El Espíritu Santo que recibimos en Pentecostés
¿Quién es el Espíritu Santo?
La fuerza evangelizadora la encontramos en el Espíritu Santo
Es el Amor en Persona que fortalece, consuela y da la gracia para seguir caminando
Por el Equipo de Redacción de EPC
Las puertas fueron cerradas por miedo. Este miedo e inquietud, explican los Padres de la Iglesia, “han cerrado simultáneamente la casa y los corazones de los discípulos y han prevenido completamente que la luz se dé a conocer” (Pedro Crisólogo). No había luz en la casa ni en los corazones de los discípulos.
Algunas veces no hay luz en nuestras casas ni en nuestros corazones. No hay suficiente esperanza, no hay suficiente gozo, no hay suficiente paz.
Muchas veces hemos vivido esta experiencia de los apóstoles: miedo e inquietud, porque nuestras vidas no muestran los frutos de la victoria de la Pascua. Muchas veces los pecados, los mismos problemas, los mismos miedos. En esa situación, podemos pensar que es mejor cerrar las puertas. ¿A quién? A Dios, a nuestro corazón y añoranzas: es mejor no soñar con santidad; es mejor aceptar que no vamos a ser tan buenos como quisiéramos ser. De esta manera, prevenimos que la luz entre en nuestros corazones, de esta manera vivimos aparentemente tranquilos.
Pero después el Señor viene a nuestra casa y trae la luz de paz y de felicidad. No la paz falsa del mundo, al evitar cualquier momento de silencio. El Señor trae la paz de la verdad, la paz de esperanza: Él trae el verdadero gozo. Él nos entrega su paz cuando nos entrega el Espíritu Santo.
Para muchos existe una dificultad en particular cuando tratamos de entender el misterio de la Tercera Persona en la Santísima Trinidad. Nos relacionamos con el Padre así como el hijo lo hace con su padre; nos relacionamos con el Hijo así como alguien se relaciona con su hermano. Pero no tenemos una relación humana que nos ayude a entender nuestra relación con el Espíritu Santo Paráclito. Y esto es una experiencia normal: C.S. Lewis dijo que si pensamos en el Padre como si estuviese “delante de nosotros”, y en el Hijo “a nuestro lado”, ayudándonos a rezar, luego tenemos que pensar en el Espíritu Santo “dentro de noso-tros”. Él es, precisamente, el Amor en Persona, el que nos fortalece, el mejor consolador, la luz más sagrada, un invitado dulce del alma, Padre de los pobres, generoso con sus obsequios, luz de nuestros corazones. Él trabaja en el interior, con una voz suave, con amor. Él es la Persona que nos va a dar el amor para poder hacer lo que no podemos hacer por nosotros mismos, aunque no podamos ver o sentir su presencia. Santa Catalina de Siena cuenta haber experimentado una tentación violenta. Cuando pasó la tormenta, Cristo se le apareció.
Ella le dijo: “¿Dónde estuviste cuando te necesité?” Jesús le respondió “Estaba en tu corazón”. Ella contestó, “¿Cómo pudiste haber estado conmigo cuando fui asediada por esos pensamientos tan desagradables?” El Señor le preguntó, “¿Los pensamientos te causaron placer o dolor?”. “Dolor horrible”, dijo ella. “Entonces, sabes que estuve contigo. Sino hubiera estado ahí, te hubieran causado placer. Fue mi presencia la que marcó la diferencia. Yo defendí a tu corazón contra la tentación. Nunca había estado cerca de ti”.
El Espíritu Santo, el Defensor, siempre está con nosotros, trabajando dentro, dándonos la paz verdadera que necesitamos para ser santos y completar nuestra misión apostólica. Ese amor de Dios que se vive en la Santísima Trinidad tiene como fuente al Espíritu Santo y es también Aquella Persona que nos impulsa y nos da la fuerza para salir y evangelizar. ¡Cuántas veces experimentamos un gran celo apostólico, un impulso interior que nos lleva a hablar de Dios y nuestra fe a las demás personas! Esa fuerza interior nos la da el Espíritu Santo, a quien estamos invitados a seguir pidiendo su ardor en nuestras vidas para llevar la Buena Nueva, para transmitir la alegría del Señor Jesús en nuestras vidas.
Todo cristiano tiene la misión de evangelizar en la Iglesia. “El Espíritu Santo, el día de Pentecostés, bajo los signos de un viento impetuoso y del fuego, irrumpe en la comunidad orante de los discípulos de Jesús y así da origen a la Iglesia” nos dice el Papa Benedicto XVI. Entonces, todos estamos invitados a abrir las puertas de nuestras vidas continuamente. Cuando el Señor Jesús nos dice “la paz con vosotros”: este saludo del Señor es un puente, que él tiende entre el cielo y la tierra. Él desciende por este puente hasta nosotros, y nosotros podemos subir por este puente de paz hasta él”. Ese don maravilloso del Espíritu Santo que nos lo sigue enviando a través de la gracia abundante que recibimos de manera particular en los Sacramentos, pero también por el Amor de Dios hacia nosotros muchas veces sin pedírselo.
Este puente que Él tiende hacia nosotros, nos impulsa a poder llegar a las demás personas, a los necesitados, a los que sufren, a los que no conocen a Dios. Cristo baja y está entre nosotros, también nosotros estamos invitados a abajarnos, a ser humildes y sencillos, para ser como Cristo y unirnos a Él, para luego elevarnos al Padre. Es ahí donde debemos esforzarnos para llevar a los demás, al encuentro con el Padre, con el Hijo y con el Espíritu Santo.
El domingo 27 de mayo, celebraremos la Solemnidad de Pentecostés. Es un tiempo para vivirlo de manera especial con nuestra Madre Santa María. Situemos nuestros corazones en su corazón, que con el fuego del Espíritu Santo podamos abrir las puertas al gozo de su presencia y creer y esperar que este amor es verdadero, que nosotros podemos ser como los apóstoles: gente débil pero fortalecida por el Espíritu que van al mundo con valor a compartir Su luz.
Oración al Espíritu Santo
Ven Espíritu Santo, envía tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.
Entra hasta el fondo del alma,
divina luz y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre si Tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado cuando no envías tu aliento.
Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas,
infunde calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.
Reparte tus Siete Dones según la fe de tus siervos.
Por tu bondad y tu gracia dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse y danos tu gozo eterno.
Amén.
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