El sentido redentor del sufrimiento
El sufrimiento es una realidad que no se puede negar hay que aprender a vivirlo
Por Ursula Jimenez

Una pregunta que suele ser difícil de respondernos a todos es ¿Por qué existe el sufrimiento en el mundo? En las próximas líneas ofreceré una respuesta que no es fácil de expresar en un solo escrito. Por la fe sabemos y creemos que Dios es amor y que cuando creó el mundo no quería que sus criaturas sufrieran, quería que fueran felices, y la única manera de poder serlo era y es amando. Por eso Dios, nos dio libertad para poder amar y ser felices.
La primera ruptura trae con ella el sufrimiento
Cuando Adán y Eva, usando mal su libertad, desobedecieron; se alejaron de Dios y de su amor que es la fuente de todo amor. Es así que el mal se introduce en el mundo, y con él el sufrimiento como consecuencia de éste. El mal es la ausencia de bien, el hombre sufre por que le falta un bien, o porque lo tiene limitado o distorsionado. Una persona que está enferma, por ejemplo, sufre porque le falta la salud o una persona que ha perdido a un ser querido sufre porque ya no está con él o ella. El sufrimiento del hombre es consecuencia de un pecado concreto pero también es consecuencia del pecado original.
Sin embargo, aún así no es fácil de comprender. Podemos decir que la realidad del sufrimiento es sumamente profunda y misteriosa tanto como la realidad del mal y del pecado.
Sentido redentor del sufrimiento
San Juan nos dice: “Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en él no muera, sino que tenga Vida eterna” (Jn.3;16). Esta es nuestra Teología de Salvación. “Salvación” significa liberación del mal. El Señor Jesús nos salva de dos maneras: en el sentido escatológico (que está referido a la vida futura) dándonos la promesa de vida eterna después de ésta. La segunda manera es en el sentido temporal, acompañándonos en nuestros propios sufrimientos y llenándolos de sentido.
El Señor Jesús al hacerse hombre experimenta la fragilidad y el sufrimiento humanos, se cansa, tiene hambre, no tiene donde reclinar la cabeza. Además durante su vida se compadece por aquellos que sufrían, consoló al afligido, curó a los enfermos, alimentó al hambriento y resucitó a los muertos. Y al final de su vida cargó todos los sufrimientos del mundo sobre sus hombros. Cristo sabe del poder salvador de sus sufrimientos y por su amor a Dios y a nosotros es que es capaz de obedecer y entregarse.
Es en su Pasión y Muerte que el Señor toma todo el sufrimiento humano sobre sí. Es todo el sufrimiento de cada persona, de toda la humanidad, que en un momento pesan sobre el Hijo de Dios. Es en la cruz que Cristo carga con todos nuestros pecados experimentando todas sus consecuencias, experimentando el sufrimiento de cada uno de nosotros. En ese momento en las fibras sensibles, a un nivel psicológico llega a experimentar la agonía de estar separado del Padre, aún cuando se mantiene en unión perfecta con el Padre en el Espíritu. Esto lo hace no porque necesite hacerlo, si no porque nos ama y quiere compadecerse con nosotros, quiere acompañarnos en nuestros sufrimientos y vivir todo lo que nosotros hemos vivido. Cristo eleva el sufrimiento humano a nivel de Redención, llenando así nuestros sufrimientos de sentido.
Adhiriendo nuestras propias cruces a la del Señor Jesús seremos capaces de cargarlas, no por nuestras propias fuerzas sino por las fuerzas que recibimos de Él. Seremos capaces de hacer esto sólo si tenemos nuestra mirada puesta en el cielo, en la resurrección. San Pablo le escribe a los Corintios: “Nuestra angustia, que es leve y pasajera, nos prepara una gloria eterna, que supera toda medida. Porque no tenemos puesta la mirada en las cosas visibles, sino en las invisibles: lo que se ve es transitorio, lo que no se ve es eterno” (2 Cor. 4; 17-18).
