Los santos nos enseñan a vivir la Pascua
La Resurrección del Señor Jesús es un tiempo de fe, agradecimiento, esperanza y gran gozo
Por el Equipo de Redacción.
¡Tiempo de Pascua, el Señor Jesús ha resucitado! No hay nada que temer, no hay motivo para estar tristes. La esperanza y el amor son reales, pues Jesús mismo ha resucitado y está entre nosotros. El Papa Benedicto XVI nos dice que “la resurrección de Jesús devolvió la alegría al mundo entero, y nos permite gozar de esa alegría ahora y siempre, en nuestra vida actual y en la vida sin fin”. En esta sección, hemos querido recoger diferentes reflexiones sobre la Pascua de Resurrección de beatos y santos que nos han precedido en nuestra vida cristiana. Aprendamos de ellos a vivir este tiempo con un corazón agradecido, confiado y alegre. ¡Feliz Pascua de Resurrección!
Santa Teresa de Jesús
“Miradle resucitado; que sólo imaginar cómo salió del sepulcro os alegrará. Mas ¡con qué claridad y con qué hermosura! ¡Con qué majestad, qué victorioso, qué alegre! Como quien tan bien salió de la batalla adonde ha ganado un tan gran reino, que todo le quiere para vos, y a sí con él. Pues ¿es mucho que a quien tanto os da volváis una vez los ojos a mirarle?”
Beato John Henry Newman
“Era lógico esperar que nuestro Señor, una vez resucitado, se apareciera al mayor número posible de personas, y sobre todo, a los que lo habían crucificado. Y sin embargo, la historia nos muestra que hizo todo lo contrario, se manifestó tan sólo a algunos testigos escogidos, y especialmente a sus discípulos inmediatos. Es lo que el mismo san Pedro reconoce cuando declara: «Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que él había designado: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección» (Hch 10,40-41).
Esto, a primera vista, nos parece extraño. En efecto, estamos predispuestos a hacernos de la resurrección una idea bien diferente, a representárnosla como una manifestación esplendorosa y visible de la gloria de Cristo… Al imaginarla así, como un triunfo público, pensamos en la confusión y el terror que habría sobrecogido a los verdugos si Jesús se hubiese presentado vivo ante ellos. Pero, insistimos en ello, un razonamiento de esta categoría nos llevaría a concebir el Reino de Cristo como un reino de este mundo, lo cual no es justo. Esto sería representarnos a Cristo como si ya entonces hubiera venido a juzgar este mundo, lo cual no llegará hasta el último día…
¿Por qué se presentó tan sólo «a los testigos que él había designado»? Porque era el medio más eficaz de propagar la fe al mundo entero… ¿Cuál hubiera sido el fruto de una manifestación pública que se impone a todos? Este nuevo milagro hubiera dejado a la muchedumbre tal cual él la había encontrado, sin ningún cambio eficaz. Ya sus antiguos milagros no habían convencido a todo el mundo… ¿qué es lo que hubieran podido decir y sentir que fuera más que lo que habían sentido anteriormente, «aunque resucite un muerto»? (Lc 16,31)… Cristo se aparece para suscitar testigos de la resurrección, ministros de la palabra, los fundadores de su Iglesia. ¿Cómo hubiera podido llegar a serlo la muchedumbre, con su naturaleza tan cambiante?”
Beata Teresa de Calcuta
“Jesús se presenta a no-sotros como la Verdad para ser transmitida, la Vida para ser vivida, la Luz para ser iluminada, el Amor para ser amado, el Gozo para ser dado y la Paz para ser repartida”.
Beato Juan Pablo II
“«Señor, ¿a quién vamos a acudir?» Sólo Tú, que has vencido a la muerte, «tienes Palabras de vida eterna» (Jn 6, 68). A ti dirigimos con confianza nuestra oración, en la que invocamos también tu consuelo para los familiares de las numerosas víctimas de la violencia. Ayúdanos a trabajar sin cesar para que venga ese mundo más justo y solidario que Tú, resucitando, has inaugurado.
En este esfuerzo está a nuestro lado aquella que creyó que se cumplirían las Palabras del Señor (cf. Lc 1, 45).
¡Dichosa tú, María, testigo silencioso de la Pascua! Tú, Madre del Crucificado resucitado, que en la hora del dolor y de la muerte tuviste encendida la lámpara de la esperanza, enséñanos también a no-sotros a ser, entre las contradicciones del tiempo que pasa, testigos convencidos y gozosos del perenne mensaje de vida y de amor que trajo al mundo el Redentor resucitado”.
San Agustín
“El Señor, después de su resurrección, se apareció a sus discípulos y les saludó diciendo: «¡Paz a vosotros!». Este saludo que salva es, verdaderamente, la paz porque la palabra «saludo» viene de «salvación». ¿Qué más se puede esperar? El hombre recibe en persona el saludo de salvación porque nuestra salvación es Cristo. Sí, él es nuestra salvación, él, que por nosotros fue herido y clavado en el madero, después bajado de la cruz y puesto en un sepulcro. Pero él resucitó del sepulcro; sus heridas curaron pero conservan las cicatrices. A los discípulos les hace bien que sus cicatrices permanezcan para poder, con ellas, curar las heridas de su corazón ¿Qué heridas? Las de su incredulidad. Se les apareció con un cuerpo verdadero y «creían ver un fantasma». Esto no es una ligera herida en su corazón…
Pero ¿qué dice Jesús, el Señor? «¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior?» Es bueno para el hombre que no sea su pensamiento el que se levanta por encima de su corazón sino que sea el corazón el que está por encima; es eso lo que el apóstol Pablo quería inculcar en el corazón de sus fieles cuando decía: «Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis, juntamente con él, en gloria» (Col 3,1s). ¿Y cuál es esta gloria? La gloria de la resurrec-ción…Nosotros ahora creemos en la palabra que nos han dicho los discípulos aunque no nos hayan mostrado el cuerpo resucitado del Salvador… Pero en aquel momento, el acontecimiento parecía increíble. El Salvador, pues, les indujo a creer no sólo por la visión material sino también a través del tacto a fin de que, por medio de los sentidos, la fe les bajara hasta el corazón y pudieran ir a predicar por el mundo entero a los que no habían visto ni tocado, y, sin embargo, creerían sin dudar (cf Jn 20,29)”.
San Antonio de Padua
“Desapareció la amarga raíz de la cruz, floreció la flor de la vida con sus frutos. El que yacía en la muerte, resucitó en la Gloria. Resucitó de mañana el que había sido sepultado por la tarde, para que se cumpliera la palabra del salmo: ‘Por la tarde durará el llanto, pero por la mañana brillará la alegría’ (Sal. 29, 6)”.
San Juan Casiano
“No dijo San Pablo que el reino de Dios consistía en la alegría de una manera general y absoluta, sino que precisa y especifica que se trata de una alegría o gozo en el Espíritu Santo. él sabía de sobra que existe otra alegría, una alegría reprensible de la cual está escrito: El mundo se alegrará. ¡Ay de vosotros, los que ahora reís, porque lloraréis! (Lc 6, 25; Jn 16, 20)”.
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