San Francisco: columna inexpugnable de la Iglesia
Desde el S XII, los franciscanos siguen evangelizando en los lugares más alejados
Por Mariana De Lama*
Según la geografía la región italiana llamada Umbria tiene algunas particularidades: es la única región que no tiene salida al mar, y su territorio está formado por colinas y montañas siendo el territorio plano de mínimo porcentaje; el verdor de sus paisajes y la ausencia del mar pareciera ser lo más resaltante sin embargo un pequeño pueblo situado en lo alto de una montaña, de construcciones de piedra y que pareciera detenido en el siglo XII es el lugar más destacado de la región; el lugar más visitado: la Basílica, siendo el punto de mayor veneración la tumba de Francisco Bernardone, conocido por todos como San Francisco de Asís.
Conociendo a San Francisco
San Francisco perteneció a una rica familia de comerciantes de telas, por lo que su adolescencia y juventud no estuvieron carentes de necesidades, podríamos decir que desconocía las dificultades que presenta la pobreza. Asimismo, Francisco cultivaba los ideales caballerescos de la época los cuales alcanzaban su culmen en las grandes batallas que se daban por entonces. Fue precisamente a los veinte años cuando toma parte de una campaña militar donde lo hacen prisionero, enfermándose gravemente para ser puesto posteriormente en libertad, por lo que regresa a Asís.
Es importante señalar que durante esta época el ideal al que aspiraban muchos jóvenes era conseguir victorias durante la guerra o dedicarse al comercio con el fin de acumular riquezas. Entonces, cuando Francisco llega a Asís después de ser puesto en libertad por el bando contrario, puede entenderse como un duro golpe para quien durante este período era tremendamente orgulloso.
Al regresar a su pueblo, el joven Francisco inició un lento proceso de conversión espiritual, que lo llevaría poco a poco a alejarse de la manera de vivir que evidenciaba su predilección por los “atractivos” que ofrece el mundo.
Será durante esta época que se producirán encuentros que serán fundamentales para su proceso de conversión: el más resaltante lo tendrá cuando se encuentra en la semidestruída Iglesia de San Damiano donde en tres oportunidades el crucifijo que ahí se encontraba cobra vida para decirle en más de una oportunidad “Francisco, ve y repara mi Iglesia en ruinas”.
La Iglesia en ese entonces y Francisco
La ruinosa Iglesia de San Damiano representaba de manera dramática la realidad de la Iglesia fundada por Cristo en ese momento: ¿qué pasaba por entonces, para que Dios mismo recurriera a un joven de pueblo en proceso de conversión?
La Iglesia por este período se encontraba viviendo un proceso de profunda renovación interior, debido a la rutina y falta de celo por parte de sus miembros. La conversión de Francisco estaba llamada a ser fermento para la vida de la Iglesia, su vida junto a la de otros santos y santas nos enseña como la santidad es la única manera de cambiar al mundo evidenciando la presencia de Dios y su acción en medio de nosotros. Una vez realizado el encuentro entre el Señor Jesús y Francisco, “el pobre de Asís” no lo dejará jamás viendo cambiar su vida para siempre.
Las Sagradas Escrituras serán también muy importantes para él, frente a la escucha del Evangelio de San Mateo cuando el Señor escoge a sus apóstoles y los envía a evangelizar el santo de Asís se descubrirá llamado a vivir la pobreza y a dedicarse a predicar la Buena Nueva. Él no lo hará sólo, algunas personas deciden acompañarlo en esta nueva aventura dando lugar a una de las comunidades religiosas más importantes de la historia de la humanidad. Los franciscanos, junto con la orden que formó Santo Domingo de Guzmán marcaron una renovación y regreso a las fuentes, propiciando una nueva ola de santidad en la Iglesia.
La Orden Franciscana
La manera sencilla y valiente de anunciar el Evangelio a las personas contribuyó a la instrucción religiosa de los fieles despertando en ellos el anhelo de conocer más sobre el Señor Jesús y su Iglesia. Muchos fieles pidieron a Francisco y a sus seguidores que sean sus directores espirituales y los sacerdotes pedían el sacramento de la Reconciliación.
San Francisco no fue sacerdote, Dios le regaló otra misión en la Iglesia: enseñar la alta medida de la vocación a la vida cristiana sea cual sea el estado de vida al que Dios te llame. Su fe radical y apasionado amor a Cristo serán motivo para que el Papa Inocencio III reconozca en él al fraile sencillo y pequeño que vió en medio de su sueño sosteniendo a la Iglesia San Juan de Letrán, madre de todas las Iglesias cuando se encontraba cayendo en ruinas. Después de este sueño, el Papa despertó y mandó llamarlo y le pidió que lo ayude a reconstruir la Iglesia fundada por Cristo.
Sin pensarlo ni desearlo, San Francisco da origen a una gran familia espiritual de donde saldrán para iluminar el mundo entero, santos, santas, celantes misioneros y célebres doctores de la Iglesia: Basta recordar a Santa Clara, fundadora de las Clarisas, hija espiritual de San Francisco, en cuyo santuario se respira el mismo Amor a Dios que aprendiera de su fundador y que uno lo percibe en igual intensidad en el santuario de San Francisco evidenciando así su profunda unión espiritual, a San Antonio de Padua gran predicador y doctor de la Iglesia al igual que San Buenaventura, quien se hizo franciscano mientras frecuentaba la universidad de la Sorbona en París. Sin dejar de mencionar a muchos de los grandes misioneros que contribuyeron a la gesta evangelizadora de América dejando hondas huellas y profundas raíces católicas, basta recordar la ciudad de San Francisco del estado de California que toma el nombre de nuestro santo. O el nombre de la ciudad de Los Ángeles el cual proviene de su nombre original El Pueblo de Nuestra Señora la Reina de los Ángeles de Porciúncula, haciendo mención al nombre de la Iglesia que custodia en su interior la pequeña capilla de la Porciúncula donde San Francisco vió con claridad en profunda oración su llamado a seguir más de cerca al Señor Jesús. Por lo que podemos ver como su santidad traspasó los límites del tiempo y de la historia, siendo testimonio para los nuevos cristianos que no dudaron en pedir su intercesión una vez que descubren el don de la fe a través del testimonio de los muchos hijos e hijas de San Francisco.
Su Santidad Benedicto XVI nos enseñó durante el ciclo de catequesis que tuvo sobre los santos: “Es interesante observar, por una parte, que no es el Papa quien ayuda para que la Iglesia no se derrumbe, sino un pequeño e insignificante religioso, que el Papa reconoce en Francisco cuando éste lo visita. Inocencio III era un Papa poderoso, de gran cultura teológica y gran poder político; sin embargo, no es él quien renueva la Iglesia, sino el pequeño e insignificante religioso: es San Francisco, llamado por Dios. Pero, por otra parte, es importante observar que san Francisco no renueva la Iglesia sin el Papa o en contra de él, sino sólo en comunión con él. Las dos realidades van juntas: el Sucesor de Pedro, los obispos, la Iglesia fundada en la sucesión de los apóstoles y el carisma nuevo que el Espíritu Santo crea en ese momento para renovar la Iglesia. En la unidad crece la verdadera renovación”.
San Francisco buscó ser otro Cristo a lo largo de toda su vida y lo fue, testimoniando el gran amor de Dios en primera persona y enseñando hasta hoy que no hay mayor sentido para la propia vida que ser santo.
* Mariana De Lama es laica consagrada de la Fraternidad Mariana de la Reconciliación. Tiene estudios de Filosofía y Teología en la Universidad de la Santa Croce en Roma, Italia.
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