Con todo esto no quiero decir que el sufrimiento sea fácil de vivir. Hay que tener en cuenta que no hemos sido creados para sufrir, y es natural el rechazo al sufrimiento. Además la vida es un regalo precioso de Dios y está bien que la cuidemos y que la queramos vivir de la mejor manera posible. Pero el sufrimiento es una realidad que no podemos negar, y depende de cuanto y como lo entendamos si queremos poder abrazarlo y aceptarlo de manera correcta.
Actitudes erradas frente al sufrimiento
El no entender el sufrimiento y no saber manejarlo nos puede llevar a tener actitudes erradas frente a éste. Entre ellas pueden estar las que menciono más adelante.
• Negación y evasión: negando que una situación que nos ocasiona sufrimiento existe. Por ejemplo cuando un hijo empieza a tener problemas de comportamiento muchas veces pretendemos no darnos cuenta porque tenemos miedo de lo que pueda significar o las consecuencias dolorosas a las que me puede llevar.
• Escapismo: cuantas veces cuando algo nos hace sufrir nos compensamos con otras cosas para no enfrentar la situación difícil. Estas compensaciones son muchas: excesos en la comida, en el uso de la televisión, en ir de compras, los chismes, el alcohol, las drogas, incluso el escuchar música todo el tiempo para no pensar, estar rodeados de ruido.
• Trivialización: Es cuando no le damos la importancia que tiene, banalizar el sufrimiento pretendiendo que no nos importa. Por ejemplo, en las películas de terror hoy en día la muerte está trivializada, la gente muere como si sus vidas no fueran importantes, además de manera grotesca e irreverente.
• Rebeldía: ésta es muy común, muchas veces las personas que se rebelan contra Dios por sus sufrimientos terminan dejando la fe incluso hasta negando a Dios y como consecuencia viven desesperanzados y amargados.
Actitudes correctas frente al sufrimiento
Entendiendo correctamente el sufrimiento y a la luz de la cruz del Señor podemos asumir correctas actitudes frente a éste.
• Aceptación madura: Cristo nos guía al Reino de Dios a través del sufrimiento, aceptando humildemente y sin rebeldías los sufrimientos de nuestras vidas, siendo obedientes al Padre como lo fue Jesús me hago digno de entrar al Reino de Dios. Mediante el sufrimiento nos podemos hacer suficientemente maduros para llegar al Cielo.
• Ofreciendo los sufrimientos en unión con Cristo: Los llamados a compartir los sufrimientos de Cristo, también son llamados a compartir su gloria. Al sufrir con Cristo recibimos la fuerza que necesitamos para vivir nuestros propios sufrimientos. Cuando nos sentimos más solos es cuando Jesús está más cerca de nosotros. Al ofrecer nuestros sufrimientos también completamos “lo que falta a los padecimientos de Cristo, para bien de su Cuerpo, que es la Iglesia.” (Col. 1;24). No porque Él no haya completado la Redención sino porque la dejó abierta para que nuestros sufrimientos puedan estar llenos de sentido salvífico.
• Dejando que nuestros sufrimientos nos purifiquen: los sufrimientos por más pequeños que sean son siempre pruebas, en la medida que vayamos poniéndonos más en las manos del Señor estas pruebas serán medios de purificación.
• Ofreciendo nuestros sufrimientos como actos de amor: Como María al pie de la Cruz, muchas veces el amar a una persona que sufre nos causa sufrimientos a nosotros mismos pero ese amor es abundantemente fructífero.
Finalmente, comparto con Uds. unas palabras de nuestro querido Papa Juan Pablo II en su Carta Apostólica Salvifici Doloris: “La cruz de Cristo se ha convertido en una fuente de la que brotan ríos de agua viva. En ella debemos plantearnos también el interrogante sobre el sentido del sufrimiento, y leer hasta el final la respuesta a tal interrogante”.
* Ursula Jiménez es laica consagrada de la Fraternidad Mariana de la Reconciliación y trabaja como Coordinadora de la Oficina de Evangelización y Catequésis de la Arquidiócesis de Denver.
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