El Adviento: Tiempo de Espera y de Esperanza
Caminemos de la mano de María para llegar a la Navidad con un corazón recogido y alegre
Por Mariana De Lama (*).
Hace poco más de dos semanas con la Solemnidad de Cristo Rey concluíamos un nuevo tiempo litúrgico, dándo inicio a un nuevo año con el primer Domingo de Adviento. ¿Qué significa este tiempo litúrgico? ¿Qué implicancias tiene en nuestra vida un nuevo año?
El tiempo de Adviento es un tiempo donde nos preparamos para la venida del Señor Jesús, en el que recordamos su primera venida y nos preparamos para el encuentro que se realizará con su venida definitiva. Es por ello que estamos especialmente invitados a vivir la atención vigilante y alegre, la esperanza y la conversión, durante este tiempo de gracia que concluye con la celebración de la Navidad, una de nuestras fiestas más importantes donde celebramos el nacimiento del niño Jesús en Belén.
Sin embargo, frente a los diversos sufrimientos y dolores que están presentes en nuestra propia vida, que se presentan a nuestros seres queridos y en el mundo entero, se hace cada vez más acuciante la pregunta ¿Tiene sentido el esperar?, ¿Tiene sentido la esperanza?
Cuando definimos el Adviento como un tiempo de espera, no hacemos mención explícita a “algo” que esperamos sino más bien a “alguien” que está por venir y ese “alguien” es Dios mismo hecho hombre, de ahí que este tiempo sea propicio para empezar a cambiar aquello que dificulta nuestra comunión con Dios, a cambiar esa manera de pensar que me lleva a incurrir en contínuas faltas de caridad con los demás y que no permite que yo me vea con los mismos ojos del Hijo de María.
Adviento, Dios nos visita
Benedicto XVI nos enseñará: “con la palabra adventus se pretendía sustancialmente decir: Dios está aquí, no se ha retirado del mundo, no nos ha dejado solos. Aunque no lo podemos ver y tocar como sucede con las realidades sensibles, Él está aquí y viene a visitarnos de múltiples maneras. El significado de la expresión “adviento” comprende por tanto también el de visitatio, que quiere decir simple y propiamente “visita”; en este caso se trata de una visita de Dios: Él entra en mi vida y quiere dirigirse a mí. Todos tenemos la experiencia, en la existencia cotidiana, de tener poco tiempo para el Señor y poco tiempo también para nosotros. Se acaba por estar absorbidos por el “hacer”. ¿Acaso no es cierto que a menudo la actividad que nos posee, la sociedad con sus múltiples intereses la que monopoliza nuestra atención? ¿Acaso no es cierto que dedicamos mucho tiempo a la diversión y a ocios de diverso tipo? A veces las cosas nos “atrapan”. El Adviento, este tiempo litúrgico fuerte que estamos empezando, nos invita a detenernos en silencio para captar una presencia. Es una invitación a comprender que cada acontecimiento de la jornada es un gesto que Dios nos dirige, signo de la atención que tiene por cada uno de nosotros. ¡Cuántas veces Dios nos hace percibir algo de su amor! ¡Tener, por así decir, un “diario interior” de este amor sería una tarea bonita y saludable para nuestra vida! El Adviento nos invita y nos estimula a contemplar al Señor presente. La certeza de su presencia ¿no debería ayudarnos a ver el mundo con ojos diversos? ¿No debería ayudarnos a considerar toda nuestra existencia como “visita”, como un modo en que Él puede venir a nosotros y sernos cercano, en cada situación?”
Adviento, tiempo de esperanza
Es asimismo un tiempo de esperanza, virtud que nos viene de Dios mismo, que hay que pedir con insistencia y no desfallecer en su hermosa práctica.
