Aprendiendo a ser otro Cristo y a ver a Cristo en el hermano
“Christ in the City ha sido una experiencia inolvidable, llena de muchas sorpresas y de decisiones inesperadas”, comparte Krisia Asencio
Krisia Asencio tiene 21 años, nació en El Salvador y es parte del grupo de jóvenes de la Parroquia Queen of Peace, Aurora. Ella fue una de las misioneras del programa de inmersión “Christ in the City” – Cristo en la Ciudad- una iniciativa de Caridades Católicas que combina el servicio al más necesitado, con formación espiritual, fraternidad y educación en doctrina social católica. Este programa que tiene el propósito de formar futuros líderes católicos, capaces de servir al más necesitado con el corazón de Cristo, ha cambiado la vida de muchos jóvenes, entre ellos Krisia, quien en esta edición comparte con nosotros su experiencia.
Por Krisia Ascencio
Mi camino hacia esta experiencia comenzó cuando una coordinadora de mi grupo de jóvenes adultos me dio el formulario de aplicación para ser parte de Christ in the City, y aunque con muchas dudas, lo llené sin imaginarme que podía ser unas de las 25 personas que serían elegidas para participar en esta maravillosa experiencia.
Me sorprendí mucho cuando recibí la llamada que confirmaría mi participación en este programa y apenas colgué el teléfono, le pedí a Dios que iluminara mi camino y que si el quería que yo fuera parte de esta misión, me diera la fortaleza necesaria para no cambiar de opinión, sin embargo pocos días antes de que empezaran las misiones tuve muchas dudas, me preguntaba constantemente por qué Dios me habría escogido a mi y no a otro.
Pero como es de esperarse Dios siempre me confirma que pase lo que pase Él siempre está a mi lado para apoyarme y así con todos mis miedos e inseguridades llego el día que con tanta ansia esperaba. Me reuní con mis amigos de Christ in the City y desde entonces supe que iba a ser algo que jamás olvidaría.
En ningún momento me arrepiento de haber sido parte de esta misión que me ha enseñado a ver a Jesús en otras personas. Creo que la parte más interesante de este programa es saber que sí se puede ayudar en nuestra propia comunidad y que no es necesario ir a otros países para tener un encuentro más cercano con Dios a través del necesitado.
Yo fui asignada a servir en Mullen Home, un asilo de ancianos a cargo de la comunidad religiosa de las Little Sisters of the Poor. Les puedo asegurar que esta experiencia ha cambiado mi vida por completo, con el solo hecho de haber estado ahí unos días, me enamoré del servicio que las Little Sisters of the Poor les dan a estas personas, pues este asilo es sólo para quienes no tienen familia o son de muy bajos recursos. Algunos de los residentes tienen problemas mentales y otros están en sillas de ruedas, pero eso no quiere decir que no sean capaces de disfrutar de su vida.
Lo que más me conmovió durante mi servicio en el asilo fue cuando organizamos una noche de película para los viejitos, todos ellos a pesar de estar cansados y con sueño decidieron pasar unas horas con nosotros. Es muy triste pensar que algunos no tienen familia que los visite, sin embargo, a pesar de que nosotros éramos unos extraños, disfrutaron mucho de nuestra compañía. Al día siguiente encontramos en nuestra puerta una nota que decía: “gracias por la película de anoche, estamos muy contentos de que puedan dedicarnos un poco de su tiempo”.
Aunque nuestra misión fue muy corta me di cuenta de la necesidad tan grande que hay en Denver. A pesar de vivir en esta ciudad nunca me había dado cuenta de la pobreza que existe en mi propia comunidad y que aunque no podamos eliminarla, podemos cooperar para que todas estas personas que necesitan ayuda puedan darse cuenta que Dios no los deja solos y que hay personas dispuestas a ayudarles a cambiar su vida.
Christ in the City nos dio también la oportunidad de crecer espiritualmente, casi al final del programa pude disfrutar de la naturaleza de Dios, cuando nos llevaron de retiro a St. Malo. Allí tuvimos momentos de silencio en el cual tuve mucho tiempo de pensar y analizar todo lo que habíamos hecho en estas dos semanas y me di cuenta que el amor de Dios es más grande de lo que yo imaginaba y que seguir su camino no va a ser nada fácil, pero es algo que va a llenar mi vida de los momentos más felices y me va a llenar de recuerdos y experiencias que puedo compartir con todas aquellas personas que se acercan a mi.
Nuestros días como misioneros empezaban muy temprano y terminaban muy tarde, pero no importaba que tan cansada estuviera, nada se compara con la felicidad y la paz que sentía cuando me iba a dormir. ¡Le doy gracias a Dios por esta experiencia tan linda que tuve y le pido que nos acompañe en nuestro camino para poder llevar su amor y su Palabra a otras personas!
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