El Museo de Arte en Denver y los tesoros del arte hispanoamericano
El privilegio de contar con una de las colecciones de arte español más completas de Estados Unidos.
Por Carmen Elena Villa

Una de las colecciones de arte precolombino e hispano colonial más completas de Estados Unidos y la más rica de esta región presenta el Museo de arte de Denver- Denver Art Museum (DAM)-, ideal para que los hispanos en este país puedan entender sus raíces católicas y valorar el arte que se da como resultado del mestizaje y el intercambio cultural entre los indígenas y españoles, en la época de la conquista y la colonia.
“Las obras son un pequeño tesoro”, dijo Clara Riccardi, Coordinadora de Programas en Español y de Alcance Comunitario del Museo de Arte de Denver. La mayor parte de las obras de dicha colección son donadas por Frederick & Jan Mayer.
El beato Juan Pablo II dijo en la carta a los artistas publicada en 1999 que estas personas, cuando se hacen concientes de su don “tanto más se sienten movidos a mirar hacia sí mismos y hacia toda la creación con ojos capaces de contemplar y de agradecer, elevando a Dios su himno de alabanza”.
“Sólo así puede comprenderse a fondo a sí mismo, su propia vocación y misión”, indicó el recordado pontífice. Algo que puede verse claramente en las obras de esta sala del Museo.
La nostalgia de Dios antes de la conquista
El Museo de Arte en Denver presenta igualmente una colección de arte precolombino con piezas provenientes especialmente de Perú, Ecuador y de la cultura Maya, que dejan ver las diversas formas en que estas culturas plasmaban su nostalgia de Dios y las cuales, a pesar de no conocer todavía el anuncio de Jesucristo, manifestaban por medio de la adoración a varios dioses o a sus criaturas, la necesidad de encontrarse con un ser Creador, con la Vida Eterna, lo que ocurre también en otras civilizaciones primitivas en diferentes lugares del planeta y en diversos momentos de la historia.
Luego de que el visitante haga un recorrido por esta sala, puede apreciar cómo muchos misioneros que llegaron América buscaron descubrir la presencia de Dios, así como los destellos de la verdad que tenían las religiones precolombinas. Esas “semillas del verbo”, como las llama la Iglesia Católica, especialmente desde el Concilio Vaticano II, han dado innumerables frutos durante los más de cinco siglos de evangelización en América Latina.
Un ejemplo de este fenómeno se puede ver en la obra anónima “El quemador de incienso con el rostro del dios sol”, esculpida por los mayas entre el año 250 y 900 después de Cristo, período considerado como el punto más alto de esta cultura.
Los incensarios fueron hechos para las ceremonias religiosas durante eventos especiales. Las imágenes antropomorfas que le dan a la deidad solar, y el afán de encontrar a un dios creador del universo son algunos de los elementos en común con el cristianismo. Sin embargo, los Mayas se caracterizaban por los cruentos sacrificios, muchos de ellos humanos, elementos completamente opuestos al mandamiento del amor de Cristo. Por ello resultaba tan importante la purificación de elementos contrarios al mensaje de Jesús.
El encuentro entre dos mundos
El Papa Benedicto XVI dijo en su discurso a los obispos y presbíteros latinoamericanos que asistieron a Roma el pasado mes de abril a un encuentro sobre religiosidad popular, que la fe en este continente “tiene sus raíces en el comienzo mismo de la evangelización de aquellas tierras”.
“A medida que el mensaje salvador de Cristo fue iluminando y animando las culturas de allí, se fue tejiendo paulatinamente la rica y profunda religiosidad popular que caracteriza la vivencia de fe de los pueblos latinoamericanos, la cual”, prosiguió el Papa “constituye el precioso tesoro de la Iglesia católica en América Latina, y que ella debe proteger, promover y, en lo que fuera necesario, también purificar”. Algo que se ve claro en la sala de arte hispano colonial del DAM.
Muchos de los elementos de las culturas indígenas son también expresados en las obras de las escuelas quiteña, cuzqueña y en el arte mexicano de la época de la colonia: “Las ideas eran europeas pero la mano de obra era artista indígena o mestiza”, dijo Clara.
Y es justo de la unión entre el arte y la religiosidad indígena y española que nace el arte colonial, el cual floreció en América durante los siglos XVI, XVII y XVIII. Muchos artistas llegaron al Nuevo Mundo e instalaron sus talleres en las principales ciudades. Allí enseñaron tanto a criollos como a indígenas las diversas técnicas propias del arte medieval y los nativos comenzaron a agregar elementos de sus propias culturas.
Numerosas obras en la sala del arte colonial del DAM dan muestra de ello: Por ejemplo, la escultura de San Fernando, elaborada en el año 1750 es una de las que más llama la atención en esta sala. “En ella se ve la técnica europea pero a la vez la mano mestiza que se representa en el rostro”, indica Clara Riccardi.
Otro ejemplo es la representación de la Virgen de Guadalupe pintada por Sebastián Salcedo en 1779 la cual se conserva tan bien que parece como si hubiese sido pintada en la época actual.
Alrededor de la imagen de la Virgen de Guadalupe hay pequeñas escenas que muestran paso a paso la historia de esta aparición. En la parte inferior muestra al Papa Benedicto XIV (1675 – 1758), quien a través de la bula Non est Equidem avaló el culto a esta advocación mariana. A su derecha se encuentra la princesa Azteca como símbolo de México.
“Esta pintura nos hace recordar que los europeos vinieron a América y donde la gente creía en muchos dioses”, recuerda Clara Riccardi, quien destaca aspectos de esta conocida historia de la aparición en el cerro del Tepeyac como la piel morena de la Virgen y el hecho de que le hubiese hablado a San Juan Diego en náhuatl, su idioma nativo, y no en español.
Pero no sólo hay obras provenientes de México: también del Perú, representado por el arte cuzqueño, con técnicas propias como el sellado en oro.
Aunque Lima era la capital política del Virreinato del Perú, Cuzco permaneció siendo la capital artística como lo había sido en los tiempos de los Incas. El arte cuzqueño se caracteriza así por su originalidad y su gran valor artístico, que surge como resultado de la fusión de la tradición artística occidental y el afán de los pintores indios y mestizos de expresar su realidad.
Un ejemplo es la pintura de Nuestra Señora de Málaga de Luis Niño, elaborada en 1740 y donada al museo por John C. Freyer. Esta obra muestra elementos clásicos como las figuras religiosas y otros autóctonos como las plumas rojas y azules en las alas de los ángeles (las plumas rojas y azules eran sagradas para los incas y representaban la nobleza).
“Muchas de estas técnicas siguen presentes, una mezcla de ideas y culturas que todavía está en América Latina”, dice Clara.
Así, puede concluirse, como lo dijo Juan Pablo II en su carta a los artistas: “La historia del arte, por ello, no es sólo historia de las obras, sino también de los hombres”.
“Las obras de arte hablan de sus autores, introducen en el conocimiento de su intimidad y revelan la original contribución que ofrecen a la historia de la cultura”, expresó el nuevo beato.
Clara Riccardi, destacó además la importancia de esta colección: “Como es una colección de arte colonial y precolombino es muy importante para la región donde estamos”, asegura. “Más que nada es una colección bellísima no solo artística sino histórica”, concluye.
El primer sábado de cada mes la entrada al museo no tiene ningún costo. Para mayor información acerca de la colección o de los horarios del Museo visite www.denverartmuseum.org. También puede comunicarse con Clara para más detalles escribiéndole a cricciardi@denverartmuseum.org.
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