
Sobre el diezmo y por qué hacerlo
Agradecemos a la Sra. Elsa Arreola López de la parroquia Saint Joseph en Denver por habernos llamado con su pregunta.
¿Qué opina la Iglesia Católica del diezmo y por qué debo hacerlo?
La Sagrada Escritura en más de un lugar nos recuerda la obligación de dar el diez por ciento de nuestros ingresos y todo lo que poseemos como ofrenda al Señor nuestro Dios. “El diezmo entero de la tierra, tanto de las semillas de la tierra como de los frutos de los árboles, es de Yahvé; es cosa sagrada de Yahvé” (Lv 27,30). El texto más tradicional al respecto dice: “Entreguen, pues, la décima parte de todo lo que tienen al tesoro del templo, para que haya alimentos en mi casa. Traten después de probarme, dice Yahvé de los Ejércitos, para ver si les abro las compuertas del cielo o si derramo para ustedes la lluvia bendita hasta la última gota” (Ma 3,10). La misma Sagrada Escritura afirma que la razón del diezmo es para el sustento del Levita, es decir aquel nombrado por el Señor para cumplir las funciones sacerdotales en el pueblo y que por lo tanto no tiene tierra en herencia; para los necesitados, el huérfano, la viuda, etc.: “…separarás todos los diezmos de tus cosechas… y vendrá entonces a comer el levita…el forastero, el huérfano y la viuda que están en tus ciudades…” (Dt 14,28-29).
Basada en estos textos, la Iglesia católica afirma la importancia y necesidad de ofrecer al Señor ofrendas para el sustento de la misma y para la caridad con aquellos que más lo necesitan. Toda Iglesia en el mundo se sustenta de esta manera. El problema ha sido cómo a veces usamos palabras erróneas para referirnos a nuestra ofrenda. Le llamamos la limosna, lo cual es totalmente erróneo. A Dios no se le dan limosnas. Lo que llevamos al templo y ponemos en la canasta durante el ritual de las ofrendas de la Misa es precisamente eso, una ofrenda. Y como toda ofrenda, esta requiere y debe representar un sacrificio. En otras palabras, a Dios no se le da lo que nos sobra, o lo que no nos cuesta, sino precisamente aquello que es difícil de hacer.
La razón por la cual existe el diezmo, está en la raíz de nuestra fe cristiana. Nuestra primera identidad, antes de ser hispanos, anglos, chinos o de cualquier otro grupo étnico, es ser hijos de Dios. Y como hijos, somos sus herederos. Es decir, todo lo suyo es nuestro. Nuestra vida, nuestros talentos, nuestras posesiones, son al final todas obras de Dios y propiedad de Dios. De alguna manera, Dios sólo nos deja usar de esos bienes para nuestro bien y felicidad por el tiempo de nuestra vida, pero tenemos la obligación sagrada de agradecerle este acto de amor y confianza en que nosotros seremos sus buenos administradores. Y lo hacemos devolviéndole un diez por ciento de lo que de por sí ya es suyo.
El diezmo es un decir gracias al Señor y reconocer que todo al final de cuentas es suyo y que nos lo ha dado como obra de su bendición para nosotros y nuestras familias. Yo siempre uso el ejemplo de decir que es como un hijo que cada semana recibe de sus padres el famoso “domingo” (el regalo económico semanal). Si el hijo recibe ese dinero, digamos 10 dólares, pero reserva uno en una pequeña caja.
Y al final del año, toma lo que reunió y va y compra un regalo para su padre en acción de gracias, el padre se alegrará enormemente por ese gesto de amor de su hijo, aún cuando fue comprado con dinero que originalmente es suyo. De igual manera, darle el diezmo al Señor, es guardar un dólar de cada diez con los que nos bendice y el domingo acercarnos al templo para decirle gracias, soy un buen administrador de tu gracia y bendiciones. Como el profeta Malaquías dijo más arriba: Pon al Señor a prueba, confía en el, dale tu diezmo, y su bendición sobre ti y tu familia, será sobreabundante.
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