Lo que no tuvimos
Reflexionando sobre la vocación de ser padres
Por Luis Soto
Quizá les haya tocado escuchar historias de sus antepasados en donde hablan de sus primeros años de matrimonio. Todas las dificultades y carencias que pasaron. No tenían casa donde vivir, vivían con algún pariente. El trabajo escaseaba y la comida más. No tenían carro y esperaban otro niño más. Las cosas eran duras, pero salieron adelante. Y hoy lo cuentan con orgullo. Porque salieron adelante solos, con su gran fe, con su valentía, con sus valores, con amor y con el apoyo y ayuda mutua.
Estos son matrimonios sólidos, basados en el amor, en el sacrificio, en la ofrenda del uno por el otro. Ellos aprendieron que toda empresa exitosa requiere esfuerzo. Curiosamente estos son los matrimonios que han perdurado. Como el de mis padres o los suyos. Aquellos que la pasaron mal son los que han durado y aprendido que la empresa más importante de sus vidas, su matrimonio y su familia, requiere esfuerzo y sacrificio. En lugar de querer olvidar su pasado difícil, les encanta recordarlo y contarlo con orgullo. Saben que sus dificultades iniciales fueron los cimientos para sus éxitos de hoy, tanto en lo familiar, como en lo espiritual y material. No creo que estos hayan sido sus mejores años, pero sin duda les enseñaron la importancia del sacrificio, una palabra casi odiada por las generaciones de hoy.
Desafortunadamente parece que cometemos un error. ¡No queremos que nuestros hijos pasen por lo mismo que nosotros hemos pasado! Les queremos dar eso que no tuvimos. No queremos que sufran. ¡Gran error! Es precisamente en los sufrimientos en donde se aprende. Es precisamente en el sacrificio donde se crece y nos podemos convertir en mejores personas. Desde niños los dejamos en la puerta de la escuela (y me incluyo) para que no batallen y sufran, les ponemos el plato en la mesa y casi les damos la comida en la boca. Y así seguirá por el resto de los años con muchos otros ejemplos más. Implícito les estamos diciendo: “no es bueno sufrir y sacrificarse por algo”. Por quererles hacer el camino fácil, en realidad se los hacemos más difícil. Porque es claro que, como dice una canción, “nada ni nadie puede impedir que sufran”. El problema es que si no han aprendido a sufrir, en cuanto ese momento llegue se derrotarán. Por eso cuando se casen a la primera dificultad querrán tirar la toalla, porque luchar por su matrimonio representa mucho trabajo, y no están acostumbrados a luchar. Por eso se casan pensando que si las cosas se ponen difíciles se van a separar.
La vida es difícil y requiere sacrificio, nos lo dijo el mismo Señor Jesús. La diferencia es que una vez que sabemos que es difícil, deja de serlo. La vida es una serie de problemas, y es aceptándolos y resolviéndolos como crecemos como personas. Por eso la importancia de trabajar en la educación de nuestros hijos para que aprendan a resolver sus propios problemas de acuerdo a sus capacidades y su edad. Y debo decir algo, eso de tratar de resolver los problemas de sus hijos no es exclusivo de familias ricas, creo que nos aplica a todos, de manera especial a los que estamos de inmigrantes y tenemos posibilidades de cumplir lo que muchas veces son caprichos de nuestros hijos.
Lo he dicho y escrito muchas veces, como inmigrantes queremos darles a nuestros hijos lo que no tuvimos. Pero olvidamos que fue precisamente por lo que no tuvimos que hoy estamos en donde estamos. No es lo que tuviste lo que te tiene hoy en donde estás y te ha hecho la persona que hoy eres, fue precisamente lo que NO tuviste lo que te ha ayudado a crecer y ser hoy lo que eres.
Yo creo que sin duda ahí se encuentra en gran medida la raíz de los problemas de los matrimonios de hoy. En el matrimonio hay que sufrir, hay que ceder. Pueden ser cosas simples, como lo que se puede o no se puede comprar este mes, el gusto aquel, el lujo este, la ropa aquí, lavar los platos, etc. Si nuestros hijos no crecen aprendiendo a prescindir de algo por el bien de otro, jamás lograrán ser felices en sus matrimonios. Estamos educando a seres egoístas, que sólo pueden pensar en sí mismos, sin capacidad de compartir y ceder.
Un buen padre, o buena madre, sabe decir sí, cuando es sí; y no, cuando es no. En muchos casos, con tristeza veo que los hijos manejan y ordenan a los padres lo que tienen que hacer. Pensamos que al vivir en este país ya no podemos educar y disciplinar a nuestros hijos. Recordemos, no tenemos misión más grande que la educación y la santidad de nuestros hijos y eso, eso se aprende en casa y desde que son pequeños. El niño que a los 5 años le grita a su madre o a su padre, no quiero imaginar lo que hará cuando llegue a los 15. No les demos a nuestros hijos todo lo que quieren, es precisamente en los sufrimientos y dificultades donde se aprende a crecer de verdad.
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