La Conversión de San Pablo
La conversión no es asunto de un día sino el trabajo de toda nuestra vida
Por el P. Daniel Cardó

Todos los años celebramos el 25 de enero la fiesta de la conversión de San Pablo. Normalmente, en las conmemoraciones de los santos, celebramos el día de su muerte, que es conocido como el dies natalis (día de su nacimiento a la vida eterna). En el caso de San Pablo, su conversión fue tan radical y fructífera, que celebramos ese momento en que escuchó la voz de Cristo y decidió seguirlo.
Hacia el final de su vida, San Pablo pasó un largo tiempo en prisión domiciliaria, en Roma. Allí, en cadenas por Cristo y por la Iglesia, al pensar en su inminente partida, debe haber recordado muchas veces su conversión, con la consciencia de que la conversión no es sólo un asunto de un día, sino el trabajo de toda nuestra vida. Allí, pudo recapitular toda su existencia en su carta a los Filipenses, diciendo: “para mí la vida es Cristo”.
“Pues para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia. Pero si el vivir en la carne significa para mí trabajo fecundo, no sé qué escoger... Me siento apremiado por las dos partes: por una parte, deseo partir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor; mas, por otra parte, quedarme en la carne es más necesario para vosotros. Y, persuadido de esto, sé que me quedaré y permaneceré con todos vosotros para progreso y gozo de vuestra fe, a fin de que tengáis por mi causa un nuevo motivo de orgullo en Cristo Jesús cuando yo vuelva a estar entre vosotros. Lo que importa es que vosotros llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo” (Flp 1,21-27).
San Pablo, encadenado por Cristo, escribe esta hermosa carta a los cristianos de Filipo. Es una carta llena de afecto y alegría en la que Pablo habla con confianza a sus amigos de la primera comunidad que fundó él en Europa. En ella Pablo pone su corazón en lo que escribe. Por eso, el tono de las palabras que hemos escuchado también llegan hoy a nuestros corazones.
San Pablo dice con total certeza y sencillez: “para mí la vida es Cristo”. No se refiere a que Cristo –como sujeto de la oración— sea para su vida –predicado— algo importante. La afirmación es mucho más radical: su vida –sujeto— es Cristo –predicado—. No es como con frecuencia sucede en nuestro caso: Cristo puede ser algo bueno en nuestra vida, como muchas otras cosas lo son: el estudio, la familia, la salud, el deporte. Quizá aun para nosotros Cristo sea lo más importante de la lista de nuestras cosas importantes. Pero para San Pablo es distinto: su vida es Cristo. Y él dice “para mí”, explicitando enfáticamente que al menos en su caso sí es así. Para él, la vida es Cristo. No olvidemos que Pablo estaba en cadenas, en peligro de muerte. Todo su ser se hace Cristo. San Efrén parafraseaba a San Pablo comentando: “Mi vida no es esta corporal que intentan quitarme… es Cristo a quien nadie puede quitarme”. En efecto, la vida que es Cristo no es la vida meramente biológica. El griego, rico en acepciones, tiene varias palabras para hablar de vida: la meramente biológica (bios), la vida personal (psyche) y la vida en su sentido más profundo (zoe) en el que se expresa la subsistencia, la existencia en toda su riqueza, la plenitud de la vida humana. Es esta última palabra la que utiliza San Pablo para expresar que su vida es Cristo: la plenitud total de su existencia, todo eso, es Cristo, y en él no hay nada más, no necesita nada más. Por eso es capaz también de decir: “¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo?”.
Ahora bien, avanzando un poco más en este texto, vemos que Pablo habla de una elección que debe realizar: si partir y estar con Cristo o si quedarse a trabajar en la tierra. Ambas posibilidades resultan iluminadoras para nuestra reflexión.
Ante todo llama la atención que Pablo parezca preferir partir y estar con Cristo. Dice él que eso “es con mucho lo mejor”. Nos recuerda esto a María de Betania, que sentada a los pies de Jesús elige la parte mejor. En efecto, ésta es la parte mejor: estar con Cristo, escucharlo, conocerlo, hablar con Él, quererlo, amarlo. La parte mejor de la vida es gozar de esos encuentros que sellan la existencia para siempre: esa tarde que comenzó a las cuatro para los dos primeros apóstoles, esa pesca en que Pedro conoció a Jesús, esa palabra que cautivó a Mateo, ese “¿por qué me persigues?” que llevó a Pablo a su conversión y a encontrar a Jesús… y, seguramente, ese momento en que cada uno de nosotros escuchó al Señor y decidió seguirlo. La parte mejor de nuestra vida es amar a Cristo.
Ahora bien, esa “parte mejor” no se opone en realidad a la otra, la de quedarse trabajando por los demás. Nuestra parte mejor la podemos vivir ya ahora, no sólo en el descanso de los momentos fuertes de oración, sino también en la acción. Nuestro lugar es la acción. En el trabajo de la misión podemos encontrarnos con el Señor y hacer que Él sea nuestra vida. Nuestra fortaleza es interior. Desde ella salimos a conquistar el mundo, llenos del amor de Cristo, que crece y se alimenta en la misma acción.
En efecto, trabajar “para progreso y gozo de vuestra fe” no debe llevarnos a alejarnos del Señor. Estamos llamados a vivir una espiritualidad de la acción: hacer de nuestra vida una oración, que dé gloria a Dios. En la acción podemos tener una experiencia de encuentro íntimo con el Señor, de verdadera comunión con Él. Es la experiencia más cotidiana de un amor sincero: hacerlo todo por quien amamos, ofrecerlo, hacerlo bien, con cariño, con amor.
Esta experiencia de amor a Cristo que podemos vivir en la acción nos debe llevar a hacer de toda nuestra vida una verdadera vida cristiana: amar a Cristo y asumir nuestra misión. Es la opción que hizo San Pablo: quedarse y trabajar, unido a Cristo, para bien de los demás. De esta manera, seremos también nosotros, como él, “un nuevo motivo de orgullo en Cristo Jesús”. San Pablo les dijo a sus amigos de Filipo algo que también nos dice hoy a nosotros: “Lo que importa es que llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo”. Ésta es la medida de nuestra vida: la grandeza de la causa a la que servimos. La medida de nuestra dignidad es la altísima dignidad del Evangelio. La meta es alta. El premio también. Éste es el ejemplo de San Pablo y su invitación a renovar nuestro propio esfuerzo por crecer en una conversión constante, que nos lleve a, como él, dar fruto abundante en nuestra vida.
P. Daniel Cardó es miembro del Sodalitium Christianae Vitae y Párroco de Holy Name en Englewood.
|
||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
