<
¿Por qué el Hijo de Dios vino al mundo y se hizo hombre?
El Misterio de la Anunciación-Encarnación del Señor Jesús, Misterio de Amor
Por Licia Pereira

“«José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados». Todo esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del Señor por medio del profeta. Ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel, que traducido significa: «Dios con nosotros»”. (Mt 1, 20b-23)
Estas son las palabras del Arcángel Gabriel a San José, con ellas el Evangelio de San Mateo nos habla del Misterio de la Anunciación-Encarnación desde la perspectiva del padre adoptivo de Jesús. El relato completo y más detallado del anuncio del Ángel a la Virgen María nos lo da San Lucas (cf. Lc 1, 26-38), sin embargo la narración de San Mateo es particularmente importante porque responde más claramente a una pregunta que parece no tener réplica ante tantos problemas y sufrimientos que se viven hoy. ¿Por qué el Hijo de Dios vino al mundo? La pregunta es significativa para la vida de fe.
El Evangelio es claro al darnos la razón de la venida de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad al mundo: la salvación de los pecados. La Tradición de la Iglesia, recogida en el Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que Dios vino al mundo para salvarnos reconciliándonos con Él; para que nosotros conociésemos el amor divino; para ser nuestro modelo de santidad y para hacernos “partícipes de la naturaleza divina”.[1]
De estas cuatro razones, quizás la que parece más difícil al hombre de hoy reconocer y experimentar en sus vidas es el Amor de Dios por él. Ante la magnitud del dolor de tantos hermanos, algunas personas optan por no creer, viven desesperanzados y con una vida sin sentido, otros, si bien creyentes, no llegan a comprender que la irrupción del Verbo Eterno en la historia ha realmente cambiado el rostro de la humanidad y que su presencia hoy es capaz de cambiar los más duros corazones y no faltan aquellos que, sin confesarse ateos, viven como si Dios no existiera.
San Juan en su primera carta nos dice que Dios es Amor (cf. 1 Jn 4,8.16), en su Evangelio nos cuenta que el Señor Jesús dice a Nicodemo que la razón por la cual el Padre lo envió al mundo es el amor (cf. Jn 3,16) y el Concilio Vaticano II nos dice que el hombre es la única creatura que “Dios ha amado por sí misma”[2], el Amor es el motor de todas las acciones divinas, pues “el obrar sigue al ser”. ¿Pero que es el Amor? Es una pregunta pertinente. Santo Tomás de Aquino en la Suma dice que “amar es querer el bien para alguien”.[3] Nuestra experiencia confirma tal definición, nos sentimos amados cuando somos objeto de las iniciativas de la otra persona, cuando esta desea y busca con sus acciones nuestro bien, y lo sentimos de manera más fuerte cuando uno ama sin esperar nada a cambio, muy especialmente cuando sabe que no somos capaces de retribuirla de manera proporcionada.
Ésta es la lógica divina: el dolor, el sufrimiento son derivados de la experiencia del mal y este, a su vez, es fruto del pecado y el pecado es obra humana. Ha sido el hombre quien ha roto la relación con Dios y consecuencia de esta primera y fundamental ruptura, vive en conflicto consigo mismo, con los demás y con toda la creación. Es del corazón humano en ruptura que brotan las injusticias, los odios, la violencia, es de allí que brota el mal moral que nos agobia. Pero Dios es fiel y no es indiferente a nuestras angustias, tristezas, alegrías, por eso nos envió a su Hijo quién “con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre. Trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de los nuestros, semejantes en todo a nosotros, excepto en el pecado”[4]. Dios nos comprende, pues ha vivido todas las experiencias auténticamente humanas, no es un Dios lejano que no entiende las dificultades de sus creaturas, Él sabe lo que significa ser hombre porque lo es de manera perfecta y vino a enseñarle qué significa serlo en verdad, Él nos revela quienes somos.[5]
La realidad es que el ser humano no es capaz de retribuirle en la misma medida. El misterio de la Encarnación, nos remite naturalmente al Amor y a amar.
Toda su vida en este mundo el Señor Jesús la pasó haciendo el bien, enseñando, consolando y curando a los hombres en su cuerpo, alma y espíritu. Quien ama busca el bien del amado y para lograrlo es capaz de extremos. Él nos amó hasta el extremo de dar su vida por nosotros en la Cruz (cf. Jn 13,1-3; 15,12-13) y cuando regresó al Padre, por medio del Espíritu Santo, nos concedió la gracia de ser “hombres nuevos” (cf. Ef 2,15; 4,24; Col 3,10;) e hijos de Dios (cf. Gal 3,26; 4,6; 1 Jn 3,2; 5,2) ¡Altísima es nuestra dignidad! Como decía San León Magno “cristiano, reconoce tu dignidad. Puesto que ahora participas de la naturaleza divina, no degeneres volviendo a la bajeza de tu vida pasada. Recuerda a qué cabeza perteneces y de qué cuerpo eres miembro. Acuérdate de que has sido arrancado del poder de las tinieblas para ser trasladado a la luz del Reino de Dios”[6].
Nos acercamos a la Navidad y este tiempo nos evoca el Amor de Dios. Pero antes la Iglesia nos regala el Adviento que es el tiempo litúrgico que no sólo nos prepara para celebrar uno de los misterios centrales de nuestra fe, sino que es el tiempo en el que se nos recuerda que por Amor el Señor de la Historia vino al mundo para reconciliarnos y para concedernos los dones de su gracia. Nos toca entonces agradecer tan grande don y alegrarnos inmensamente.
Es el tiempo litúrgico que nos hace ver de manera especial que por amor Él viene siempre a nuestros corazones, particularmente en cada Eucaristía, por ello hay que hacer siempre silencio para escuchar su Palabra, acogerla en nuestro interior y vivir según ella. Finalmente es el tiempo litúrgico de la esperanza, virtud que nos remite a la segunda y gloriosa venida de Jesús al final de los tiempos. Virtud que nos ayuda a vivir con alegría, pues estamos a la espera de aquello que no podemos ver, pero gracias a nuestra fe, esperamos, esperamos la llegada de nuestro Reconciliador con gozo en el corazón y nos esforzamos por vivir con fidelidad e intensidad el día a día.
* Licia Pereira es Licenciada en Teolgía Dogmática con énfasis en eclesiología por la Pontificia Facoltà Teologica dell’Italia Meridionale, Sezione San Luigi, Napoles (Italia). Es laica consagrada de la Fraternidad Mariana de la Reconciliación.
[1] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 457-460
[2] Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 24.
[3] ST, I-IIae q. 26, a.4
[4] Gaudium et spes, 22
[5] Cfr. S.S. JUAN PABLO II, Carta Encíclica Redemptoris hominis, 10
[6] SAN LEÓN MAGNO, Sermón 1 en la Natividad del Señor, 1-3
|
||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
