
El misterio del bien y el mal
En este Tiempo Pascual recordemos nuestra realidad
Por Rossana Goñi
El mes de Mayo, mes en el que tradicionalmente celebramos a nuestra Madre Santa María, se inició con dos hechos contrastantes.
Por un lado millones de católicos –y algunos no católicos también- nos hemos congregado frente a nuestros televisores para rezar y ver con júbilo el momento en el que se desvelaba la imagen del Papa Juan Pablo II, y era declarado Beato de la Iglesia por el Papa Benedicto XVI en la Plaza San Pedro frente a cerca de un millón de peregrinos. Y por otro lado, recibimos la noticia de la muerte del líder del grupo terrorista Al Qaeda, Osama Bin Laden, que se expandió como mecha al mundo entero.
En un mismo día se juntaron el misterio del bien y del mal a nivel mundial. El Papa Juan Pablo II fue un hombre de Dios, un hombre del amor y el bien, quien con la donación plena de su vida trajo Vida a la Iglesia. Y no sólo a la Iglesia, sino a toda una generación alrededor del mundo, interviniendo en muchas oportunidades al bien común, la paz, y la reconciliación de la humanidad.
Y de manera contraria, la muerte de Bin Laden. Quien su vida ha traído destrucción, odio, antagonismo, desconcierto, rencor, y –por esos misterios del mal- aún muerto seguirá extendiéndose el mal que hizo a los seres humanos.
El 1 de Mayo –día en el que la Iglesia también celebró la Divina Misericordia– ha sido una fecha en la que dos realidades en el ser humano se han hecho evidentes, claras. Somos libres de optar por el bien que está en nuestro corazón, o por el mal, que también está en nuestro corazón. Es una realidad de la que no podemos huir, y no podemos negar. La lucha por nuestra felicidad, nuestra bondad de corazón se conquista día a día. El ser una persona que opte por el bien, no es fácil. La realidad del mal, nos rodea y muchas veces nos conquista interiormente. No en vano San Pedro nos dice en su 1ra Carta, capítulo 5, versículos 8 y 9: “porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar; al cual resistid firmes en la fe…”.
Estamos viviendo en un Tiempo Pascual, en el que celebramos la Resurrección del Señor Jesús. Celebramos la Vida sobre la muerte, la Luz sobre la oscuridad, el Amor real sobre el odio. La Salvación de nuestras vidas a pesar de nuestros pecados. Hemos sido reconciliados y es posible que logre la santidad de mi vida, porque Jesús ha resucitado y ha vencido al mal. ¡Soy libre de elegir el bien, a pesar de las grandes dificultades y mi pecado!
Ambas realidades se juntan en mí. No podemos separarlas, ni pretender olvidarnos que no las vivo, pues el olvidarme del mal –al que tiendo pues estoy herida por el pecado original– es olvidarme que para alcanzar la santidad, es necesito luchar todos los días de mi vida.
El Papa Benedicto XVI en una de sus recientes Audiencias de los miércoles nos explicó esta realidad de manera muy hermosa a partir de la realidad que vivió el mismo Señor Jesús: “Consciente de su muerte inminente en la cruz, siente una gran angustia y la cercanía de la muerte. En esta situación aparece también un elemento de gran importancia para toda la Iglesia. Jesús dice a los suyos: permaneced aquí y velad. Y esta invitación a la vigilancia atañe precisamente a este momento de angustia, de amenaza, en la que llegará el traidor, pero también concierne a toda la historia de la Iglesia. Es un mensaje permanente para todos los tiempos, porque la somnolencia de los discípulos no sólo era el problema de ese momento, sino que es el problema de toda la historia. La cuestión es en qué consiste esta somnolencia, en qué consistiría la vigilancia a la que el Señor nos invita. Yo diría que la somnolencia de los discípulos a lo largo de la historia consiste en cierta insensibilidad del alma ante el poder del mal, una insensibilidad ante todo el mal del mundo. Nosotros no queremos dejarnos turbar demasiado por estas cosas, queremos olvidarlas; pensamos que tal vez no sea tan grave, y olvidamos. Y no es sólo insensibilidad ante el mal, mientras deberíamos velar para hacer el bien, para luchar por la fuerza del bien. Es insensibilidad ante Dios: esta es nuestra verdadera somnolencia; esta insensibilidad ante la presencia de Dios que nos hace insensibles también ante el mal. No sentimos a Dios —nos molestaría— y así naturalmente no sentimos tampoco la fuerza del mal y permanecemos en el camino de nuestra comodidad… el estar velando con el Señor, debería ser precisamente el momento para hacernos reflexionar sobre la somnolencia de los discípulos, de los defensores de Jesús, de los apóstoles, de nosotros, que no vemos, no queremos ver toda la fuerza del mal, y que no queremos entrar en su pasión por el bien, por la presencia de Dios en el mundo, por el amor al prójimo y a Dios”.
Somos libres de elegir. No dejemos enemigos tras la espalda. Podemos hacer mucho bien, muchísimo… pero no olvidemos que también tendemos y caemos en el mal que muchas veces seduce nuestro ser.
¡Luchemos día a día… y al final de la vida, cuando el Señor nos llame a su Gloria, podamos gozar de la bendición de encontrarnos con el Papa Juan Pablo II y muchos más, quienes lograron alcanzar la corona del Cielo! ¡Feliz mes de la Reina del Cielo!