Exhortación a la santidad del Papa Benedicto XVI
“Cuando os invito a ser santos, os pido que no os conforméis con ser de segunda fila”
Por Mariana De Lama
Durante su reciente viaje a Inglaterra y Escocia el Papa Benedicto XVI tuvo como hilo conductor de sus homilías y discursos el tema de la santidad. Realidad y llamado a la que todos los seres humanos, sin ningún tipo de excepción estamos llamados desde nuestro bautismo.
Benedicto XVI conciente de los diversos ámbitos, así como de las dificultades que toda persona que desea ser fiel en su vida cristiana está expuesta nos evidenció de manera muy clara y precisa qué es la santidad. Pero, sobre todo nos exhortó a cómo esforzarnos por ser santos en medio de un mundo que cada día se aleja más y más del sentido último de su existencia.
El Santo Padre en su primera homilía, durante la misa que se celebró en la explanada del Bellahouston Park, conciente de los desafíos que afrontamos los cristianos en la actualidad nos dijo: “Hoy en día, algunos buscan excluir de la esfera pública las creencias religiosas, relegarlas a lo privado, objetando que son una amenaza para la igualdad y la libertad. Sin embargo, la religión es en realidad garantía de auténtica libertad y respeto, que nos mueve a ver a cada persona como un hermano o hermana. Por este motivo, os invito particularmente a vosotros, fieles laicos, en virtud de vuestra vocación y misión bautismal, a ser no sólo ejemplo de fe en público, sino también a plantear en el foro público los argumentos promovidos por la sabiduría y la visión de la fe…No tengáis miedo de ofrecer este servicio a vuestros hermanos y hermanas”. Es necesario señalar la importancia fundamental de dar testimonio de nuestra fe en la esfera pública, ya que este don que nos viene de lo alto pretende ser relegado hoy en día a la esfera privada, dejando de lado el mandato del Señor, de ir por todo el mundo anunciando el Evangelio a todas las personas (Mt 28, 19-20).
A su vez el Santo Padre, consciente de la realidad que nos aqueja hoy en día a todo católico, no dejó de lado las reflexiones sobre los innumerables peligros que el mundo presenta y señaló: “Os apremio a llevar una vida digna de nuestro Señor (cf. Ef 4,1) y de vosotros mismos. Hay muchas tentaciones que debéis afrontar cada día —droga, dinero, sexo, pornografía, alcohol— y que el mundo os dice que os darán felicidad, cuando, en verdad, estas cosas son destructivas y crean división. Sólo una cosa permanece: el amor personal de Jesús por cada uno de vosotros. Buscadlo, conocedlo y amadlo, y él os liberará de la esclavitud de la existencia deslumbrante, pero superficial, que propone frecuentemente la sociedad actual. Dejad de lado todo lo que es indigno y descubrid vuestra propia dignidad como hijos de Dios”.
Estas dificultades no son un impedimento determinante que imposibilite alcanzar la santidad en la medida que adhiramos a nuestro corazón el sincero deseo por alcanzarla, anhelo que descubrimos profundamente arraigado en el corazón del Papa cuando se dirigió a los estudiantes de los colegios británicos: “Espero que, entre quienes me escucháis hoy, esté alguno de los futuros santos del siglo XXI. Lo que Dios desea más de cada uno de vosotros es que seáis santos. Él os ama mucho más de lo que jamás podríais imaginar y quiere lo mejor para vosotros. Y, sin duda, lo mejor para vosotros es que crezcáis en santidad”.
Este crecer en santidad no excluye otras metas que no hayamos puesto, pero sí resulta imprescindible que estas metas tengan una recta jerarquía en nuestra vida: “Cuando os invito a ser santos –señala Benedicto XVI-, os pido que no os conforméis con ser de segunda fila. Os pido que no persigáis una meta limitada y que ignoréis las demás. Tener dinero posibilita ser generoso y hacer el bien en el mundo, pero, por sí mismo, no es suficiente para haceros felices. Estar altamente cualificado en determinada actividad o profesión es bueno, pero esto no os llenará de satisfacción a menos que aspiremos a algo más grande aún. Llegar a la fama, no nos hace felices. La felicidad es algo que todos quieren, pero una de las mayores tragedias de este mundo es que muchísima gente jamás la encuentra, porque la busca en los lugares equivocados. La clave para esto es muy sencilla: la verdadera felicidad se encuentra en Dios. Necesitamos tener el valor de poner nuestras esperanzas más profundas solamente en Dios, no en el dinero, la carrera, el éxito mundano o en nuestras relaciones personales, sino en Dios. Sólo él puede satisfacer las necesidades más profundas de nuestro corazón”.