La esperanza es una virtud teologal, es decir nos es dada por Dios de manera gratuita cuando nos encontramos en comunión plena con Él y es la que nos capacita para adquirir la confianza en Dios y la certeza de poder llegar a la vida eterna así como la certeza que es posible adquirir los medios naturales y sobrenaturales para alcanzarla con la ayuda del Señor.
Por ello cuando dejamos de lado al Señor Jesús en nuestra propia vida, la falta de virtud, concretamente de la esperanza, se manifiesta en dos realidades tan comunes a nuestros días: la presunción que me lleva a creer que puedo todo sólo sin ayuda de Dios y que todo lo bueno que me pasa es mero mérito mío y la desesperación, que se manifiesta en la profunda desolación interior que viven muchas personas absorbidas por la angustia y la tristeza.
Este nuevo tiempo de Adviento es una hermosa oportunidad para no sólo volver la mirada hacia Dios hecho hombre, sino también para dejar sanar y reconciliar las heridas que el vivir sin Él por voluntad propia han producido en el propio corazón.
Lo cierto es que el ser humano no puede vivir sin esperanza. La esperanza es como la llamada que nos hace quien es el principio y fin de nuestra vida, llamada a la que ninguna persona humana puede escapar, es la voz de nuestro Reconciliador que desea firmente que vivamos el encuentro eterno al que nos invita, dejarla de lado implica perder la paz del espíritu ya que es esa nostalgia de infinito que anida en nuestro corazón y que Dios Padre lo dejó en nosotros como huella indeleble que evidencia que somos criaturas suyas.
En su Encíclica sobre la Esperanza “ Spe Salvi” Benedicto XVI nos dirá : «Es importante sin embargo saber que yo todavía puedo esperar, aunque aparentemente ya no tenga nada más que esperar para mi vida o para el momento histórico que estoy viviendo. Sólo la gran esperanza-certeza de que, a pesar de todas las frustraciones, mi vida personal y la historia en su conjunto están custodiadas por el poder indestructible del Amor y que, gracias al cual, tienen para él sentido e importancia, sólo una esperanza así puede en ese caso dar todavía ánimo para actuar y continuar. Ciertamente, no «podemos construir» el reino de Dios con nuestras fuerzas, lo que construimos es siempre reino del hombre con todos los límites propios de la naturaleza humana. El reino de Dios es un don, y precisamente por eso es grande y hermoso, y constituye la respuesta a la esperanza»
María y el Adviento
Nuestra Madre la Iglesia nos da una nueva oportunidad para acercarnos a Dios, una nueva oportunidad para transformar nuestros corazones, para vivir la Reconciliación, pero sobre todo nos enseña en este tiempo de Adviento a reeducar el sentido que le damos al tiempo, a no ver el futuro cargado de incertidumbre, el presente vacío y el pasado con amargura, si no más bien como un don precioso y valioso, que me permite tomar conciencia del sentido de mi vida y de mis realidades terrenas.
En este tiempo de preparación para la Navidad, acudamos a Santa María, ella quien supo esperar y es Madre de Nuestra Esperanza nos enseña durante este tiempo litúrgico, que dura cuatro semanas, a vivir confiados en el cumplimiento de las promesas de Dios, a dar testimonio que la Esperanza no defrauda, y por más que los tiempos se presenten difíciles, Dios no nos abandona, porque su Amor es una certeza que nos lleva a esperar en Él con la confianza que su venida definitiva será la llegada de la felicidad tanto anhelada. Pongámonos pues medios concretos para renovarnos y convertirnos al Señor, para hacer de este nuevo tiempo litúrgico una liturgia contínua de nuestra vida, en el que nuestras esperanzas humanas estén unidas a la Esperanza que nos viene de Dios, y podamos acoger la gran alegría que nos viene de lo alto, el nacimiento de nuestro Salvador, el Mesías, el Señor.
* Mariana De Lama es laica consagrada de la Fraternidad Mariana de la Reconciliación. Tiene estudios de Filosofía y Teología en la Universidad de la Santa Croce en Roma, Italia.
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