
La Iglesia es una escuela de comunión
Por Miguel Novak*
Es bueno tener una visión amplia de las cosas en nuestras posturas frente a la vida y decisiones. Nuestra columna “Una familia bajo un mismo Dios” nos recuerda que la postura fundamental, es la de encarnar lo que el Vaticano II dice sobre la Iglesia: “un Sacramento de Unidad”. Juan Pablo II, años después, reitera esto en la Encíclica Novo Millenio Ineunte afirmando que la Iglesia (todos nosotros) ante todo debe ser “una escuela de comunión”, de amor, que se extiende a toda la humanidad.
El amor y la comunión, como sabemos, se viven en pasos. La vez pasada empezamos a analizar el primer paso: ser los primeros en amar.
Después de publicar el artículo un lector, Pedro T., me envió un mail diciendo:
“Todo lindo e interesante pero en la realidad, la vida y las relaciones frecuentemente son difíciles. Muchas veces no sé dónde encontrar la fuerza, la motivación para dar el primero paso, es decir amar, en situaciones difíciles”.
Estimado Pedro: para ser prácticos y llegar al punto rápidamente, permíteme compartir una historia personal. La comparto humildemente porque es algo que una espiritualidad, y una comunidad de fe me han enseñado.
Hace algunos años enseñaba en una universidad en Boston. Un día, después de haber devuelto un examen en una clase, observé que uno de los estudiantes estaba irritado.
No había recibido una buena nota. Al pedir comentarios sobre el examen, este estudiante me “atacó” verbalmente. Según sus palabras, ¡era “culpa mía” que ella no hubiese sacado una buena nota! Le hice, con respeto, una serie de preguntas y esto causó una reacción desordenada aún mayor. Empecé a irritarme y ponerme defensivo. Pensaba “¿Quién te crees ser? ¡Espera…, ahora te pongo en tu lugar!” Pero también otro pensamiento se hizo camino en mi conciencia, una idea que comparto con mi comunidad de fe. Es aquí que puedo y debo ser el primero en amar, también en esta situación de conflicto. ¿Por qué? Porque como seguidor de Cristo, Él me dice “Lo que hayas hecho al mínimo de mis hermanos a mí me lo hiciste” o dicho en otras palabras “estaba preocupado, nervioso, deprimido, irritado y me escuchaste”.
Un cambio profundo ocurrió en mí. Las palabras del Evangelio llevan algo especial, son diferentes, son una presencia real de Dios, de Dios-Amor. En ese momento esas palabras me ayudaron a ser –pase la analogía– como una esponja que absorbe la suciedad, es decir lo negativo de la otra persona. Los demás estudiantes esperaban la “erupción” y en su lugar se encontraron con una brisa de aire puro en un cuarto lleno de humo. Todos quedamos sorprendidos y una atmósfera positiva invadió la clase instantáneamente. Algo intangible pero real había pasado.
El estudiante pidió disculpas (Nos hicimos amigos, después, y varias veces vino a conversar conmigo sobre cosas profundas de la vida).
Esa clase se había trasformado en una “familia bajo Dios” en ese momento. Algo sagrado nos había tocado a todos; la Palabra de Dios, aplicada a esta circunstancia de la vida real, había sido el elemento unificante. ¿Simple y complejo al mismo tiempo, verdad? Seguimos la próxima vez…
* Dr. Miguel Novak, es profesor universitario, miembro del Movimiento de los Focolares. Puede ser contactado a: Elnovakmiguel@gmail.com.