La Gran Fiesta de Pentecostés
El Don del Espíritu se derrama en nuestros corazones para darnos una vida nueva
Por el Padre Patricio Raden O.P.

En nuestra tradición católica tenemos tres fiestas principales durante el Año Litúrgico: Navidad, Pascua y Pentecostés. Navidad es importante porque es la fiesta en que el Hijo de Dios desde toda la eternidad “se hizo hombre y habitó entre nosotros”.
La siguiente fiesta es la Pascua que es la más importante entre las tres porque celebramos la Muerte y la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Con su muerte pagó el precio de nuestros pecados; con su Resurrección consiguió una nueva vida para nosotros. La tercera fiesta es la de Pentecostés cuando la Iglesia recibió esta vida nueva que Jesús consiguió con su Muerte y Resurrección.
El Espíritu Santo es un don y una promesa de Dios.
Ya desde el Antiguo Testamento en el libro del profeta Ezequiel, Dios Padre prometió mandar al Espíritu Santo diciendo “les quitaré sus corazones de piedra y les pondré corazones de carne e infundiré el Espíritu Santo en ustedes”. (Ez. 36,26-27).
En el Nuevo Testamento Jesús mismo nos prometió mandar al Espíritu Santo cuando decía a los Apóstoles: «No se alejen de Jerusalén. Aguarden aquí a que se cumpla la promesa de mi Padre, de la que ya les he hablado: Juan bautizó con agua; dentro de pocos días ustedes serán bautizados con el Espíritu Santo”. (Hch. 1, 4-5). Estas dos promesas fueron cumplidas en el día de Pentecostés cuando “los discípulos quedaron llenos del Espíritu Santo”. (Hch. 2, 1-11).
El Poder del Espíritu
La razón por la cual muchos cristianos no pueden vivir la plenitud de su vida cristiana es porque no tienen poder. Muchos han recibido el sacramento del Bautismo y también el sacramento de la Confirmación en los cuales han recibido al Espíritu Santo.
Pero el Espíritu Santo infundido por medio de estos sacramentos ha quedado inactivo o en potencia en sus vidas. Es como la tarjeta de teléfono que tiene que ser activada para poder ser usada. Lo mismo ocurre cuando el poder del Espíritu Santo queda activado por lo que se llama el Bautismo del Espíritu Santo. No es otro sacramento sino la plenitud de los sacramentos de Bautismo y Confirmación. La expresión “Bautismo en el Espíritu Santo” es bíblica porque está mencionada en los Hechos de los Apóstoles (Hch 1,5).
Algo semejante ocurrió en la vida de Jesús. No había comenzado su misión de salvación hasta que el Espíritu Santo vino sobre Él al ser bautizado por Juan Bautista en el Río Jordán. El Espíritu Santo bajó sobre Él y pronto se lanzó a su misión salvífica. Algo similar pasó con los Apóstoles antes de recibir el Espíritu Santo el día de Pentecostés. Estaban con miedo y ocultos por temor a las autoridades hasta recibir al Espíritu Santo.
¿Que pasó después? Salieron valientes porque tenían poder y comenzaron a proclamar el Evangelio de salvación a todo el mundo. Muchos de los Apóstoles y discípulos terminaron dando sus vidas proclamando “a un Jesús crucificado y resucitado” como dice San Pablo. Eran personas transformadas por el Bautismo del Espíritu Santo y no tímidos y ocultos como eran antes. ¿Cómo son los católicos en su parroquia? ¿Como los discípulos antes de Pentecostés o como los discípulos después de Pentecostés?
Algunas de las características atribuidas al Espíritu Santo
1. Que es el que nos va a enseñar y guiar en nuestras vidas cristianas.
2. También es el Consolador que nos consuela en los momentos difíciles.
3. Además es el Espíritu de Fortaleza presente con nosotros frente a dificultades para poder vencerlas.
Más que nada es el Espíritu de Amor para ayudarnos amar a otros como Dios ama a todos aún a las personas menos agradables. San Pablo nos dice que el cristiano tiene que tener un amor “paciente, servicial, sin envidia… que disculpa todo, todo lo cree, todo lo espera y todo lo soporta. (1 Cor. 13).
Dones del Espíritu
En el libro del profeta Isaías (Is. 11,1-2) encontramos una lista de siete dones del Espíritu Santo que frecuentemente asociamos con el sacramento de Confirmación.
Podemos considerar estos dones como dones personales para guiar nuestras vidas individuales en el camino a la santidad. Estos dones son la sabiduría, inteligencia, prudencia (o consejo), fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Por ejemplo, cuando tenemos que hacer decisiones importantes en nuestra vida el don de prudencia o consejo nos puede ayudar a decidir entre las diferentes opciones que tenemos.
El don de la fortaleza nos ayuda para aguantar situaciones negativas con mucha paciencia y lanzarnos para vencer las situaciones que consideramos injustas o perjudiciales contra nuestra persona o contra otras personas.
También es el Espíritu Santo que nos regala dones para nuestros ministerios de servicio para el beneficio de otros. 1 Cor. 12 enumera los dones de: hablar o predicar con sabiduría, enseñar cosas profundas, la fe, dones de hacer curaciones o hacer milagros, don de profecía, discernimiento, don de lenguas y la capacidad de interpretar estas lenguas.
Necesitamos estos dones para servir en nuestras parroquias como catequistas, lectores, ministros de la comunión, rezando por los enfermos o afligidos y ayudando con el don de discernimiento a personas confundidas o con ideas confusas. También servir en muchos otros ministerios.
La Carta a los Romanos menciona otra lista de dones que es semejante a la de 1 Cor. 12 e incluye los dones de profecía, capacidad de servicio, la enseñanza, don de dar consejos, la distribución de los bienes de la comunidad y administración u organización de la comunidad. San Pedro (1 Pedro 4,10-11) menciona otros dones de servicio cristiano.
Frutos del Espíritu
Los Dones son diferentes a los Frutos del Espíritu Santo que San Pablo menciona en la Carta a los Gálatas (Gal. 5,22). Allí tenemos una lista de unos Frutos del Espíritu Santo como son: caridad, alegría y paz; generosidad, comprensión de los demás, bondad y confianza, mansedumbre y dominio de sí mismo o templanza.
Cuando nos damos cuenta de que estos Frutos están presentes en nuestras vidas personales es cuando nuestro proceso a la santidad está en marcha. Ustedes deben recordar que Jesús no nos decía “por los dones” es que vamos a ser discípulos de Jesús sino “por los Frutos los reconocerán como mis discípulos”.
Antes del Siglo XX el Espíritu Santo era como el “Dios Desconocido” pero ahora es más conocido y experimentado en las vidas de muchos cristianos. Ojala que fuera así en las vidas de todos los lectores de este artículo. También que su canto continuo sea siempre; “ESPIRITU SANTO, VEN, VEN”.
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