«Ayúdame a ser cada vez más tu amigo»
Dijo Benedicto XVI en los 60 años de su ordenación sacerdotal.
Por Mariana De Lama

Era el 29 de Junio de 1951, 43 jóvenes seminaristas de las diversas diócesis de Alemania recibían el Sacramento del Orden de manos del cardenal Michael Von Faulhaber (1869-1952), en la catedral de Freising, cerca de Münich en Alemania.
No hacía mucho había concluido la segunda guerra mundial y todos ellos habían sufrido las consecuencias de este período de la historia de Europa y del mundo, donde la pérdida del sentido de la propia vida comenzaba a apoderarse de más de un sobreviviente.
Para estos jóvenes en cambio la vida estaba llena de esperanza, y a su vez tenían la firme convicción que habían sido convocados para transmitirla y dar testimonio de la centralidad del Señor Jesús en la propia vida y de cómo sí es posible ser feliz.
En ese entonces, nadie imaginaba que entre estos jóvenes se encontraba el futuro 265° sucesor del Apóstol Pedro. Joseph Ratzinger junto a su hermano mayor Georg estaban dándole un sí al Señor con el corazón disponible para lo que Él les pidiera. Un sí que ha mantenido con fidelidad y que este 29 de Junio, 60 años después, lo ha celebrado en presencia de miles de fieles en la basílica de San Pedro.
“Era un día muy solemne”, dijo el hermano del Papa la semana pasada en entrevista con Radio Vaticana. “Nos habíamos preparado muy bien para aquel momento, tanto desde el punto de vista espiritual como práctico”.
“Era una hermosa fiesta”, recuerda además el sacerdote. “Con el ingreso en la catedral de Freising, estaba claro para no-sotros que aquel día era muy importante para nuestra vida”.
Monseñor Georg Ratzinger, gran músico, quien fue durante años director de los niños cantores de la catedral de Ratisbona (Domspatzen), estuvo presente el pasado 29 de junio en la celebración de estas seis décadas de fidelidad al sacerdocio.
El día de su ordenación
En su libro “Mi Vida” (Ed. Encuentro, 1997), Benedicto XVI cuenta aspectos de ese día: “Era un espléndido día de verano que permanece inolvidable como el momento más importante de mi vida”.
“No se debe ser supersticioso”, prosigue “pero en el momento en que el anciano arzobispo impuso sus manos sobre las mías, un pajarillo —tal vez una alondra— se elevó del altar mayor de la catedral y entonó un breve canto gozoso; para mí fue como si una voz de lo alto me dijese: «Va bien así, estás en el camino justo».
Más adelante, Josep Ratzinger recuerda cuando celebró su primera misa: “nuestra iglesia parroquial de San Osvaldo estaba iluminada en todo su esplendor y la alegría, que casi se tocaba, envolvió a todos en la acción sacra, en la forma vivísima de una «participación activa», que no tenía necesidad de una particular actividad exterior. Experimenté así muy directamente cuan grandes esperanzas ponían los hombres en sus relaciones con el sacerdote”, recuerda el Papa, y aclara que no se trataba ni de su persona ni de la de su hermano Georg.
Reflexiona así sobre la responsabilidad de llamarse sacerdote: “Veían en nosotros unas personas a las que Cristo había confiado una tarea para llevar su presencia entre los hombres; así, justamente porque no éramos nosotros quienes estábamos en el centro, nacían tan rápidamente relaciones amistosas”.
El 29 de Junio es conocido en todo el Orbe Católico como el día de San Pedro y San Pablo, la Iglesia conmemora al Apóstol Pedro, roca sobre la cual el Señor Jesús edificó Su Iglesia y la del Apóstol Pablo quien inflamado de un sublime ardor apostólico será conocido como el Apóstol de los gentiles. No en vano el 29 de Junio es también conocido como el día del Papa. Providencialmente Joseph Ratzinger se ordenó en esa fecha.
Una amistad con Cristo cultivada por la obediencia
Sesenta años después de su ordenación sacerdotal Benedicto XVI compartió en una homilía en la Basílica de San Pedro sobre lo que significa para él su vocación a la luz de los ojos de Dios: “Él se fía de mí”, dijo. “La amistad es una comunión en el pensamiento y el deseo”, explicó. “Él me conoce por mi nombre. No soy un ser anónimo cualquiera en la inmensidad del universo. Me conoce de manera totalmente personal”. Luego se preguntó: “Y yo, ¿le conozco a Él?”
Más adelante se refirió a la amistad con Cristo la cual “sólo puede significar que también yo trate siempre de conocerle mejor; que yo, en la Escritura, en los Sacramentos, en el encuentro de la oración, en la comunión de los Santos, en las personas que se acercan a mí y que Él me envía, me esfuerce siempre en conocerle cada vez más”.
Y prosiguió diciendo que la amistad no es solamente conocimiento, “es sobre todo comunión del deseo”, dijo.
“Significa que mi voluntad crece hacia el «sí» de la adhesión a la suya. En la amistad mi voluntad se une a la suya a medida que va creciendo; su voluntad se convierte en la mía, y justo así llego a ser yo mismo”.
Y aunque la vocación al sacerdocio representa una bendición por el hecho de ser otros Cristos, el Papa reconoció después de seis décadas que este está marcada por momentos muy bellos y por otros de dificultad: “Necesitamos el sol y la lluvia, la serenidad y la dificultad, las fases de purificación y prueba, y también los tiempos de camino alegre con el Evangelio”.
Ratzinger, un don para la Iglesia
El 25 de Noviembre de 1981 Juan Pablo II llamó a Joseph Ratzinger, entonces arzobispo de Munich, a ser el prefecto de la Sagrada Congregación para la doctrina de la Fe, organismo de la Santa Sede encargado de velar por la pureza de la fe y de las costumbres en todo el mundo.
Servicio que nuestro actual Pontífice llevó a cabo por más de 20 años hasta el 19 de abril de 2005 cuando fue elegido Papa. La dedicación y entrega que él dono durante este tiempo fue ampliamente reconocido por el hoy Beato Juan Pablo II, quien con motivo de su 50° aniversario de ordenación sacerdotal le envió una carta donde explicita este sentir:
En ella dijo que las bodas de oro de su ordenación sacerdotal representaban así “una oportunidad favorable para mí para reiterarle mi gran gratitud por el impresionante volumen de trabajo desarrollado y dirigido en el dicasterio que se le ha encomendado”. También le agradeció “por el espíritu de humildad y de abnegación que ha caracterizado constantemente su actividad”.
El Papa Wojtyla nos evidencia el don que es para la Iglesia la vida de quien se convirtió en su sucesor, la cual se nos presenta como regalo que viene de lo alto de manera concreta a través del ardor y generosidad de su respuesta al no escatimarle nada al Señor.
* Mariana De Lama escribe desde Lima, Perú. Es laica consagrada de la Fraternidad Mariana de la Reconciliación. Tiene estudios de Filosofía y Teología en la Universidad de la Santa Croce en Roma, Italia.
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