La santidad se logra día tras día
Laicos en Denver son reconocidos por Su Santidad
Por el Exmo. Monseñor Charles J. Chaput.
Toda vida importa. Toda vida bien vivida, sin importar cuán anónima es, tiene un impacto para toda la eternidad. El cielo está lleno de personas “ordinarias” que se santificaron viviendo sus diarias responsabilidades con un extraordinario amor y con una extraordinaria devoción a Jesucristo. Su ejemplo lleva a otros a Dios. Y no-sotros podemos hacer lo mismo.
Este año celebramos el 45 aniversario de dos grandes documentos del Concilio Vaticano II, el Decreto sobre el Apostolado de los Laicos (“Apostolicam Actuositatem”) y el Decreto sobre la Renovación de la Vida Religiosa (“Perfectae Caritatis”).
Los Padres Conciliares nos recordaron que “en la Iglesia existe diversidad de ministerios pero unidad en la misión”. Al reconocer el papel fundamental de los laicos a través de la historia en la promoción de la misión de Jesucristo, urgieron a los laicos a ayudar a que “el espíritu del Evangelio permée y mejore el orden temporal (a través de) una vida vivida en medio del mundo y de los asuntos seculares”. Llamaron al laicado a evangelizar todos los días la vida pública “a través del vigor de su espíritu cristiano (actuando como) levadura en el mundo” (AA,2).
El liderazgo de los laicos en la Iglesia se manifiesta de muchas formas, desde el servicio en el ministerio católico de la salud, las publicaciones, la catequesis y las escuelas parroquiales, hasta los concejos pastorales y financieros, la enseñanza en los seminarios y centros de educación superior, incluyendo el trabajo directo como misioneros en países extranjeros, y centenares de esfuerzos de voluntarios para ayudar a los pobres y los que sufren.
Pero lo más importante que los laicos pueden hacer para santificar el mundo es ser testigo de Jesucristo en sus relaciones diarias. Nada es más poderoso que educar a un hijo, apoyar a un cónyuge, ser mentor de un amigo y vivir nuestra vida pública con integridad cristiana, ayudando a otros a comprender por qué hemos elegido vivir de la manera cómo vivimos. La santidad no es una fórmula mágica al alcance sólo de quienes son evidentemente piadosos. Es la decisión simple y diaria de vivir de forma diferente a los hábitos del mundo, de poner la necesidad de otros antes que las nuestras. Todos podemos ser santos. Esa es nuestra vocación. Eso es para lo que Dios nos creó. Sólo necesitamos convertir nuestras buenas intenciones en buenas acciones diarias.
La Cruz Pro Ecclesia et Pontifice (“Cruz por la Iglesia y el Pontífice”) y la Benemerenti Medal (“Para Quien Bien se lo Merece”) son dos de los honores que el Santo Padre puede conferir a cualquier persona. Estas medallas son un maravilloso reconocimiento directamente del Papa de un servicio sostenido y extraordinario a la fe católica. Todos los laicos que la recibirán han tocado numerosas vidas para mejor, muchas veces sin saberlo. Ellos no buscaron este honor. Pero su testimonio se lo ha ganado. E igualmente importante es que, al honrarlos, el Santo Padre rinde homenaje a los numerosos hombres y mujeres como ellos que viven el Evangelio cada día con el mismo espíritu de dedicación.
El Concilio Vaticano II también nos recordó que la Iglesia obtiene especiales fuerzas del sacrificio de mujeres y hombres consagrados que “se unen a Cristo mediante la donación de toda su vida”. Por su devoción a los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, los religiosos hacen a toda la Iglesia “más vigorosa y fructífera en su apostolado” (PC, 1). La Hermana Mary Catherine Widger, S.L, apropiadamente honrada este año representa el testimonio evangélico de manera extraordinaria a lo largo de su vocación religiosa.
Finalmente, el Concilio Vaticano II también inició el renacimiento del Diaconado Permanente como un elemento vital de la vida de la Iglesia. Las tres parejas diaconales también honradas por el Santo Padre –los Downey, los García y los Smith— de manera silenciosa e invisible año tras año, han demostrado cuán importante es el diaconado permanente para la misión de la Iglesia. Ellos se han ganado este reconocimiento; le debemos nuestra gratitud y oraciones.
Por favor, únase a mí el Domingo 7 de Noviembre en la Misa de 6:30 p.m. en la Basílica Catedral de la Inmaculada Concepción para felicitar a los hombres y mujeres honrados por el Santo Padre. Que su ejemplo sea una invitación a cada uno de nosotros para amar a Jesucristo y su Iglesia con un celo cada vez mayor.