Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo…
Por Luis Soto
Yo recuerdo siendo niño, al asistir a Misa, el momento en que el sacerdote levantaba la hostia consagrada y decía “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo…”. Le hacía provocar a uno una mezcla de sentimientos. Por un lado me “alegraba”, porque mi poca experiencia me había enseñado que el final de la Misa estaba cerca; pero por otro lado me quedaba confundido. Primero porque, por mi cultura mexicana, me preguntaba qué era un cordero, incluso llegué a preguntarle a mi padre. Y segundo porque me imaginaba que Dios era un Cordero.
Mi comparación y preguntas pueden parecer tontas, pero no dudo que son las mismas de muchos, incluso adultos que me están leyendo. La figura del cordero que se sacrifica, no tiene mayor significado en nuestra cultura. Incluso como mexicanos, muchos ni siquiera sabemos lo que es un cordero, o al menos no estamos seguros.
La vida, estudios y experiencia me han ayudado a entender y vivirlo mejor. El libro del génesis en la Biblia abre las puertas a toda la Historia de Salvación que se planteará después. En él, se da una historia de amor y desencuentro entre Dios y sus hijos. Dios siempre tomando la iniciativa de amistad, y los hombres rechazándola de una u otra manera. Hasta llegar al capitulo 12, en donde Dios busca a un nuevo “amigo” con el cual hace un pacto, Abraham. A éste le promete Dios básicamente tres cosas: que hará de él una nación grande, es decir tendrá tierra y descendencia; que bendecirá su nombre, es decir, lo hará famoso, y vaya si lo es, en donde las tres religiones más importantes del mundo lo ven como padre de la fe y el pueblo; y por último, que a través de él se bendecirían todos los pueblos de la tierra, promesa que Abraham no habrá entendido en un principio pero que se cumplió en Jesucristo y le fue prefigurado con su propio hijo.
A este hombre, que es prototipo de todos aquellos que queremos vivir guiados por la fe en Dios y caminar en su senda, Dios lo pone a prueba, y con esa prueba nos anuncia a todos su plan salvífico.
En el Capitulo 22 del Génesis, Dios le pide que sacrifique a su hijo, al único, al que ama (20,2), tal y como Dios mismo se referirá de su Hijo Jesucristo en el Evangelio de San Juan (3, 16); y que lo sacrifique en un lugar llamado Moria, sabido por todos los estudiosos hoy en día que es el mismo lugar en donde está Jerusalén. El mismo lugar precisamente en donde Dios sacrificaría a su propio Hijo Único.
Abraham lo lleva a ese lugar montando un asno y escoltado por dos mozos (20,3); exactamente igual le sucederá al Hijo de Dios en Jerusalén. Abraham toma la leña del holocausto y la carga sobre su hijo Isaac y le pide que suba al monte con la leña en el hombro (20,6); precisamente lo mismo hará el Hijo de Dios en su acto redentor. Pero en el texto del génesis, justo antes de hacer el sacrificio de su hijo, Abraham es detenido, su fe ha sido probada. Cuando su hijo le preguntó: “Padre… ¿Dónde está el cordero para el holocausto?”, Abraham respondió una frase que fue tan famosa que incluso puso nombre a aquel lugar: “Dios proveerá un cordero para el holocausto, hijo mío”.
¡Y vaya si lo hizo! En Jesucristo, Dios es el Padre que toma a su Hijo Único y lo ofrece por la salvación de los hombres en sacrificio; llegando en un asno a Jerusalén, escoltado por dos mozos y cargando su propia leña para el holocausto.
Él es el Cordero proveído por Dios para el sacrificio por el perdón de los pecados.
Por eso San Juan Bautista se referirá a Jesús precisamente como el Cordero prometido por Dios (Jn 1,29), y por eso el libro del Apocalipsis lo presenta como símbolo de salvación: el cordero que ha sido degollado, pero sigue en pie, como símbolo de su vida aún después de haber sido sacrificado (Ap 5,6). Así que ahora, cuando estoy en Misa y el sacerdote eleva la hostia consagrada y dice: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, dichosos los invitados a la cena del Señor”, entiendo perfectamente lo que está diciendo: éste que ven aquí, en forma de pan y de vino, es el Cordero que Dios prometió a Abraham para el perdón de los pecados. El Cordero que muchos murieron sin poder participar de este momento. El Cordero cuyo sacrificio te ha ganado la salvación. Dichoso tú, dichoso yo, dichosos nosotros, si por nuestra vida y de corazón, hemos sido invitados a compartir su cuerpo y su sangre en la gran Cena del Señor. Ese cordero es Jesucristo, es la prueba fehaciente que Dios cumple su promesa y se queda con nosotros aun cuando esto signifique el sacrificio de su propio hijo. Al escucharlo ahora, ya no me alegro porque la Misa se va a terminar, sino porque mi salvación ha llegado y me invita a compartirla.
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