
En silencio con Dios
Cuántas veces por el ruido interior y exterior no lo escuchamos
Por Rossana Goñi
En los últimos años, he tenido la bendición de poder ir en varias ocasiones al Centro de Retiros Saint Malo en Allenspark, muy cerca de ese pueblo tan bonito como es Estes Park. El camino es hermoso, acompañado por las montañas rocosas a lo largo de la carretera 7.
En esos días de retiro y reflexión, he ido en busca de silencio, aquel silencio que me hace escuchar a Dios. Al llegar al lugar, uno se ve rodeado de la hermosa creación -montañas, rocas, árboles, viento, sol, campo, cielo azul, río- que ayuda a contemplar a Quien es Señor y Creador de todo lo que nos rodea. Nunca es fácil hacer silencio, pues uno llega con las vivencias del día a día, las preocupaciones, los pendientes del lunes que viene, las exigencias de la vida personal, familiar o comunitaria. En medio de esta realidad, el volverse hacia sí mismo toma algún tiempo y esfuerzo.
Si Ud. ha ido a Allenspark me puede entender mejor… sino, lo invito a ir, es una experiencia realmente hermosa. El contemplar la belleza que rodea todo, uno se experimenta pequeño, pero al mismo tiempo grande ante el amor de Dios, al reconocerse uno mismo como su creación última, creado a su imagen y semejanza. Todos estos detalles exteriores, ayudan mucho al recogimiento interior, a hacer silencio y; en ese silencio, “escuchar” la presencia de Dios.
No es posible escuchar físicamente la voz de Dios, ni tocarlo o “sentirlo”; pero si vivirlo. En ese silencio, Dios habla, y habla a veces de manera muy fuerte.
¿Qué me lleva a compartirles esto? Dos razones. Una, en mi corta experiencia de dialogar con muchas jóvenes –y con adultos también- descubro muchas veces cómo hay un temor muy grande por buscar el silencio en el día a día o en la oración.
A veces no nos permitimos estar en silencio ni siquiera cuando visito al Señor en el Santísimo, pues no sólo tenemos la cabeza llena de bulla, sino que tratamos de leer algo, de “distraernos” con cualquier cosa en vez de preguntarle directamente a Dios “¿Qué deseas de mí hoy?” O simplemente manifestarle nuestro amor, y dejarnos amar por Él.
Lo que percibo en muchos jóvenes es temor a preguntarle a Dios si Él quiere algo distinto a sus planes personales; temor a ponerse en sus manos y confiar plenamente en Él.
Entiendo que abandonarse a Dios asusta; pero cuando uno piensa las cosas con más claridad y visión sobrenatural, surgen las preguntas: ¿Miedo a qué o a quién? ¿No es acaso Dios todo Amor? ¿No venimos de Él y a Él regresaremos? ¿No es Él quien solamente puede saciar el anhelo más profundo de nuestros corazones? ¿No es Él la razón de nuestras vidas? Entonces, ¿miedo a qué?.
Correrse del silencio, dejarse llevar por el ruido del mundo que bombardea especialmente a los jóvenes, no sólo a través de los medios de comunicación, sino de muchas otras formas, al final sólo generan un alejamiento de Dios.
Los jóvenes tienen los mismos cuestionamientos de siempre, y sus anhelos no van a encontrar respuesta en el ruido del día a día, sino en la Verdad. Y será muy difícil alcanzar esa Verdad si el entorno es distorsionante y adverso a la escucha.
Hace unos días, el Papa Benedicto XVI decía “es importante aprender a vivir momentos de silencio interior a lo largo de nuestras jornadas para poder escuchar la voz del Señor”; y luego añadía “estad seguros que si aprendemos a escuchar esa voz y a seguirla con generosidad no tendremos miedo de nada porque sabemos y sentimos que Dios está con nosotros”.
Es ciertamente difícil vivir ese silencio en medio de la vida cotidiana. Es difícil también vivir hoy en día, en medio del mundo, en estado de presencia de Dios, de armonía del corazón, de equilibrio, de paz interior.
Pero al respecto el Papa Benedicto nos dice: “no se trata de multiplicar las palabras, sino de estar en presencia de Dios, haciendo nuestras, en la mente y en el corazón, las frases del Padre Nuestro, o adorando la Eucaristía, o meditando el Evangelio, o participando en la Liturgia. Todo esto no aparta de la vida, al contrario contribuye a que seamos realmente nosotros mismos en todos los ambientes, fieles a la voz de Dios que habla a la conciencia, libres de los condicionamientos del momento”.
Que el Señor nos conceda siempre ese silencio.