Plan de Dios, libertad humana y obediencia
Son tres realidades íntimamente unidas entre sí, en la que una ilumina a la otra
Por Lícia María Pereira de Oliveira
Si preguntáramos a diversas personas si consideran la libertad como un derecho absoluto, lo más probable es que después del derecho a la vida, éste sea el que el hombre de hoy crea que no puede ser violado bajo ninguna circunstancia. La libertad es un elemento que caracteriza la persona como creatura racional y por lo tanto es una propiedad que la identifica, es por ello que todo atentado en contra de la libertad es severamente condenado por los distintos sectores de la comunidad humana.
Pero vale la pena profundizar en el significado de esta palabra tan usada, tan valorada pero no siempre bien comprendida. En el lenguaje común escuchamos hablar de “libertad de expresión”, “libertad religiosa”, “libertad de ir y venir”; son expresiones que indican que cada persona tiene la capacidad de decidir qué cosa dice o calla, cuál credo profesa o no; y que cosa hace o no hace. Y si bien es cierto que tenemos esta facultad de elección, ésta es parte de la libertad pero no es la libertad misma. El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que la libertad «es en el hombre una fuerza de crecimiento y de maduración en la verdad y la bondad. La libertad alcanza su perfección cuando está ordenada a Dios, nuestra bienaventuranza»[1]. Con esta definición entendemos que la libertad no es sólo capacidad de decisión sino que es capacidad de tomar decisiones según Dios y su Plan de Amor, caso contrario caemos en un abuso de la libertad que conduce a la esclavitud del pecado (ver Rom 6,17).
Pongamos un ejemplo un tanto simple, pero que grafica bien lo que hemos acabado de explicar. Una persona puede aceptar probar drogas o no. En caso acepte y se siente bien usándolas, lo más probable es que las vuelva a usar. Si el uso es reiterado, con el tiempo se tornará dependiente de la droga y la facilidad que tuvo para decir sí al narcótico difícilmente la tendrá para decir no, he ahí la esclavitud. Pero, es importante recordar que si bien la libertad humana en una naturaleza viciada queda disminuida, jamás es aniquilada; el ser humano creado a imagen de Dios es capaz de volver hacer elecciones realmente libres que lo orientan hacia su Plan.
De ahí viene una pregunta pertinente. ¿Qué es el Plan de Dios? Cuando Dios creó al ser humano, lo hizo diferente a toda la demás creación. El Concilio Vaticano II nos enseña que el hombre es la única creatura que Dios ha amado por sí misma,[2] esto es, la persona humana no es un “medio para” sino que el sentido de su existencia es amar y glorificar a su Creador, para entrar en comunión de vida con Él y de esta forma realizarse plenamente. Todo ser humano ha sido creado por amor y para el amor, es nuestra vocación universal y primera. Dios es Amor, nos dice San Juan en su primera carta (ver 1 Jn 4, 8.16) y si quiero vivir el amor al cual estoy llamado y que mi corazón anhela, debo conocer el Amor.
¿Cómo saber el Plan de Dios para mí?
Pero este Plan de Dios universal se hace particular para cada uno. Dios no nos creó a todos iguales, somos distintos. De esta forma, también es distinta la misión de las personas en este mundo. ¿Cómo descubrir el Plan de Dios para mí? No hay mejor forma de saber que quiere Dios para mí que entablando una relación personal con Él. Esta relación se cultiva en la vida de oración; en la vida sacramental que nos da la Gracia para abrirnos siempre y cada vez más al Señor de la Vida; en la escucha atenta a su Palabra en la Sagrada Escritura y en la obediencia a sus mandamientos.
Es la creatura libre que puede escuchar a Dios, acoger su Palabra, vivir una vida coherente con la fe que profesa y ser constante en ella. La libertad es el Don que nos posibilita obedecer a Dios. La obediencia es la actitud fundamental para poder discernir cuál es designio divino para mí, para saber de qué modo puedo glorificar al Señor con mi existencia. ¿Pero la obediencia no se opone a la libertad? ¡Absolutamente no! La palabra obediencia viene del latín ob-audire, que significa “el que escucha”, de ahí que obedecer significa escuchar y luego actuar según lo escuchado. La vida cotidiana nos revela que todo el día obedecemos, y que ni siquiera nos damos cuenta de ello.
Tengamos otro ejemplo sencillo para iluminar lo apenas dicho. Si estoy perdido y pido a un desconocido que me indique la calle a la cual debo dirigirme, escucho sus indicaciones y ejecuto tal cual me ha sido indicado, en otras palabras, he obedecido a un extraño que jamás he visto y que jamás volveré a ver. De esta forma se muestra que obedecer no es ajeno a la naturaleza humana, lo hacemos siempre, los ejemplos pueden abundar, basta pensar en muchos de nuestros actos de la vida cotidiana y veremos que así es.
Obedecer es un acto de la libertad, obedecer a Dios, es decir someter mi inteligencia y mi voluntad a su Palabra y vivir según ella, es un acto auténticamente humano. Sin embargo, implica también que yo pueda no hacerlo, pero sabemos que de esta forma mi libertad queda seriamente comprometida.
Dios que me creó, conoce mejor que yo lo que es bueno para mí, al escucharlo a Él comienzo a darme cuenta que sólo su Palabra de Amor puede saciar la nostalgia de infinito y el deseo de felicidad que llevo en el corazón; mi libertad me posibilita acoger la bendición del Plan de Dios y al acogerlo me hago cada vez más libre, cada vez más capaz de liberarme de las cadenas del pecado.
Plan de Dios, libertad humana y obediencia son tres realidades íntimamente unidas entre sí, una ilumina a la otra. No es posible comprender bien el Plan de Dios si no se entiende que es libremente como hay que obedecer; no se entiende bien la libertad si no se comprende que ésta no es un fin en sí misma, sino que es libertad para obedecer al Plan de Dios y finalmente no se entiende rectamente que significa obedecer a Dios si prescindimoos de la libertad. Discernir el Divino Plan es una responsabilidad ineludible si queremos ser felices y saber cuál es nuestra misión en este mundo.
Licia Maria Pereira de Oliveira es Licenciada en Teolgía Dogmática con énfasis en eclesiología por la Pontificia Facoltà Teologica dell’Italia Meridionale, Sezione San Luigi, Napoles (Italia). Es laica consagrada de la Fraternidad Mariana de la Reconciliación.
[1] CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA, 1731
[2] Ver Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual GAUDIUM ET SPES, 22.
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