
Perdono… pero no olvido
Por Luis Soto
Sin duda que perdonar es uno de los procesos más difíciles que podemos llevar a cabo en nuestra vida. Un día escuchaba a un predicador que dijo, “algunos perdonan, pero no olvidan, lo que tenemos que aprender es a perdonar y olvidar, si no se olvida no vale el perdón”. Yo sinceramente estoy en desacuerdo con esa expresión. No podemos olvidar lo malo que nos ha pasado, sobre todo el daño que nos hayan hecho. Es imposible decir que ya no me acuerdo de aquel chico que me golpeó, de aquella persona que me traicionó, de aquel que me causó dolor de cualquier tipo. Perdonar, no es olvidar. Si se pudiera olvidar lo malo que nos han hecho, no habría mérito y no fuese tan difícil perdonar. Al contrario, es precisamente porque no podemos olvidar que se hace más difícil perdonar.
Los que dicen que no pueden perdonar, en realidad lo que están diciendo es que no pueden olvidar, y eso está bien. Perdonar no es entrar en una especie de hipnosis y borrar todos los malos recuerdos. Perdonar es reconocer que todos somos débiles y nos equivocamos. Que yo también he fallado, y muchas veces, quizá más. Es saber que equivocarse es humano, que lastimar es muchas veces la última de las intenciones. Perdonar es, a fin de cuentas, recordar sin dolor.
El problema radica en dejar atrás ese dolor. No es fácil. Es parecido a una cicatriz que tenemos. En algún momento algo me provocó una herida, y salió sangre y me dolió. Pero al pasar el tiempo, ya no saldrá sangre, ya no habrá dolor, aun cuando quede una huella imborrable de aquel accidente. Sin embargo, al verla, puedo verla sin sentir dolor. Piensa en alguna persona que te haya hecho daño, con o sin intención. Perdonar es saber que esa persona se equivocó, que cometió un error, como yo los he cometido, como tú los has cometido.
Dios nos pide que seamos misericordiosos, que perdonemos y amemos como Él es misericordioso. ¡Difícil demanda de parte de Dios! Pero una con la cual nos asemejamos al ideal de ser su imagen. Dios lo sabe todo de nosotros, no lo podemos engañar. Sin embargo, se presenta como un Dios que sabe perdonar, que sabe entender que estos hijos suyos que somos, somos débiles, nos equivocamos, tomamos decisiones erróneas y lastimamos, a nuestros hermanos y a Él mismo. Sin embargo, Él apuesta por el perdón. Por decir, vengan a Mí, la muerte queda atrás, el pecado queda atrás, los errores pueden quedar atrás. Y lo hace porque es misericordioso. Entiende nuestra naturaleza ¡Él nos creó!
Cuando leemos en pasajes evangélicos que Jesús perdona, jamás pretende que no sabe de los pecados o no se acuerda de los mismos. A la mujer adúltera la perdona, aun sabiendo que ha cometido muchos errores. Jamás le dice que no sabe de su historia y sus pecados, al contrario se los recuerda diciendo, “vete y no peques más”. A Zaqueo no le dice que ya no se acuerda que es un recaudador de impuestos y ha defraudado a mucha gente, al contrario le hace recordar al prometer que no defraudará más y reparará las faltas cometidas.
Por lo tanto, perdonar es saber que nos equivocamos pero lograr que el amor triunfe por encima del dolor causado por la falta cometida. Al hacerlo, estamos cumpliendo el mandato del Señor de ser misericordiosos, como Él mismo lo es. Él es el Padre de la misericordia y amor y el perdón. La próxima vez que sientas que no puedes perdonar a alguien que te ha hecho daño, medita por un momento. Reflexiona que tú también has fallado, que tú también has dañado, que tú también te has aprovechado de situaciones. Que esa es nuestra naturaleza, que la debilidad y el barro son parte de quienes somos. Cuando pienses que te es difícil perdonar, recuerda las palabras del Señor: “el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”. Perdónanos Señor, porque a veces, al no saber perdonar, no sabemos lo que hacemos. Nos cegamos por nuestra envidia y egoísmo.
Nuestra vida a fin de cuentas, la de todos, es un marchar y volver de la Casa del Padre, así como el hijo pródigo. La buena noticia, es que creemos en un Dios misericordioso. Y nos perdona, aún cuando sabe que quizá no hemos vuelto a casa por amor, sino por hambre, siguiendo con el ejemplo del hijo prodigo. Aún cuando sabe que quizá mañana nos iremos otra vez. Roguemos al Señor para que nos dé la fortaleza para ser misericordiosos, como Él es misericordioso, aún cuando no lo olvida.
La próxima vez, en lugar de decir “yo perdono, pero no olvido” mejor di, “yo perdono, aun cuando no lo olvido”. Eso tiene mucho más valor. A fin de cuentas, ¿quiénes somos los seguidores de Jesús, sino un grupo de pecadores perdonados… ?