realizar, pues está en juego la felicidad de los hijos. ¿Quién les hablará del amor y vida si no lo hacen los padres?