Colorado: donde mi corazón echó raíces
Dios los bendiga a todos por su bondad hacia mí
Por el Exmo. Monseñor Charles J. Chaput.

A lo largo de los años, cada cierto tiempo, he tenido el privilegio de visitar a mis hermanos Capuchinos en las misiones. En Nueva Guinea la gente piensa que un sacerdote se convierte en “uno del pueblo” sólo cuando es enterrado en el mismo suelo con la gente a la que sirve. Y así los Capuchinos que viven, sirven y mueren en Nueva Guinea se quedan allí con la gente que han amado. He traído a la memoria ese recuerdo muchas veces cuando he celebrado Misa en el Cementerio Mount Olivet y cuando he rezado en las tumbas del Obispo Joseph Machebeuf y de los otros obispos de Denver que me precedieron. Denver es mi hogar, éste es el lugar donde mi corazón echó raíces.
Durante los últimos 14 años, los sacerdotes y el pueblo de Colorado se han convertido en mi familia, en la fuente de alegría que jamás pude esperar y ciertamente más de lo que merecía. Una vez que sabes que tienes que dejar un lugar, lo ves con nuevos ojos; eso pasa ahora conmigo. Aunque he amado a Colorado desde el día que llegué, estos últimos días en Denver han estado llenos de tantos recuerdos de cuán extraordinariamente generosa es la gente de Colorado.
Hubo un momento en la reunión anual de sacerdotes a principios de este año, mucho antes que Filadelfia apareciera en el horizonte, cuando vi de primera mano que el “espíritu fraterno” de los sacerdotes que sirven al Pueblo de Dios es más que un bello ideal o una valiosa teología. Es real. Es una fraternidad viva. Está viva en la sencilla amistad de nuestros sacerdotes más jóvenes y nuestros sacerdotes más veteranos que han pastoreado parroquias durante décadas. Está viva en su buena fe y su alegría. Le doy gracia a Dios cada día por la calidad de sacerdotes que sirve en esta Iglesia local y no voy a olvidar nunca su apoyo fraterno hacia mí y entre sí; su paciencia y su generoso buen humor; su fidelidad al sacerdocio, la Iglesia y a su pueblo.
Me llevo conmigo muchas bendiciones, muchas más de las que puedo nombrar. Pero cuando miro hacia atrás y veo lo que hemos logrado juntos: nuestros dos maravillosos seminarios con tantas buenas vocaciones, el Centro San Juan Diego y un floreciente Ministerio Hispano, un diaconado permanente fructífero y dedicado, el maravilloso servicio de ENDOW a las mujeres, el celo apostólico de FOCUS y su ministerio universitario a nivel nacional, el Augustine Institute y su extraordinaria formación de líderes laicos para la próxima generación… en fin, cada uno de ellos es testimonio de lo que hombres y mujeres cristianos pueden lograr cuando se entregan libremente a Dios y dejan que Dios exprese su amor y grandeza a través de ellos.
Voy a extrañar a los numerosos matrimonios que se han convertido en mis amigos, voy a extrañar a los jóvenes adultos que ayudaron a hacer tan alegre la Misa nocturna dominical en la Catedral. Voy a extrañar la bondad, paciencia y eficacia de mi personal y todo el personal del Centro Pastoral Juan Pablo II para la Nueva Evangelización, personas que sirven tan bien a nuestra Iglesia local.
Especialmente voy a extrañar los momentos con la gente buena de tantas de nuestras parroquias desde la frontera con Utah hasta las fronteras con Wyoming, Kansas y Nebraska. Allí es donde la Iglesia vive más intensamente. La fe de nuestra gente en las parroquias es la base del futuro de nuestra Iglesia.
Este no es un adiós. Es el momento en Denver para un nuevo pastor que traerá nuevo entusiasmo y nuevas capacidades, nuevas esperanzas y nuevas alegrías. Pertenecemos a la misma familia de Dios, y nos volveremos a encontrar en este mundo o en el próximo donde toda separación y tristeza quedará en el pasado.
Dios los bendiga por su bondad hacia mí. Nunca olvidaré esta maravillosa Iglesia y su pueblo, a todos y cada uno de ustedes. Estarán siempre en mis oraciones y en mi corazón. No me olviden en los suyos.
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