
¿Ser santo yo?
Un llamado para todos
Por Rossana Goñi
Hace algunas semanas tuve la gran bendición de visitar y peregrinar por lugares santos en Italia a lo largo de un mes. La mayor parte del tiempo estuve en Roma, la Ciudad Eterna; pero también Dios me regaló la oportunidad de conocer otras ciudades, todas ellas colmadas de historia, cultura cristiana y vitalidad de fe.
Después de haber caminado a lo largo de casi 30 días por pueblos y calles llenas de santos y respirar la historia y raíces de nuestra fe, aquel mes se convirtió en uno de los regalos de Dios más importantes de mi vida reciente. En efecto, en la medida que transcurrían los días, una reflexión fue ahondando más en mis oraciones: la razón por la que existimos es porque Dios quiere que seamos santos y alcancemos el Cielo.
De vuelta a casa, esta meditación no ha dejado de aparecer una y otra vez en mis reflexiones diarias. El mantener esa idea con espíritu firme cerca de San Pedro y rodeada de Iglesias, santos, cuerpos incorruptos y milagros, no era difícil. Sin embargo, el mantener viva la reflexión, con fe, confianza y esperanza, aquí en medio de las realidades cotidianas del día a día, es ciertamente un reto… el reto de siempre anhelar ser santo.
No tengamos miedo de soñar con la santidad, no nos cansemos ni desanimemos nunca de buscar el rostro de Dios, a quien tanto amamos. Esa es nuestra meta, hacia allá caminamos. Nuestros días aquí son sólo un peregrinar, con alegrías, dolores, luchas, gozos, desafíos, caídas y puestas de pie. Un caminar en el que aprendemos, con la gracia de Dios y la ayuda de los demás, a vivir el verdadero amor que finalmente nos llevará al encuentro con Aquél que es el Amor por excelencia.
En Italia tuve innumerables momentos de oración y encuentros en Iglesias arquitectónicamente hermosas, en donde todo remitía a Dios. Desde el momento en el que cruzaba el umbral de algún templo, todo él te transportaba a Quien nos ha creado. A pesar de los numerosos peregrinos que iban y venían, en cada uno de estos santos lugares no era difícil hacer silencio, oración y recolección para encontrarse con la Sagrada presencia.
La visita a esos pueblos y ciudades donde santos -hombres, mujeres, niños, jóvenes, laicos, sacerdotes, monjas- han caminado, vivido y se han entregado haciendo apostolado fueron experiencias que grabaron en mi corazón el deseo y la necesidad de acoger más en mi vida la realidad de que la santidad no es para personas con características o dones especiales, sino para personas como tú y como yo. Personas que fueron y son, gente “normal” que reconociendo su fragilidad y pecado, supieron luchar día a día para conformar sus vidas a la del Señor Jesús. Personas que supieron que no hay otra razón para vivir sino para ser santos, y cuya fe se vio cimentada a través de la vivencia de su esperanza y el amor a los demás.
La santidad es posible. Esto se ve con certeza al contemplar a hombres y mujeres de todos los tiempos y culturas que han alcanzado el Cielo y ahora gozan de la vida eterna.
En esos días en Roma, tuve la bendición de arrodillarme ante la tumba de la gran Santa Catalina de Siena, del Padre Pio en Pietralcina, de San Juan Bosco, de Santa Rita de Casia, de San Ignacio de Loyola, de muchos santos Papas, del joven Santo Domingo Sabio, y de tantos y tantos más.
Todos ellos, con su amor a Dios y a los demás, su comprensión de la fe y su práctica a través de simples acciones hechas con la grandeza que sólo viene de Dios, han hecho y siguen haciendo de Roma el centro de nuestra Iglesia. ¡Para qué visitarla sino es por nuestra Iglesia y sus santos!
Roma demuestra que cada uno de nosotros está llamado a hacer de nuestra vida una historia de fe, fidelidad y santidad para el mundo entero.
Todo es posible con la ayuda y la gracia de Dios, así como con nuestra sincera cooperación por ser fieles a su Plan de Amor. Dios nos quiere en el Cielo, junto a Él. Sólo espera que nosotros respondamos. No son las grandes virtudes que hayas recibido de Él las que te llevarán al Cielo, sino la firme convicción de que en nuestra pequeñez, Dios obrará maravillas si nosotros lo dejamos.
Que como San Pablo algún día podamos decir “y ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20). ¡Seamos santos para que el mundo conozca a Dios!