
Una respuesta fiel al amor de Dios
La fe que le dieron sus padres y la intervención de Dios para salvar su matrimonio son dones que Annabelle quiere devolver a través de su servicio en Cursillos
Anabelle Vigil nació en Mora, Nuevo México en 1951. Se empezó a involucrar en el apostolado del Movimiento de Cursillos de Cristiandad a partir del impacto que éste tuvo en su matrimonio. Ha sido dirigente de Cursillos por 22 años y Directora Laica del mismo por los últimos años. Aunque desde julio de este año dejó ese cargo, aún sigue muy involucrada en la dirección y acompañamiento de nuevos líderes y miembros de Cursillos. En esta edición, Annabelle comparte lo importante que fue el haber recibido la fe de sus padres y cómo Dios respondió a sus oraciones a través de Cursillos.
Por Annabelle Vigil
Mis padres fueron Ernesto y Rosita Serna. Soy la quinta de nueve hermanos de los cuales dos ya fallecieron. Mis padres eran gente pobre y humilde; eran católicos y fue de ellos que recibí mis primeros conocimientos acerca de Dios. Mi padre nos leía la Biblia iluminándose con una lámpara de aceite. Mi madre nos daba clases de catecismo.
Para ellos la educación de sus hijos era muy importante. Especialmente la educación Católica, por lo que sacrificaron mucho para que pudiéramos recibirla. Mi padre vendía leña y mi madre lavaba ropa a los maestros que eran de la comunidad de Santa Gertrudis, para cubrir la colegiatura.
Una de las cosas que me ha impactado profundamente, era ver cómo mis padres demostraban su amor y su fe a Dios. Cuando viajábamos, antes de salir al amanecer, primero íbamos a la parroquia de Santa Gertrudis a las 4 de la mañana para que el sacerdote nos diera una bendición. También recuerdo que para comprarme mi vestido, velo, rosario y escapulario para hacer mi Primera Comunión, que para mí fue un día muy grande; mi madre salía a vender huevos y queso.
Estos hermosos recuerdos, junto a mi experiencia de fragilidad- de niña fui muy enfermiza y tuve dos accidentes muy serios- han marcado mi relación con Dios, pues es a partir de la experiencia del dolor y la enfermedad que empecé a comprender que Dios era un Dios de Amor.
En 1960 mi padre fue contratado como agricultor al norte de Colorado. Para toda la familia era una gran aventura salir del rancho y viajar a otro estado. Al empezar a trabajar junto a mi padre, mi perspectiva de la vida cambió mucho, pues antes pensaba que ordeñar vacas, llevar leña y agua a la casa era mucho trabajo. Pero nada se compara con el desahíje del betabel, la pizca de frijol, cebolla, y mucho más. Ahora viendo atrás no me queda más que agradecer a mis padres por todo lo que me enseñaron: trabajo duro, valores, principios, pero sobretodo su sacrificio, su amor a Dios y a su familia.
En 1966 mi padre murió de un infarto, con solamente 52 años. Me faltaba poco para cumplir mis 15 años. Tres años después de ese evento, empecé a trabajar como mesera en un restaurante, es ahí donde conocí a Leroy, quien ahora es mi esposo. Él entró un día y se quedó por 40 minutos viendo el menú en la pared sin ordenar nada. A mí me impresionó mucho la soledad y la tristeza de sus ojos.
Cuando regresé a mi casa, lo primero que hice fue ir a la Iglesia, pero estaba cerrada, por lo que me hinqué frente a las puertas y le pedí al Señor que si era su voluntad, me permitiera entrar en la vida de este muchacho para poder ayudarlo.
Leroy, regresaba a su país después de servir en la Guerra de Vietnam y andaba muy desorientado. Yo rebelde contra los consejos de mi madre, seguí con mi terquedad de conocerlo mejor. Tuvimos un noviazgo muy corto, y aunque no teníamos ningún apuro, a los cuatro meses de salir juntos nos casamos.
Pronto mis ilusiones y mi autoengaño se acabaron, me di cuenta que mi amor no era suficiente para solucionar la vida de alguien. Por quince años sufrí demasiado con mi matrimonio. Le pedía a mi Señor que me librara de este compromiso tan difícil. Pero Dios, que me escuchaba, trabajaría de otro modo. Tuvimos 4 hijos: 2 mujeres y 2 hombres. Mis hijos también sufrieron junto conmigo muchas cosas. Y como a mis padres, a mí también me interesaba que tuvieran educación católica, por lo que limpiaba casas para que ellos también pudieran recibirla como yo lo hice. Mis dos hijos se graduaron de una escuela Jesuita.
Las cosas no mejoraban en mi matrimonio y estuvo a punto de terminar en divorcio. Pero mi Señor respondió a mis ruegos y mi esposo empezó a cambiar un poco. En 1988 nos invitaron a vivir un Cursillo. Mi esposo lo vivió primero y mi esperanza fue una realidad. Dios hizo con mi esposo lo mismo que hizo con San Pablo. Fue una conversión tan profunda que ha ido progresando continuamente. El Movimiento de Cursillos como todos los movimientos de nuestra Iglesia tienen un método que funciona, todo depende de la persona que aplica ese método para mejorar su vida espiritual y ayudar a los demás a encontrar a Dios.
El Cursillo ha sido nuestro apostolado desde entonces. Toda mi familia ha pasado por la experiencia de los 3 días de Cursillo. Por medio del Cursillo, Dios salvó mi matrimonio, mi familia, me enseñó a amarme. Y los dones que mis padres se encargaron de despertar en mí, Dios con su gracia los convirtió en sobrenaturales poniéndolos a su servicio en el Movimiento de Cursillos. Dios me ha dado tanto que no puedo menos que ofrecerle todo lo que ha hecho de mí para que otros conozcan su Amor.