Hacia dónde vamos
Las contradicciones de la contracepción
Por el Exmo. Monseñor James D. Conley.
A principios de los 70, las mujeres norteamericanas reportaban ser mucho más felices que los hombres. Desde aquella época los cambios sociales han permitido importantes avances para las mujeres en diversas esferas de la vida nacional. Las mujeres tienen hoy mayor acceso a la educación y el trabajo. Las mujeres se han elevado a posiciones más prominentes de influencia y poder tanto en el mundo de los negocios como en la política. Las mujeres norteamericanas obtienen grados universitarios a un índice más alto que los hombres. Y gracias a la revolución sexual, las mujeres tienen acceso a la actividad sexual “sin riesgo” socialmente aceptada a un nivel más alto que cualquier otro tiempo de nuestra historia.
Y desde los 70 el nivel de felicidad de las mujeres norteamericanas ha venido cayendo sostenidamente. La razón, según un creciente número de investigaciones académicas y periodísticas es la contracepción y el aborto.
En los últimos 40 años académicos, seculares y líderes culturales han asumido la idea común que la contracepción es indispensable para alcanzar la igualdad social de las mujeres. Sin la contracepción, se piensa que las mujeres estarían oprimidas forzadas a vivir sus vidas en sumisión a los hombres y sin oportunidades. Instituciones como la Iglesia Católica reclamaron que se dedicaban a oprimir a las mujeres.
Pero la verdad es que mientras el uso masivo de la contracepción y el aborto son peligrosos para todos, lo son especialmente para las mujeres.
En su nuevo libro, “Adam and Enve After the Pill: Paradoxes of the Sexual Revolution”, la investigadora de Stanford Mary Eberstadt argumenta muy convincentemente que “el peso de la revolución sexual ha caído más pesadamente en los más pequeños y débiles hombros de nuestra sociedad, a la vez que le ha dado mayor fuerza a aquellos que eran los más fuertes y depredadores”.
En resumen, dice Eberstadt, la contracepción debilita radicalmente los vínculos familiares, dejando a las mujeres con menos probabilidades de tener una relación saludable, a la vez que se encuentran desproporcionadamente responsables por el cuidado de los niños que tienen.
Timothy Reichert, un renombrado economista y residente de Colorado, estuvo recientemente en un ensayo titulado “Píldora Amarga” en la revista First Things, que la contracepción lleva a una dinámica injusta entre el hombre y la mujer en la cual las mujeres que quieren casarse se sienten descartadas por hombres que son libres de tener relaciones sexuales sin ninguna consecuencia.
Y Helen Alvaré, profesora de Derecho en la Universidad George Mason, ha explicado que el divorcio entre sexualidad y procreación lleva a una cultura que espera que las mujeres estén sexualmente disponibles para los hombres sin jamás desear hijos. Alvaré ha señalado que la mayoría de la mujeres incluso hoy “les gustaría estar casadas en algún momento, o tener algún tiempo para dedicarle a sus hijos”, y que las expectativas puestas en las mujeres hacen que estas proposiciones sean cada vez más difíciles. La cultura contraceptiva, ella señala, trágicamente disminuye la responsabilidad de los hombres en la familia.
La libertad prometida por la revolución sexual no es para nada una verdadera libertad. Jennifer Fulwiler, una popular bloggera y escritora del National Catholic Register lo describe muy bien: “Me parece irónico decir que la contracepción permite a cualquier vivir libremente, la cultura secular asegura a las mujeres que pueden realizar los actos que crean bebés, incluso si no están preparadas para ser madres. Se les entrega contraceptivos y se hace que se olviden de la posibilidad de la maternidad. Entonces, cuando la contracepción falla, como suele suceder frecuentemente, terminan sintiéndose atrapadas, percibiendo que la única salida es a través de las puertas de una clínica de abortos. Esto, para mí, no se parece en nada a la libertad”.
La verdadera libertad se adquiere cuando descubrimos el Plan de Dios para nuestras vidas y cuando lo vivimos. La libertad sexual alcanza su más alto sentido y plenitud en el matrimonio en las relaciones abiertas a los frutos naturales de la sexualidad: un vínculo de unidad, una manifestación de confianza, y por su puesto, la posibilidad de los hijos.
La Iglesia Católica no tiene ningún interés en la opresión de las mujeres y al contrario de lo que dicen algunos medios de comunicación no están librando alguna “guerra contra las mujeres”. Eso es ridículo y absurdo. En cambio, ella cree que la felicidad viene con la libertad de vivir el Plan de Dios. Mientras la “libertad” prometida por la revolución sexual ha evidenciado ser vacía y miope, todos estamos llamados a ser testigos de la verdad de Jesucristo, “la verdad que nos hace libres”.
Mons. James D. Conley, es actualmente el Administrador Apostólico de la Arquidiócesis de Denver.
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