Todo es posible con la ayuda de Dios
A sus 73 años de edad, Juan Mejía culmina su primaria
Por Lara Montoya
La ceremonia de graduación de los alumnos de Plaza Comunitaria ofrecida por el Centro San Juan Diego este 2011 parecía una ceremonia como cualquier otra, sin embargo, algo la haría particularmente diferente a las demás. En medio de la graduación, fue llamado el Sr. Juan Mejía, un hombre de 73 años quien se dirigió al podio para dirigir unas palabras a nombre de todos sus compañeros. Sus pasos eran lentos y caminaba ayudado de un andador. Su presencia conmovió a los presentes, no necesariamente por su fragilidad física, sino sobre todo por la fuerza de sus palabras, “mi caso es un ejemplo perfecto de que sí se puede – dijo Juan con la voz quebrada y con lágrimas en los ojos – hace tres años sufrí un derrame cerebral y hoy recibiré mi diploma de graduación”.
Juan acaba de terminar su primaria y está decidido, si Dios se lo permite, a continuar con la secundaria y el bachillerato. “Desde que tuve el derrame dejé mi vida activa, ahora tengo un andador, pero sé que todo se puede hacer queriendo y por su puesto con la ayuda de Dios, yo tengo mucha fuerza de voluntad”, señaló.
“Cuando era niño no pude seguir estudiando- nos cuenta Juan- yo era el más pequeño de 12 hijos, éramos muy pobres, mi madre falleció cuando tenía un año y mi padre se quedó solo, con todos nosotros, necesitaba que lo acompañáramos y ayudáramos en su trabajo”. Juan estaba en tercer año de primaria cuando se vio obligado a dejar la escuela, desde entonces, nos comenta, nunca más dejó de trabajar.
“Estaba acostumbrado a tener siempre mi dinero, ahora que ya no tengo nada se me hace muy duro, cuando me fui de Zacatecas (México) a California, llegué juntando botellas y luego compré una camioneta, me levantaba a las 4 de la mañana para empezar a trabajar, mi vida era muy activa”.
El cambio radical que la vida de Juan tomaría después del derrame que sufrió, era una de las preocupaciones de Irene, su hija, quien fue la que lo animó a retomar sus estudios en el Centro San Juan Diego, “yo tengo distrofia muscular- señaló Irene- la heredé por parte de él y de mi mamá. Pero cuando empecé a estudiar en el Centro San Juan Diego no sólo empecé a aprender, sino que las clases me han ayudado mucho en mi enfermedad, me han ayudado a no deprimirme”. Irene continúa compartiendo “como mi padre sufrió un derrame cerebral pensé que ir a las clases le podría ayudar a no deprimirse. El doctor me dijo que lo involucre en algo que tenga su cerebro ocupado. Después de seis meses del derrame empezó a ir a clases”.
La enfermedad le ha dado además un giro de 180 grados a la vida de Juan, nos comenta Irene, “mi papá se ha acercado mucho al Señor desde lo que sufrió, siempre va a Misa y comulga, ahora reza mucho más, está muy diferente, yo lo veo porque está conmigo de lunes a viernes, está más cerca de Dios y veo que se ha arrepentido de su vida anterior”.
Y es que los Planes de Dios son siempre perfectos, aunque nos parece que escribe derecho con líneas torcidas, su Amor siempre se hace presente y del sufrimiento saca grandes frutos si así lo dejamos, y esa es la principal enseñanza de la historia de Juan.
Su enfermedad no sólo lo ha acercado a Dios, sino que ha permitido que Juan cumpla su sueño de poder terminar la escuela y servir de inspiración a muchos.
“Para mí – dice Sandra Muñoz, profesora del Centro San Juan Diego – el tener como alumno a Don Juan ha sido una bendición y un gran orgullo, no sólo por su amor a la vida y la manera como se entrega a Dios con sus acciones, sino también porque él motiva a los demás a seguir adelante a pesar de las dificultades, cumple al pie de la letra con sus trabajos escolares y siempre está ansioso por aprender cosas nuevas”.
La graduación de los alumnos de Plaza Comunitaria cerró con la lección más importante de todas, para Dios no hay imposibles, lo único que necesita es nuestro sí, lo que sucede después… ya lo sabemos.
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