
¿Qué le darías?
Estamos llamados de dar de nosotros para recibir más aún
Por Luis Soto
Había una vez un limosnero que se sentaba siempre en el mismo lugar de la ciudad a pedir limosna. Todos los días a la misma hora salía de su casa y se colocaba en el mismo lugar de la misma avenida. Su trabajo, estirar la mano a cuantos pasaran pidiéndoles que le dieran un poco de dinero por caridad. Cada día era distinto, pero siempre en la tarde al volver a su humilde casa, esparcía las monedas que había colectado sobre la mesa y las sorteaba. Algunas grandes, otras pequeñas, pero de alguna manera cubría sus humildes necesidades.
Un día, se corrió la voz que el rey de aquel lugar pasaría por la calle donde él siempre pedía limosna. El rey tenía fama de ser muy generoso con aquellos que le pedían dinero y que eran mendigos en su reino. Así que ese día, se levantó más temprano que de costumbre, arregló sus cosas, una cobija para sentarse en ella, un pan que le dio su esposa, y un pequeño bote donde echar las monedas que le dieran. Llegó más temprano que nunca y apartó su lugar, no podía permitir que algún otro limosnero se lo quitara. Esperó y esperó y esperó... Casi terminaba el día cuando al fondo de la calle escuchó los ruidos de trompetas y caballos. Se asomó y pudo ver la caravana acercándose, sin duda que ese era el rey famoso.
Esperó a que se acercara aún más. Por fin llegó a donde él estaba, de un salto el hombre se puso de pie, se paró delante del carruaje del rey y estiró la mano pidiendo una limosna.
El rey ordenó que se detuvieran todos y se hizo un gran silencio. Lentamente el rey abrió la puerta de su carruaje y se bajó. Entre sus finas vestiduras traía atada a su cinturón una bolsa, que por el sonido que producía cuando caminaba, debía estar llena de monedas de oro. El hombre siguió de pie con la mano estirada, pidiendo su limosna. El rey se acercó, lo miró andrajoso como estaba y cuando todos esperaban que le diera una moneda de oro que podía resolver todos sus problemas económicos, lo que el rey hizo fue estirar la mano él mismo pidiéndole una limosna al limosnero.
El limosnero se desconcertó ¿cómo podría ser que el rey, el rico, que el vive rodeado de lujos, el que lo tiene todo y nada le falta, venga a pedirle una limosna a él, a un limosnero, a alguien que se muere de hambre y se sienta en las calles a pedir la caridad de los demás para sobrevivir? Pero en fin, era el rey, y no podía desairarlo. Lentamente y maldiciendo en sus pensamientos al rey, metió su mano en el bolsillo. Tocó varias monedas, había sido un buen día… La primera era una moneda grande, la hizo a un lado sin sacarla del bolsillo, y comenzó a rebuscar por la más pequeña de todas las monedas que había recibido aquel día. Claro, si le iba a dar una limosna al rey, no le iba dar una moneda grande, dado que el rey no necesitaba esa moneda tanto como el. Por fin encontró la más pequeña de todas, algo así como un “penny”. Lentamente la puso en la mano del rey, y éste sin pensarlo cerró el puño de su mano, se apresuró a subirse al vehiculo y se marchó.
El hombre quedó desconcertado, no podía ser lo que le había pasado, el rey, el generoso, el millonario había pasado a su lado y en lugar de darle dinero, le había pedido. Tomó sus cosas aprisa y se marchó a su casa maldiciendo al rey y a su mala fortuna. Al llegar a su casa abrió la puerta y tiró sus cosas por todos lados. En voz alta comenzó a contarle a su mujer su desgracia. Llegó a la mesa y esparció sus monedas como lo hacía todas las noches. Pero en esta ocasión al tirarlas, se dio cuenta que algo era distinto. Una de ellas brillaba y brillaba mucho más que las demás. Buscó entre ellas y se dio cuenta que era una moneda de oro. Y no sólo eso, sino que la moneda que era de oro, era precisamente la misma moneda que le había dado al rey. Por fin lo entendió y se lamentó. Si le hubiese dado al rey una moneda grande, ahora tuviera una moneda grande de oro puro. O mejor aún, se la hubiera dado todo al rey, y ahora tuviera muchas monedas de oro.
Algo parecido es nuestra vida en Cristo. Cristo es el rey pasa a nuestro lado y mientras nosotros esperamos que nos dé, es Él quien estira la mano y nos pregunta cuánto queremos darle. Algunos de nosotros sólo le damos lo que nos sobra, en tiempo, en servicio, en dinero; otros no le dan nada. Y es eso lo que el Señor nos devuelve en oro, en oro de bendiciones para nosotros y nuestras familias. Si le damos más o si nos entregamos por completo, el Señor nos llenará de bendiciones, dado que Él no se deja ganar en generosidad. Si Él pasara por aquí hoy ¿Qué o cuanto le darías?
(Esta es una versión libre de la breve poesía original “el grano de oro” de Tagore, R).