
El sacerdote según San Juan Maria Vianney
Un Pastor según el corazón de Dios, reflexiones ante conclusión del Año del Sacerdocio
Por Mons. Jorge De los Santos
San Juan Maria Vianney, el humilde cura de Ars, era consciente de ser, como sacerdote, un inmenso don para su gente: “un buen pastor, un pastor según el corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, uno de los dones más preciosos de la misericordia divina”.
Sobrecogido por un inmenso sentido de la responsabilidad decía: “Si comprendiéramos bien lo que representa un sacerdote sobre la tierra, moriríamos: no de pavor sino de amor”. El sacerdote no es sacerdote para sí mismo, sino para la Iglesia, para los hijos de Dios.
El sacerdote está al servicio de la conversión. Tiene que encarnar la presencia de Cristo dando testimonio de la ternura de la salvación. El santo cura de Ars comenzó su misión en su parroquia con esta oración: “Dios mío, concédeme la conversión de mi parroquia; acepto sufrir todo lo que quieras durante mi vida”.
El sacerdote es un consagrado que ha recibido la unción del Espíritu Santo, que lo configura a Cristo Sacerdote y que le permite actuar en su nombre. Pero, es preciso recordar que el sacerdote es consagrado por medio del ministerio de la Iglesia, para ser partícipe de su misión salvadora, que a su vez es partícipe de la misión redentora del Hijo y de la misión santificadora del Espíritu y es enviado a una comunidad particular, para congregar, exhortar, instruir y edificar mediante la Palabra y santificar mediante los Sacramentos, a la gran familia de Dios.
Para San Juan Maria Vianney era primordial su total identificación con el propio ministerio. En Jesús, persona y misión tienden a coincidir, él está ante el Padre siempre en actitud de amorosa sumisión a su voluntad, de igual modo, y con toda humildad, el sacerdote debe aspirar a esta identificación. El sacerdote debe estar al servicio y hacerse presente entre las ovejas a él confiadas que son el Pueblo de Dios.
Para el santo cura de Ars era muy importante el llamar a los laicos a colaborar con él en la pastoral de la Iglesia, escuchándolos y teniendo fraternalmente en cuenta sus deseos y reconociendo su experiencia y competencia en los diversos campos de la actividad humana. Los laicos junto con los presbíteros forman un único pueblo sacerdotal, pero el sacerdote, en virtud del Orden Sagrado, está puesto para llevar a todos a la unidad del amor fraterno.
El sacerdote debe enseñar a sus parroquianos sobre todo con el testimonio de su vida, de su ejemplo aprenderán los fieles a orar delante del sagrario visitando a Jesús Eucaristía. Nuestro santo cura estaba convencido de que todo fervor en la vida de un sacerdote dependía de la Celebración Eucarística, que llegaba a decir: ‘Dios mío ¡qué pena el sacerdote que celebra como si estuviera haciendo algo ordinario!” Siempre que celebraba él tenía la costumbre de ofrecer también la propia vida como sacrificio. Su ejemplo nos invita a todos los sacerdotes a ofrecernos en sacrificio a Dios en nuestra celebración de la Misa. El santo además decía: “los sacerdotes no deberían resignarse nunca a ver vacíos sus confesionarios ni limitarse a constatar la indiferencia de los fieles hacia este sacramento de la Reconciliación (el santo cura de Ars llegaba a estar hasta 16 horas al día en el confesionario), su parroquia era una especie de “gran hospital de las almas”. Él afirmaba que “no es el pecador que vuelve a Dios para pedirle perdón, sino Dios mismo que va tras el pecador y lo hace volver a Él”. Así se testimonia y se transmite el amor misericordioso de Dios, y de esto hace eco el Papa Benedicto XVI diciendo “urge también en nuestro tiempo un anuncio y un testimonio similar de la verdad del Amor”.
“La mayor desgracia para nosotros los párrocos –deploraba el santo- es que el alma se endurezca”; con esto se refería al peligro de que el pastor se acostumbre al estado de pecado o indiferencia en que viven muchas de sus ovejas.
San Juan Maria Vianney tenía en muy alto el valor y sentido de la mortificación, se mortificaba voluntariamente a favor de las almas confiadas a él, y les decía a sus hermanos sacerdotes: “Les diré cual es mi receta: doy a los pecadores una penitencia pequeña y el resto lo hago yo por ellos”. Nosotros los sacerdotes debemos aprender que las almas cuestan la sangre de Cristo y el sacerdote no puede dedicarse a la salvación de las almas sin participar personalmente en el “alto precio” de la redención.
Los biógrafos del santo cura de Ars señalan como Dios le fue conduciendo por los senderos de la humildad. No pregonaba lo que hacía; los elogios no lo llevaron a sentirse mejor que otros. Cuando tenía que hablar de sí mismo, lo hacía de manera corta. Cuando de los demás hablaba, lo hacía de manera positiva y comprensiva, pero evitando la adulación. Su humildad venía acompañada con la sencillez en su persona y en sus cosas; su humildad se transformaba en gratitud.
La humildad en la vida cristiana y sacerdotal es fundamental, la humildad es necesaria para el seguimiento de Cristo. El sacerdote que ha dejado todo para seguir al Maestro, debe aceptar la invitación de seguirlo por el camino de la mansedumbre y la humildad. Cuando la humildad está presente, en muchas ocasiones pasa inadvertida, pero cuando falta, todos la echan de menos notando su ausencia. Para nosotros sacerdotes, que hemos sido configurados con Cristo Pastor y Cabeza de la Iglesia, y que a su vez participamos de su caridad pastoral, la humildad constituye un elemento indispensable de nuestra identidad. Nada más alejado del corazón de Cristo Pastor, que un corazón soberbio, autosuficiente y lleno de sí mismo, pero vacío de Dios, que en lugar de acercar a las ovejas, las aleja.
El sacerdote es el amigo íntimo de Cristo, como lo fueron sus primeros discípulos. Grabemos en nuestro corazón esta verdad y no dejemos de agradecer y maravillarnos; como sus amigos tenemos que vivir nuestra espiritualidad como consagrados es decir viviendo en el darse totalmente, olvidándose de sí mismos en el servicio, buscando siempre el vivir los valores evangélicos, viviendo en la búsqueda de la santidad, la fraternidad y la solidaridad, teniendo la paz en el corazón y el gozo y la alegría de ser sacerdote, viviendo en comunión con el Señor que nos lleva a entregarnos generosamente a su ministerio.
La comunión con Cristo fortalece la fe y la esperanza y llena al sacerdote de caridad pastoral que es el principio interior, la virtud que anima y guía al presbítero en cuanto configurado a Cristo Cabeza y Pastor. La caridad pastoral nace de la caridad de Cristo, la cual nos es transmitida por el Espíritu Santo, a partir de nuestra ordenación sacerdotal. ¿Cómo podría vivirse el ministerio sacerdotal sin caridad, sin amor? Pues el ministerio sacerdotal es el oficio del amor. Sin amor el sacerdocio se convierte en una profesión y el ministerio en un simple proveedor de servicios religiosos, el sacerdote que aspira a ser un buen pastor, debe vivir su sacerdocio en el amor de Cristo Buen Pastor. Termino con una frase del santo cura de Ars, Juan María Vianney: “El sacerdocio es el amor del Corazón de Jesús”.
Está por terminar el año del sacerdote proclamado por el Papa Benedicto XVI para toda la Iglesia, el año termina pero queda la consigna de seguir rezando por nuestros sacerdotes.