«Así lo ha querido el Señor: Juan Pablo II es Beato», dice el Papa Benedicto XVI
Cerca de un millón de peregrinos en la Eucaristía en la Plaza San Pedro en la que se beatificó al Papa Juan Pablo II
Por Mariana De Lama (*)

El 2 de abril del año 2005, el Señor Jesús llamó a su presencia a Juan Pablo II, 264º sucesor del Apóstol Pedro, Vicario de Cristo.
Su partida fue cubierta por las mayores agencias periodísticas del planeta, creyentes y no creyentes compartieron el dolor de su ausencia. Es conmovedor recordar a los miles de jóvenes congregados en la Plaza San Pedro de la Ciudad del Vaticano que lo lloraron sentidamente, a millares de personas que se acercaron a rendirle homenaje por tres días consecutivos, llegando incluso a esperar 12 horas para ello, asimismo durante la Misa de Exequias, diversos líderes y gobernantes de todas partes del mundo, incluyendo los de aquellos países en guerra, se dieron el abrazo de la paz ante el unámime clamor del Pueblo de Dios congregado en la Plaza que decía: “Santo Subito” (Santo de Inmediato, en italiano).
Este pedido se vio cristalizado el Domingo 1 de Mayo de 2011 cuando Benedicto XVI lo declara Beato: “Hace seis años nos encontrábamos en esta Plaza para celebrar los funerales del Papa Juan Pablo II. El dolor por su pérdida era profundo, pero más grande todavía era el sentido de una inmensa gracia que envolvía a Roma y al mundo entero, gracia que era fruto de toda la vida de mi amado Predecesor y, especialmente, de su testimonio en el sufrimiento. Ya en aquel día percibíamos el perfume de su santidad, y el Pueblo de Dios manifestó de muchas maneras su veneración hacia él. Por eso, he querido que, respetando debidamente la normativa de la Iglesia, la causa de su beatificación procediera con razonable rapidez. Y he aquí que el día esperado ha llegado; ha llegado pronto, porque así lo ha querido el Señor: Juan Pablo II es beato” dijo Su Santidad en la homilía pronunciada durante la Misa de Beatificación del Venerable Siervo de Dios Juan Pablo II.
Recordando a Karol Wojtyla
Karol Wojtyla nace el 18 de Mayo de 1920 en la ciudad de Wadowice en Polonia, país donde el catolicismo es desde tiempos inmemoriables el elemento principal de la identidad y unidad nacional. Fue el hijo menor del matrimonio conformado por Karol Wojtyla y Emilia Kaczorowska, quienes supieron transmitir a Karol la fe desde muy temprano; fe que será forjada desde la niñez ya que a los nueve años fallece su madre, tres años después moría su hermano Edmund, médico de profesión, como consecuencia de una enfermedad que contrajo mientras auxiliaba a una persona necesitada.
Al cabo de los años se traslada con su padre quien fuera oficial del ejército polaco a la ciudad de Cracovia con el objetivo de inicar sus estudios en la Universidad Jagellonica, sin embargo su padre moría en el año 1941 por lo que a los 21 años se encuentra sólo y con el corazón ya forjado por el sufrimiento.
Poco antes de la muerte de su padre conoce a Jan Tyranowski, sastre polaco, quien sería de vital importancia para su crecimiento espiritual dándole a conocer a San Juan de la Cruz, doctor de la Iglesia, a quien le dedicará posteriormente una tesis doctoral y será durante este tiempo que empieza a trabajar en las canteras de Solvay a fin de evitar ser deportado a la Alemania Nazi que tenía ocupada Polonia.
En el año 1943 dando testimonio de su firme decisión de entregarle su vida al Señor ingresa al seminario -que en esa época era clandestino- para llevar los estudios teológicos que requiere el sacerdocio; será durante este período que su vida se encontrará bajo la guía de Adam Stefan Sapieha, Cardenal Arzobispo de Cracovia, reconocido por su ejemplaridad y santidad de vida.
Fue ordenado sacerdote el 1 de Noviembre de 1946, siendo inmediatamente enviado a la ciudad de Roma donde estudiaría en la facultad de Teología del Angelicum, para luego regresar a Polonia y desempeñarse como profesor de la universidad de Lublín y trabajar en la pastoral con los jóvenes.
El 4 de Julio de 1958 es ordenado obispo auxiliar de la arquidiócesis de Cracovia por Pío XII.
Este nombramiento adquiriría mayor relevancia en la vida de Karol cuando es convocado a participar por Juan XXIII al Concilio Vaticano II, donde no tardaría en destacar la claridad de su pensamiento y su preparación esmerada.
De su pluma saldrán enseñanzas conciliares donde nos evidenciará la centralidad del hijo de María en nuestras vidas: (...)Cristo el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al proprio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación” (Gaudium et Spes, 22).
Elegido Papa para toda la Iglesia
El 16 de octubre de 1978 es elegido como nuevo Pontífice de la Iglesia Universal, elegirá el nombre de Juan Pablo II en claro homenaje a sus tres antecesores Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo I.
A lo largo de su pontifcado el mundo recibiría un testimonio inigualable de adhesión profunda a Cristo y a su Iglesia, desarrollando un prolífico magisterio donde quedarían plasmadas su pasión por el hombre como realidad creada a Imagen y Semejanza de Dios, su ardorosa piedad filial expresada en un profundo amor a la Bienaventurada Virgen María, a quien no duda en consagrar su Pontificado bajo el lema “Totus Tuus”,Todo Tuyo, a su vez será un impulsador de la Nueva Evangelización, sus enseñanzas centradas en Cristo Jesús nos lo presentarán como el Reconciliador de toda la humanidad, llevando así a la Iglesia a cruzar el umbral del Tercer Milenio.
