
La familia comunidad de Amor
Pongamos mucha atención y rescatemos el valor de la familia
Por Mons. Jorge De los Santos
Así inicia la Exhortación Apostólica del Papa Juan Pablo II Familiaris Consortio: “La familia, en los tiempos modernos, ha sufrido quizá como ninguna otra institución, la acometida de las transformaciones amplias, profundas y rápidas de la sociedad y de la cultura”. Hoy podemos constatar tristemente que esta afirmación es una realidad que se está haciendo presente en nuestras familias hispanas en los Estados Unidos de América, el valor de la familia que tan fuertemente ha estado arraigado en nosotros está siendo afectado gravemente haciendo sentir consecuencias negativas de un alcance inimaginable, se está perdiendo el valor tan preciado de la familia que está dejando de ser lo que debería ser caminando hacia una desintegración porque actualmente son muchas las fuerzas que tratan de destruirla y de formarla.
Nosotros sostenemos que el bien de la familia siempre se reflejará en el bien de la Iglesia y en el bien de la sociedad.
¿Qué proponemos? Sostenemos que la Iglesia debe llevar el anuncio del Evangelio a las familias y las familias a su vez están llamadas a acoger y a vivir el proyecto de Dios sobre ellas a fin de que se salve y realice la verdad y la dignidad plena del matrimonio y de la familia.
Aquí tenemos algunos signos de una preocupante degradación de algunos elementos fundamentales de la convivencia familiar: una equivocada concepción teórica y práctica de la independencia de los cónyuges; las graves ambigüedades acerca de la relación de autoridad entre padres e hijos; las dificultades concretas que con frecuencia experimenta la familia en la transmisión de los valores; el numero cada vez mayor de divorcios; el crimen del aborto visto como algo normal, y el recurso que se hace cada vez mayor de los métodos artificiales para evitar la concepción. A la base de estos hechos negativos está generalmente la idea distorsionada de lo que es la libertad, libertad que no es concebida en conformidad con el realizar la verdad del proyecto de Dios sobre el matrimonio y la familia, sino como una fuerza autónoma de autoafirmación orientada al propio bienestar egoísta, como un desprecio de la propuesta de amor de Dios y un desprecio a Dios mismo. Por lo tanto, la educación en el amor enraizado en la fe puede conducir a la apertura del corazón al plan del amor de Dios para la familia.
Es necesario que todos recuperemos la conciencia de la primacía de los valores. Tenemos que volver a comprender el sentido último de la vida y de sus valores fundamentales.
La familia Cristiana tiene una razón de ser y una misión. La familia, según el designio divino, esta constituida como intima comunidad de vida y de amor, la familia necesita crecer en esta identidad, por esto, la familia tiene la misión de custodiar, revelar y comunicar el amor como reflejo vivo y participación real del amor de Dios por sus hijos e hijas y del amor de Cristo por la Iglesias su esposa.
La familia fundada y vivificada por el amor, es una comunidad de personas: del hombre y de la mujer esposos, de los padres y de los hijos, de los parientes. Su primer cometido es de vivir fielmente la realidad de la comunión con el empeño constante de desarrollar una autentica comunidad de amor de personas. El principio interior, la fuerza permanente y la meta última de este cometido es el amor: así como sin el amor la familia no es una comunidad de personas, así también sin el amor la familia no puede vivir, crecer y perfeccionarse en la unidad. El amor entre el hombre y la mujer en el matrimonio y, el amor entre los miembros de la familia está animado e impulsado por un dinamismo interior e incesante que conduce a la familia a una comunión cada vez más profunda e intensa, fundamento y alma de la comunidad conyugal y familiar.
La unidad familiar tiene su fundamento en la unidad matrimonial, la comunión primera es la que se instaura y se desarrolla entre los cónyuges. En virtud del pacto de amor conyugal el hombre y la mujer ya no son dos sino uno solo y están llamados a crecer continuamente en su comunión através de la fidelidad cotidiana a la promesa matrimonial de la reciproca donación total. La comunión conyugal constituye el fundamento sobre el cual se va edificando la más amplia comunión de la familia, de los padres y de los hijos, de los hermanos y de las hermanas entre sí y de los parientes y demás familiares. El amor que anima las relaciones interpersonales de los diversos miembros de la familia, constituye la fuerza interior que vivifica la comunión familiar. Un momento fundamental para construir tal comunión esta constituido por el intercambio educativo entre padres e hijos en que cada uno da y recibe. Mediante el amor, el respeto, la obediencia a los padres, los hijos contribuyen a la edificación de la verdadera familia. La comunión familiar puede ser conservada y perfeccionada sólo con un gran espíritu de sacrificio que exige una pronta y generosa disponibilidad de todos y cada uno a la comprensión, a la tolerancia, al perdón, a la reconciliación. Ninguna familia ignora que el egoísmo, el desacuerdo, las tensiones, los conflictos atacan con violencia y a veces hieren mortalmente a la unida familiar, de aquí las múltiples y variadas formas de división en la vida familiar. Pero al mismo tiempo cada familia esta llamada por el Dios de la paz a hacer la experiencia gozosa y renovadora de la reconciliación, esto es, la comunión reconstruida, de la unidad nuevamente encontrada.
Esforcémonos por vivir el plan de Dios en para nuestras familias y tendremos una fuente segura de felicidad entre nosotros y seremos fermento para una mejor convivencia sociedad.
Participe en el Congreso Arquidiocesano Catequético que este año reflexionará sobre el matrimonio. Más información en la página 10 de esta edición.