
Nadie tiene amor más grande que …
Todo ayuno y sacrificio debe convertirse en acto de amor
Por Mons. Jorge De los Santos
Aún nos queda por vivir parte del tiempo litúrgico de la Cuaresma en la que la Iglesia nos ilustra que uno de los puntos importantes de nuestra reflexión es el misterio de la Cruz. Para mucha gente, el pensar en la Cruz es solamente ver en ella el sufrimiento y el dolor, pero ese sufrimiento y dolor tiene un sentido que trasciende y trasciende hasta posarse en el amor. Es el amor el que le da sentido a ese sacrificio y hablo no sólo del Sacrificio máximo de Cristo Jesús sino también de los sacrificios que nosotros hacemos, es el amor el que los ilumina, así es que cuando pensemos en dolor, sacrificio, sufrimiento, pensemos primero que nada en el amor que los motiva, en el amor que los sostiene, en el amor que los convierte en oblación.
Cada vez que contemplo un crucifijo vienen a mi mente, antes de todo, las palabras que Jesús dijo a sus apóstoles: “nadie tiene amor más grande que aquel que da la vida por sus amigos”, y es bajo la inspiración de esta afirmación del Señor que todo queda iluminado y tiene sentido; entonces es por amor a mí que Jesús dio la vida, es por amor a mí que Jesús se sacrificó, es por amor a mí que Jesús sufrió. ¡Es por amor a todos nosotros! El Señor manifestó la verdad de sus palabras con sus actos, es decir, muriendo en la Cruz. Entonces meditemos en la Cruz, en la Pasión, a la luz de esta afirmación de Jesús “nadie tiene amor más grande que aquel que da la vida por sus amigos”. Para el Señor, el dar la vida, el morir, su pasión es un acto de amor, y no es amor simple sino es un acto de amor sublime como sólo Él puede hacerlo, y el amor siempre va dirigido hacia alguien, por lo tanto veamos esta realidad como un acto de amor sublime hacia nosotros.
Entonces también para nosotros los ayunos y todo lo que represente sacrificio debe ser un acto de amor, el morir a nosotros mismos, es decir morir a lo que el pecado ha hecho de nosotros, el “negarnos a nosotros mismos” debe ser un acto de amor, pero un acto de amor a Dios.
Es así que nuestras prácticas cuaresmales van mucho más allá que el ser consideradas simples acciones, por ejemplo el ayunar es mucho más que sólo no tomar alimentos en la primera parte del día, no es sólo no ingerir alimentos, sino que también representa y nos prepara para tener dominio de las pasiones y también en la dimensión espiritual de la reparación del pecado en sentido penitencial. Me hace entrar a una dimensión simbólica o metafórica del ayuno, y pongo como ejemplo un email que recibí que dice:
Ayunaré de juzgar a los demás y descubrir a Cristo que vive en ellos.
Ayunaré de las palabras hirientes y pronunciaré frases sanadoras y edificantes.
Ayunaré del egoísmo y viviré en generosidad.
Ayunaré de enojos y procuraré vivir en paciencia.
Ayunaré de pesimismos y me llenaré de esperanza.
Ayunaré de preocupaciones y confiaré más en Dios.
Ayunaré de quejarme y daré gracias a Dios por la maravilla de la vida.
Ayunaré de la angustia y oraré con más frecuencia.
Ayunaré de la amargura y practicaré el perdón.
Ayunaré de darme importancia a mí mismo y pondré los demás al centro.
Ayunaré de ansiedad sobre mis cosas y me comprometeré en la propagación del Reino.
Ayunaré de desalientos y me llenaré del entusiasmo de la fe.
Ayunaré de todo lo que me separa de Jesús e intentaré vivir muy cerca de Él.