Participación en la Misa
En cuerpo y espíritu
Por el Exmo. Monseñor James D. Conley.
Últimamente he estado pensando sobre Marta y María. Nos encontramos con estas dos hermanas, que eran amigas del Señor cuando Él visita su casa en el Evangelio de Lucas.
La mayoría de nosotros recordamos la historia: Marta trabaja activamente para preparar la comida para el Señor, mientras María se sienta a sus pies a escucharlo. Cuando Marta se fastidia con su hermana y se queja, Jesús le dice que María, quien estaba sentada absorta en contemplación, “eligió la mejor parte”.
En la cultura contemporánea, la contemplación es difícil de entender. Vivimos en un mundo como el de Marta – un mundo de angustia, estrés, y actividad frenética. Es fácil creer que incluso nuestra adoración al Señor debe ser llena de claras actividades exteriores – en vez de ser un tiempo de oración de contemplación.
La Sacrosanctum Concilum, el Decreto del Concilio Vaticano II sobre la Sagrada Liturgia, llama a cada uno de nosotros a “una participación plena y activa” en la Liturgia. En nuestra “mentalidad de Marta” frecuentemente confundimos “participación plena y activa” con “participación externa” en la Liturgia – servicio como lectores, acólitos, ujieres, o ministros extraordinarios de la Santa Comunión. Y muchos de nosotros participamos en la Liturgia de un modo activo exterior. Asistir a la comunidad en la adoración de Dios es un servicio generoso. Pero “participación plena y activa” es algo más profundo y aún más atractivo que nuestro servicio externo a la Liturgia. “Participación plena y activa” es la invitación de la Iglesia para unirnos a María, la hermana de Marta, en absorta contemplación a los pies de Jesús.
“En términos sencillos,” escribe el Papa Benedicto XVI, “la participación activa significa una mayor conciencia del Misterio que estamos celebrando y su relación con la vida diaria”.
Crecer en mayor conciencia del misterio de la Misa no es fácil. Muchas veces estamos distraídos y la contemplación no nos nace naturalmente. La Liturgia de la Iglesia está diseñada para ayudarnos. La adoración pública de la Iglesia nos invita a comprometer nuestros sentidos y nuestros cuerpos, para poder ser atraídos más fácilmente al misterio del sacrificio Eucarístico.
Cada gesto, cada movimiento en la Misa está pensado para conducirnos hacia la presencia de Dios. Los gestos son familiares para nosotros, sin embargo, puede ser que no pensemos en sus significados. Cada uno expresa la realidad del amor de Dios y cada uno nos recuerda que nuestra religión es encarnada.
La señal de la Cruz es una profesión de fe en la Santísima Trinidad. Al trazar la señal de la Cruz sobre nosotros, nos colocamos bajo la protección del Crucificado y expresamos nuestro deseo de seguirlo.
Arrodillarse es una fuerte expresión cristiana de humildad. Aunque sea extraño en la cultura moderna, arrodillarse expresa nuestra adoración a Jesús, ante el cual “toda rodilla se dobla”.
Sentarse es una postura que nos permite estar recogidos y mediante cierta actitud de descanso, promueve una buena disposición para una reflexión piadosa y meditada.
Nuestros gestos, movimientos, posiciones, demuestran nuestra participación en la Misa y en la Iglesia. En la Consagración de la Eucaristía, la congregación se arrodilla, ofreciendo su propio sacrificio con el del sacerdote y el de Jesús, mientras que el sacerdote, actuando como la persona de Jesucristo, está de pie y usa sus acciones para recordar la Última Cena.
En el Padre Nuestro, el sacerdote está de pie con los brazos extendidos en un gesto de súplica en posición orante y en nombre de la gente, ésta es la posición orante, u orans. El diácono, cuya postura está dirigida por rúbricas litúrgicas, está instruido a pararse con las manos juntas, de la misma forma que la congregación. Los fieles juntan las manos, en una postura tradicional de petición, para manifestar la humildad de la congregación frente a Dios. Otros gestos, como extender los brazos o agarrarse de las manos no se encuentran en las normas de la Misa. Que nuestros gestos sean diferentes no significa que un rol sea más importante que otro – más bien indica la diversidad de las partes del Cuerpo de Cristo.
Es fácil participar en los gestos de la Misa sin pensar en ellos, literalmente sólo siguiendo los movimientos mecánicamente. Pero mientras nos movemos de una posición de adoración a otra, podemos ser atraídos por el Misterio de Dios.
Como María, quien está activamente centrada en Jesús sentándose y escuchándolo, que así también podamos expresar la presencia de Dios a través de nosotros y de ese modo amar al Señor con todos nuestros corazones, mentes, almas y fuerzas.
Que vivamos una Liturgia reverente y silente en este Adviento para llegar con corazones recogidos, alegres y agradecidos el día de la Noche Buena. ¡Feliz Navidad!
Mons. James D. Conley, es actualmente el Administrador Apostólico de la Arquidiócesis de Denver.
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