
Su servicio es una respuesta al amor de Dios
Armando Melo es un joven comprometido con el anuncio del Evangelio y se
considera un consentido de Dios
Este año, Armando Melo es uno de los ganadores del premio Arzobispo Gomez, por Liderazgo Pastoral. Para quien participa de los diferentes eventos hispanos, el rostro y nombre de Armando es muy familiar, pues siempre es solícito en ayudar y colaborar ya sea desde su talento musical o en la organización y dirección hacia los jóvenes. Armando, es el Coordinador General del grupo de jóvenes adultos y director del coro de jóvenes de la Parroquia Queen of Peace. Está casado con Marytriny Ramírez, una joven también comprometida en el servicio apostólico, y tienen una pequeña de 2 años, Yaretzi Michelle. En esta edición, Armando comparte un poco sobre su vida y el motor de su servicio fiel a la Iglesia.
Por Armando Melo
Nací en la ciudad de México y crecí en la sierra Queretana. Desde que tengo memoria trabajé en el campo. Es hermoso reconocer la bendición de haber podido ver la mano de Dios en mi familia presente desde siempre, ya que a pesar de la pobreza, siempre tuvimos aunque fuera unas tortillas con sal para comer.
Desde muy niño tomé el rol de líder y servidor en mi familia ya que todos los días al salir de la escuela, me llevaba a mis hermanos y primos a trabajar al campo. Además ayudaba los domingos en la Misa de 7 de la mañana como monaguillo y lector en la parroquia de mi pueblo, que nos quedaba a una hora caminando. Y por las tardes servía también como monaguillo en la celebración de la Palabra en mi comunidad.
Cuando cumplí 16 años tuve que inmigrar a Estados Unidos para que mi familia –en este caso mi mamá, mi abuelita, mis cuatro hermanos y mis cinco primos, junto a los que siempre viví– tuvieran una mejor condición de vida. Cuando dejé mi país, también dejé mis estudios y un grupo de música que habíamos integrado entre cinco amigos, el cual me ilusionaba mucho. Nunca me imaginaría que años más tarde, le cantaría al mismísimo Dios y que ahora me bendiga confiándome estar a cargo del coro de jóvenes de mi parroquia.
Al llegar a este país estuve casi un año solo y sin acercarme a Dios, pues no conocía a nadie. Pero al inicio del 2001 tuve la bendición de llegar a la parroquia Queen of Peace, fue ahí donde me integré al grupo de jóvenes y donde el Señor me invitó a desplegar mis dones, pues después de un corto tiempo me invitaron a trabajar para Dios sirviendo a jóvenes como yo. Queen of Peace es muy importante para mí, pues a través de la experiencia de fe y servicio que tuve en esa parroquia, conocí verdaderamente cuanto Dios me ama y cuán importante soy para Él, fue también en el grupo de jóvenes donde me di cuenta que mi vida le pertenecía a Dios y que me debía entregar a Él y sobretodo entregarle mi juventud. Todo esto fue una decisión un tanto fácil ya que me di cuenta que si yo quería ser completamente feliz, sólo con Cristo sería esto posible.
Yo sé que esto puede sonar un poco loco, pero no lo es si conoces el amor que Dios te tiene y yo he experimentado ese amor y cercanía de Dios en los momento más importantes de mi vida. Por ejemplo, cuando murió mi abuelita en México y volví a cruzar la frontera, cuando nos comprometimos mi bella novia – Marytriny- y yo, cuando nos casamos, cuando perdimos nuestro primer bebé, cuando nació nuestra hermosa Yaretzi, cuando fui arrestado por una infracción de tráfico y casi deportado, entre tantos otros momentos en los cuales Dios no se cansa de demostrarme su amor infinito, sé que no me alcanzarían cien años para agradecerle por haber estado siempre conmigo dándome serenidad, paz y esperanza.
Dios es mi vida entera, mi anhelo, mi fuerza y mi salud. Él es mi todo porque Él me lo ha dado todo y lo mejor es que yo sé que yo soy su todo.
Con esto no intento presumir que soy un consentido de Dios, aunque si lo soy, pero sí deseo compartir con ustedes que si Él me ama tanto y me ha confiado tanto a mí que soy un pecador y que le fallo muchas veces, no hay ninguna razón para pensar que no ame a todos y cada uno de sus hijos tanto como a mí.
Por eso, al compartir esta experiencia del amor de Dios, aliento de manera especial a los jóvenes a que le entreguen su vida a Dios. No hay nada que perder, sino más bien la vida eterna para ganar.