
¿Por qué me tengo que confesar con un sacerdote?
Este mes nos llamó Araceli Quiñones preguntándonos ¿Por qué uno debe confesarse con un sacerdote? Si tienes alguna consulta, pregunta o duda sobre tu fe, no dejes de escribirnos a pueblo@archden.org ó llámanos al 303.715.3219.
Querida Araceli, muchas gracias por habernos llamado para compartir tus dudas, hemos escuchado también tus otras preguntas. En nuestras próximas ediciones estaremos contestándolas.
Todos tenemos muchas cosas buenas, pero al mismo tiempo, la presencia del mal en nuestra vida es un hecho. Esto es evidente y Dios lo sabe. San Juan dice que “si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, fiel y justo es Él para perdonar nuestros pecados y purificarnos de toda injusticia. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos mentiroso y su palabra no está en nosotros”. Pero ¿cómo conseguir “deshacernos” del pecado que hay en nosotros?
En su misericordia infinita nos da el sacramento de la penitencia.
La confesión no es algo meramente humano: es un misterio sobrenatural, consiste en un encuentro personal con la misericordia de Dios en la persona de un sacerdote. Veamos algunas razones.
En primer lugar porque Jesús dio a los Apóstoles el poder de perdonar los pecados. Esto es un dato y es la razón definitiva: la más importante. En efecto, recién resucitado, es lo primero que hace: “Reciban el Espíritu Santo. A los que les perdonen los pecados, les quedarán perdonados, a los que no se los perdonen, les quedarán sin perdonar “ (Jn. 20,22-23). Los únicos que han recibido este poder son los Apóstoles y sus sucesores. Les dio este poder precisamente para que nos perdonen los pecados a ti y a mí. Por tanto, cuando quieres que Dios te borre los pecados, sabes a quien acudir, sabes quienes han recibido de Dios ese poder.
Porque la Sagrada Escritura lo dice explícitamente: El apóstol Santiago en su Carta nos dice: “Confiesen mutuamente sus pecados” (Sant 5,16). Esto es consecuencia de la razón anterior: te darás cuenta que perdonar o retener presupone conocer los pecados y disposiciones del penitente. Las condiciones del perdón las pone el ofendido, no el ofensor. Es Dios quién perdona y tiene poder para establecer los medios para otorgar ese perdón. De manera que no soy yo quien decide cómo conseguir el perdón, sino Dios el que decidió a quién tengo que acudir y qué tengo que hacer para que me perdone. Entonces nos confesamos con un sacerdote por obediencia a Cristo.
Porque en la confesión te encuentras con Cristo. Esto debido a que es uno de los siete Sacramentos instituidos por Él mismo para darnos la gracia. Te confiesas con Jesús, el sacerdote es su representante. De hecho, la formula de la absolución dice: “Yo te absuelvo de tus pecados” ¿Quien es ese «yo»? No es el Padre Fulano -quien no tiene nada que perdonarte porque no le has hecho nada-, sino Cristo. El sacerdote actúa en nombre y en la persona de Cristo. Como sucede en la Misa cuando el sacerdote para consagrar el pan dice “Esto es mi cuerpo”, y ese pan se convierte en el cuerpo de Cristo (ese «mi» lo dice Cristo), cuando te confiesas, el que está ahí escuchándote, es Jesús. El sacerdote, no hace más que «prestarle» al Señor sus oídos, su voz y sus gestos.
Porque en la confesión te reconcilias con la Iglesia. Resulta que el pecado no sólo ofende a Dios, sino también a la comunidad de la Iglesia: tiene una dimensión vertical (ofensa a Dios) y otra horizontal (ofensa a los hermanos). La reconciliación para ser completa debe alcanzar esas dos dimensiones. Precisamente el sacerdote está ahí también en representación de la Iglesia, con quien también te reconcilias por su intermedio. El aspecto comunitario del perdón exige la presencia del sacerdote, sin él la reconciliación no sería «completa».
El perdón es algo que «se recibe». Yo no soy el artífice del perdón de mis pecados: es Dios quien los perdona. Como todo sacramento hay que recibirlo del ministro que lo administra válidamente. A nadie se le ocurriría decir que se bautiza sólo ante Dios… sino que acude a la iglesia a recibir el Bautismo. A nadie se le ocurre decir que consagra el pan en su casa y se da de comulgar a sí mismo… Cuando se trata de sacramentos, hay que recibirlos de quien corresponde: quien los puede administrar válidamente.
Veamos algunas objeciones que se ponen:
¿Quién es el sacerdote para perdonar los pecados? Sólo Dios puede perdonarlos.
Hemos visto que el Señor dio ese poder a los Apóstoles. Además, ese argumento es ya muy viejo, aparece desde los Evangelios, es lo que decían los fariseos indignados cuando Jesús perdonaba los pecados. Decían: ¿Quién es este para perdonar los pecados? Sólo Dios perdona los pecados (Mt 9,1-8).
Yo me confieso directamente con Dios, sin intermediarios. ¡Wow!
Pero ¿cómo sabes que Dios acepta tu arrepentimiento y te perdona? ¿Acaso escuchas alguna voz celestial que te lo confirma?
Este argumento no es nuevo. Hace casi mil seiscientos años, San Agustín replicaba a quien argumentaba de esa manera: “Nadie piense: yo obro privadamente, de cara a Dios… ¿Es que sin motivo el Señor dijo: «lo que atareis en la tierra, será atado en el cielo»? Frustramos el Evangelio de Dios, hacemos inútil la palabra de Cristo.”
* Agradecemos a Mons. Jorge De los Santos por colaborar con la respuesta.