La amistad con Jesús
En todo este camino diario hacia la santidad, no se puede olvidar, que un punto clave para lograrla, es la amistad con el Señor Jesús. Esa amistad sincera y entregada con quien conoce hasta lo más profundo de nosotros mismos y quien a su vez está dispuesto a tocar la puerta de nuestro corazón una y otra vez hasta que le abramos para poder entrar y que se quede con nosotros (Ap 3,20). En la medida que uno avanza en su amistad con el Señor de la Vida, va siendo más sensible a su fragilidad personal y a las necesidades de los seres humanos. Así entonces, nos recordó Su Santidad: “Dios quiere vuestra amistad. Y cuando comenzáis a ser amigos de Dios, todo en la vida empieza a cambiar. A medida que lo vais conociendo mejor, percibís el deseo de reflejar algo de su infinita bondad en vuestra propia vida. Os atrae la práctica de las virtudes. Comenzáis a ver la avaricia y el egoísmo y tantos otros pecados como lo que realmente son, tendencias destructivas y peligrosas que causan profundo sufrimiento y un gran daño, y deseáis evitar caer en esas trampas. Empezáis a sentir compasión por la gente con dificultades y ansiáis hacer algo por ayudarles. Queréis prestar ayuda a los pobres y hambrientos, consolar a los tristes, deseáis ser amables y generosos. Cuando todo esto comience a sucederos, estáis en camino hacia la santidad”.
No se llega a la santidad sin pasar por la cruz
No hay cristianismo sin Cruz, y nuestro camino a la santidad no esta exento de los dolores y sufrimientos que porta el día a día, este sufrimiento unido al sacrificio redentor de nuestro Reconciliador, nos permite vivir unidos al Señor y avanzar junto a Él por el sendero de nuestra propia vida, esto lo explicitó Benedicto XVI durante la Misa celebrada en la Catedral de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo: “Quien visita esta Catedral no puede dejar de sorprenderse por el gran crucifijo que domina la nave, que reproduce el cuerpo de Cristo, triturado por el sufrimiento, abrumado por la tristeza, víctima inocente cuya muerte nos ha reconciliado con el Padre y nos ha hecho partícipes en la vida misma de Dios. Los brazos extendidos del Señor parecen abrazar toda esta iglesia, elevando al Padre a todos los fieles que se reúnen en torno al altar del sacrificio eucarístico y que participan de sus frutos. El Señor crucificado está por encima y delante de nosotros como la fuente de nuestra vida y salvación”.
No podemos dejar de estar en contacto con Dios, la oración, el encuentro continuo y cotidiano con Quien es el sentido de nuestra vida nos mantiene firmes en nuestro peregrinar. “Os pido que miréis vuestros corazones cada día para encontrar la fuente del verdadero amor. Jesús está siempre allí, esperando serenamente que permanezcamos junto a Él y escuchemos su voz. En lo profundo de vuestro corazón, os llama a dedicarle tiempo en la oración”.
Benedicto XVI nos ha enseñado una vez más sobre los aspectos fundamentales de nuestra fe. Esta vez sobre la santidad, la cual nos ha sido presentada como una realidad que urge en nuestras vidas. Cooperemos pues, con la gracia que el Señor nos dona a través de los sacramentos y de la oración para transformar este mundo nuestro según el Plan de Amor de Dios para con nosotros. Finalmente nos dice el Papa “sabemos que en tiempos de crisis y turbación Dios ha suscitado grandes santos y profetas para la renovación de la Iglesia y la sociedad cristiana; confiamos en su providencia y pedimos que nos guíe constantemente ... Cada uno de nosotros tiene una misión, cada uno de nosotros está llamado a cambiar el mundo, a trabajar por una cultura de la vida, una cultura forjada por el amor y el respeto a la dignidad de cada persona humana”.
* Mariana De Lama escribe desde Lima, Perú. Mariana es laica consagrada de la Fraternidad Mariana de la Reconciliación.Tiene estudios de Filosofía y Teología en la Universidad la Santa Croce en Roma, Italia.