Perdonar y saber pedir perdón
Todos estamos llamados a vivir el perdón como lo vivió el mismo Señor Jesús
Por Jorge Luna

Perdonar es una acción que nace de una virtud y que poco a poco se va aprendiendo, profundizando y acogiendo. A todos nos gustaría poder practicar esta acción con más naturalidad y frecuencia, pues hay una experiencia de liberación al perdonar o pedir perdón… en el fondo es hacer lo que el mismo Señor Jesús nos enseñó. El don de perdonar está mencionado muchas veces en las Sagradas Escrituras, y a su vez se explica que no es fácil hacerlo sólo por nuestras propias fuerzas. (Ver Mt 6, 12; 18, 21; Lc 7, 13; Mc 11, 25-26; Ef 4, 31; 2Cor, 2, 5)
En las Sagradas Escrituras
En el Antiguo Testamento se nos narra la historia de José, hijo de Jacob, que debido a la envidia de sus hermanos hacia él, fue abandonado por ellos en el desierto para que muriera. El joven, sobrevivió al ser encontrado por una caravana que terminó vendiéndolo como esclavo en Egipto. El tiempo paso y José terminó siendo el brazo derecho del faraón. Y sucedió que debido a un tiempo de sequía sus hermanos se vieron forzados a ir a Egipto a pedir provisiones, sin saber que tenían que pedírselas a aquel que habían intentado matar cuando era joven, su hermano José. “Entonces José dijo a sus hermanos: ´Acercaos a mí, por favor. Ellos se acercaron, y él les dijo: Yo soy José vuestro hermano, el que vendisteis para Egipto. Ahora pues, no os entristezcáis ni os pese el haberme vendido acá, porque para preservación de vida me ha enviado Dios delante de vosotros´. Apresuraos, id a mi padre y decidle: ´Así dice tu hijo José: ‘Dios me ha puesto como señor de todo Egipto. Ven a mí; no te detengas. Habitarás en la zona de Gosén, y estarás cerca de mí, tú, tus hijos, los hijos de tus hijos, tus rebaños, tus vacas y todo lo que tienes. Allí proveeré para ti, pues todavía faltan cinco años de hambre; para que no perezcáis de necesidad tú, tu casa y todo lo que tienes’… Pero José les respondió: ´No temáis. ¿Estoy yo acaso en el lugar de Dios? Vosotros pensasteis hacerme mal, pero Dios lo encaminó para bien, para hacer lo que vemos hoy: mantener con vida a un pueblo numeroso. Ahora pues, no tengáis miedo. Yo os sustentaré a vosotros y a vuestros hijos´. Así les confortó y les habló al corazón”.
José, perdonó a sus hermanos por lo que le habían hecho. Si a nosotros nos sucediera algo similar, ¿qué haríamos? ¿podríamos perdonar como él?
José es un gran ejemplo en las Sagradas Escrituras de la capacidad de perdón y trascender por amor a los demás. De comprender la fragilidad humana y ver el corazón de los demás como lo hace el mismo Señor Jesús.
El ejemplo de los santos
Ejemplos de vivir el don del perdón hay muchos en la historia de la Salvación y de la Iglesia. Muchos santos que han sabido conformarse con el Señor Jesús a través de los dones recibidos de Dios Padre.
El 8 de enero de 1894 nace en Polonia, Raymundo Kolbe quién luego tomaría el nombre religioso de Maximiliano. Maximiliano Kolbe entró a la orden franciscana. El padre Kolbe siempre tuvo una relación muy cercana con la Virgen María bajo la advocación de la Inmaculada Concepción. En 1929, entre enfermedad y dificultades el P. Maximiliano decide emprender la fundación de una ciudad mariana, en polaco: Niepokalanow, o ciudad de la Inmaculada. “En Niepokalanow María lo es todo: es el corazón y la meta; es el ideal y la fuerza. Por Ella se trabaja, se vive, se sufre, como por Ella se muere. Los caballeros son los hijos felices y los servidores fieles de la Madre celestial. “¡Todo a la mayor gloria de la Inmaculada!”
En septiembre de 1939 el mundo ve estallar la Segunda Guerra Mundial. Todos sabemos que no fue un episodio agradable en la historia de la humanidad. Este hecho histórico estuvo lleno de sangre, muerte, destrucción, crueldad, odio, bestialidad e infamia sin fin. Y es precisamente en medio de este panorama que vemos como el Padre Kolbe se convierte en un predicador del perdón.
Uno de los países que fueron conquistados por el ejército nazi fue la nación polaca. En poco tiempo y a pesar de la valentía de sus habitantes, Polonia queda subyugada bajo el poder nazi. “Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen, (Mt 5, 44)”. Pocas semanas después de la ocupación inicial, los invasores llegan a la ciudad mariana, y sin miramiento alguno cometen todo tipo de tropelías, saqueos y vandalismos: destrozan imágenes, encienden fogatas con ornamentos sagrados, retiran y se llevan una buena parte de la maquinaria tipográfica. El P. Kolbe, el fundador, siendo testigo de esos destrozos sacrílegos no se deja dominar por el odio, ni grita venganza. En su lugar el sacerdote franciscano reza, llora y consuela. En vez de reaccionar como la mayoría, con odio al enemigo, Maximiliano perdona como Cristo en la Cruz, él ama a todos y pone en práctica el mandato de Cristo. Les dice a los miembros de la comunidad: “¡Animo muchachos, la Inmaculada nos lo dio. La Inmaculada nos lo quitó. Ella bien sabe como están las cosas!”.
Qué difícil que es para nosotros poder perdonar cuando alguien nos hiere, que difícil es perdonar cuando somos victimas de injusticias, o traiciones. Y es precisamente a ese ideal del amor al que el Señor Jesús nos llama y nos muestra que es posible si es que estamos unidos a Él.
El Padre Maximiliano Kolbe falleció en la víspera de una gran fiesta mariana: la Asunción de María a los Cielos. Fue asesinado en el campo de concentración de Auschwitz, mártir por Dios, dando su vida por un padre de familia. Con este acto el padre Kolbe nos dio el ejemplo último de lo que lo motivaba a vivir el perdón, vencer al mal con el poder del amor. Tal y como lo hizo Jesús. Murió rezando hasta el último momento.
San Maximiliano se encontró en medio de un gran choque espiritual en la batalla que se libra en el mundo entre la Inmaculada Virgen María y Satanás. Batalla que se libra también ahora y que nos toca a nosotros combatirla con las armas del amor. Como respuesta a la brutalidad del trato de los guardias de la prisión, San Maximiliano era siempre obediente, manso y lleno de perdón. Aconsejaba a todos sus compañeros de prisión a confiar en la Inmaculada: “¡Perdonen!”, “Amen a sus enemigos y oren por los que os persiguen”. Es una batalla que ahora, con su ejemplo e intercesión debemos nosotros luchar.
El perdón restaura y reconstruye los cimientos de las relaciones, de nuestra relación con Dios, con nuestros hermanos, con nosotros mismos. En vez de ahondar las heridas y hacer que sean más profundas, San Maximiliano nos enseña apostar por el amor, y así mostrar a un mundo lleno de violencia que el amor vence al mal y que ahí está nuestra esperanza.
El perdón al que estamos llamados no tiene límites (Mt 18, 21). Que cada día en que recemos el Padre Nuestro aprendamos a perdonar como el Padre de Amor siempre nos perdona y que cuando sea muy difícil le pidamos a la Inmaculada que nos dé la fuerza para hacerlo bajo los auspicios de San Maximiliano Kolbe.
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