El 13 de mayo de 1981, fecha en que la Iglesia conmemora la aparición de Santa María en Fátima, sufre un intento de asesinato por parte del terrorista musulmán Ali Agca, hecho del que logró sobrevivir para dar lugar al III pontificado más largo de la historia. Una vez recuperado dió testimonio perdonando a quien atentara contra su vida. El mundo recibía una nueva lección que tocó el corazón a muchas personas. ¿La razón? El Papa Wojtyla actuó como si Cristo estuviera en su lugar.
Un líder del siglo XX
Sin embargo, no podemos dejar de mencionar que estamos también ante uno de los líderes más influyentes del pasado siglo XX, quien no sólo contribuyó a poner fin al comunismo en su Polonia natal y en los demás países de Europa del Este si no quien con su mensaje de paz, dio testimonio del altísimo valor del ser humano y cómo una recta visión del hombre puede llevar a la transformación del mundo.
Juan Pablo II inició su pontificado pidiendo al mundo entero a no tener miedo, a abrirle de par en par las puertas del corazón a Cristo, “causa” del Concilio Vaticano II y de él mismo como lo señaló Benedicto XVI durante la misa de beatificación: «El nuevo Beato escribió en su testamento: «Cuando, en el día 16 de octubre de 1978, el cónclave de los cardenales escogió a Juan Pablo II, el primado de Polonia, cardenal Stefan Wyszy?ski, me dijo: “La tarea del nuevo Papa consistirá en introducir a la Iglesia en el tercer milenio”». Y añadía: «Deseo expresar una vez más gratitud al Espíritu Santo por el gran don del Concilio Vaticano II, con respecto al cual, junto con la Iglesia entera, y en especial con todo el Episcopado, me siento en deuda. Estoy convencido de que durante mucho tiempo aún las nuevas generaciones podrán recurrir a las riquezas que este Concilio del siglo XX nos ha regalado. Como obispo que participó en el acontecimiento conciliar desde el primer día hasta el último, deseo confiar este gran patrimonio a todos los que están y estarán llamados a aplicarlo. Por mi parte, doy las gracias al eterno Pastor, que me ha permitido estar al servicio de esta grandísima causa a lo largo de todos los años de mi pontificado». ¿Y cuál es esta «causa»? Es la misma que Juan Pablo II anunció en su primera Misa solemne en la Plaza de San Pedro, con las memorables palabras: «¡No temáis! !Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!».
Aquello que el Papa recién elegido pedía a todos, él mismo lo llevó a cabo en primera persona: abrió a Cristo la sociedad, la cultura, los sistemas políticos y económicos, invirtiendo con la fuerza de un gigante, fuerza que le venía de Dios, una tendencia que podía parecer irreversible. Con su testimonio de fe, de amor y de valor apostólico, acompañado de una gran humanidad, este hijo ejemplar de la Nación polaca ayudó a los cristianos de todo el mundo a no tener miedo de llamarse cristianos, de pertenecer a la Iglesia, de hablar del Evangelio. En una palabra: ayudó a no tener miedo de la verdad, porque la verdad es garantía de libertad. Más en síntesis todavía: nos devolvió la fuerza de creer en Cristo, porque Cristo es Redemptor hominis, Redentor del hombre: el tema de e hilo conductor de todas las demás.»
Su sufrimiento al final de sus años
Practicamente a partir de la mitad de su pontificado, Juan Pablo II, empieza a sufrir los embagues de la enfermedad, concretamente tuvo que vivir con una de tipo degenerativo: la enfermedad de Parkinson, la cual de manera paulatina lo fue privando de la capacidad motora y del habla. Consecuencias que en vez de limitarlo en el ejercicio de sus funciones contribuyeron a que sea posible testimoniar la acción de la gracia a través de una vida de fe, esperanza y caridad.
¿Quién no recuerda sus últimas jornadas de la juventud llevadas a cabo en París, Roma y Toronto donde agitaba su bastón de manera juguetona, o marcaba el ritmo de los cantos sentado en su silla con sus brazos y pies? Quedan las homilías de éstos encuentros donde de manera única logra despertar en los jóvenes ese anhelo de infinito capaz de sucitar el deseo de llevar a cabo grandes hazañas.
Juan Pablo II nos deja como herencia una vida santa en la cual el sufrimiento fue fuente de comunión profunda con Cristo, un magisterio signado por un profundo amor a la Verdad, por una recta visión del hombre donde la fe y la razón no son opuestas sino complementarias e indesligables, así como la imperiosa necesidad de la santidad de todos los miembros de la Iglesia.
Unamonos pues con fe viva a la plegaria que dijera Benedicto XVI el día de la beatificación de Juan Pablo II: ¡Dichoso tú, amado Papa Juan Pablo, porque has creído! Te rogamos que continúes sosteniendo desde el cielo la fe del Pueblo de Dios. Desde el Palacio nos has bendecido muchas veces en esta Plaza. Hoy te rogamos: Santo Padre: bendícenos. Amén”.
* Mariana De Lama, es teóloga. Residió en Roma por más de cinco años, en la actualidad se encuentra en Perú.
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