Sobre cómo enterrar a los muertos
Pregunta Teresa Chichester de la Parroquia Holy Trinity, Westminster: “Ahora que hemos celebrado el Día de los Muertos, quería saber dos cosas: Algunas personas hacen incinerar a su ser querido y se guardan las cenizas o las lanzan al mar, en el bosque, etc. ¿Qué piensa la Iglesia sobre esto? Y la otra pregunta es ¿qué enseña la Iglesia sobre la creencia de la existencia de fantasmas y las almas que se quedan penando en la tierra?”*
La Iglesia actualmente acepta la incineración de los cuerpos, y aquí lo importante es que el cuerpo forma parte de nuestro ser, forma parte de nuestra persona y debe ser tratado con respeto y dignidad en la vida como en la muerte. Desde que fuimos creado fuimos hechos de una forma muy especial, recordemos lo que nos dice el libro del Génesis en el capítulo primero en el último día de la creación, Dios dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza, conforme a nuestra semejanza”. Y así, de esta manera Él terminó Su trabajo con un “toque personal”.
Dios formó al hombre del polvo y le dio vida de Su mismo aliento. De acuerdo a esto, el hombre es el único, entre toda la creación de Dios, que tiene una parte material (cuerpo) y una espiritual (alma / espíritu). Las Sagradas Escrituras al decir que Dios formó el cuerpo del hombre del polvo y lo hizo con “sus manos” quiere decir la atención especial que puso Dios en cada detalle al crear al hombre, y esto incluye su cuerpo, honrar el cuerpo es respetar la obra de Dios.
Al hablar del cuerpo del que Dios amorosamente nos ha dotado es imprescindible hacer referencia a lo que San Pablo, inspirado por el Espíritu Santo, escribe a los Corintios en su primera carta: “¿No saben que sus cuerpos son templos del Espíritu Santo que habita en ustedes y que han recibido de Dios? Por lo tanto, ustedes no se pertenecen, si no que han sido comprados, ¡Y a qué precio! Glorifiquen entonces a Dios en sus cuerpos” (1 Co 6, 19-20). El Espíritu Santo al estar presente en nosotros, dignifica todo nuestro ser, el Espíritu Santo es mi Señor, Señor de todo mi ser, de esa unidad del alma y del cuerpo que somos nosotros. El apóstol San Pablo dice a sus discípulos que nuestros cuerpos son Su templo, todo esto nos habla de la dignidad de nuestra persona, que es hablar también de la dignidad de nuestro cuerpo.
Sabemos por la fe que nuestra alma es inmortal y nuestro cuerpo es mortal, pero el hecho de nuestro cuerpo sea mortal no quiere decir que el cuerpo sea considerado un deshecho, por lo anteriormente explicado entenderemos que el cuerpo siempre tendrá una dignidad, pues es bien claro lo que creemos, que se encuentra plasmado en nuestra profesión de fe que recita: “Creo en la resurrección de la carne”. Y esto es lo que nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica:
“El Credo cristiano —profesión de nuestra fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y en su acción creadora, salvadora y santificadora— culmina en la proclamación de la resurrección de los muertos al fin de los tiempos, y en la vida eterna.
Creemos firmemente, y así lo esperamos, que del mismo modo que Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos, y que vive para siempre, igualmente los justos después de su muerte vivirán para siempre con Cristo resucitado y que Él los resucitará en el último día (cf. Jn 6, 39-40). Como la suya, nuestra resurrección será obra de la Santísima Trinidad: «Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros (Rm 8, 11; cf. 1 Ts 4, 14; 1 Co 6, 14; 2 Co 4, 14; Flp 3, 10-11).
El término “carne” designa al hombre en su condición de debilidad y de mortalidad (cf. Gn 6, 3; Sal 56, 5; Is 40, 6). La “resurrección de la carne” significa que, después de la muerte, no habrá solamente vida del alma inmortal, sino que también nuestros “cuerpos mortales” (Rm 8, 11) volverán a tener vida”.
Después de todo lo anterior aclaramos que la Iglesia si acepta la incineración pero al mismo tiempo exige que ese cuerpo que volvió al polvo sea tratado con respeto y dignidad, y lo único que está permitido es depositar las cenizas en un campo santo y no el tenerlos en casa o esparcirlos en algún lugar. A la otra parte de la pregunta, la respuesta es sencilla: la Iglesia Católica no cree en la existencia de fantasmas ni de ánimas vagando en pena. ¡Gracias por enviarnos sus preguntas!
* Agradecemos a Mons. Jorge De los Santos por su respuesta y constante colaboración con “El Pueblo Católico”.