Lejos de mi tierra, cerca de Dios
La experiencia de un joven peruano al emigrar junto a su familia a Denver, Colorado
Por Sebastián Maturo (*)
Sabemos que Dios es infinitamente bueno. Sabemos que es infinitamente misericordioso y sabemos que nos ama. Siempre nos dicen que Dios no te quita algo para darte algo peor. Eso es verdad, pero ¿Cuántas veces en verdad lo creemos? ¿Cuántas veces sentimos que ya no podemos dar más y pensamos que Dios no está con nosotros en los momentos en los que más sufrimos? ¡Cuántas veces no sabemos agradecer por lo que tenemos y sólo pensamos en lo que no tenemos y en lo que queremos tener! La familia, los amigos y hasta las cosas materiales nos vienen de Dios. A Él le debemos la vida.
Dios creó todo para nosotros porque nos ama. Es muy fácil decir que Dios te ha dado todo lo que en verdad necesitas cuando tienes todo lo que quieres para sentirte bien; como un buen grupo de amigos, diversión, la familia, etc.
¿Pero qué pasa cuando todo eso que siempre tuvimos se nos va? ¿Cuando ya no estamos rodeados de cosas materiales y de repente nos vemos solos en un lugar que no nos gusta para nada? Es ahí cuando nos acordamos de Dios, cuando nos faltan cosas. Y es ahí donde debemos responder a lo que quiere Dios. Responder sin miedo, sin engreimientos, a lo que Dios quiere de nosotros porque Él no te quita algo para darte algo peor. Nunca te pide más allá de tus capacidades. Él lo dio todo, nos amó hasta el extremo en la Cruz. Sin miedo ni engreimientos dio su vida por nosotros.
Yo he sentido a Dios presente en mi vida. He sido educado junto a Dios. Tenía todo lo que quería o necesitaba para vivir: un muy buen colegio católico, un grupo de amigos bien cercanos y con ellos tenía una agrupación mariana (grupo de jóvenes del Movimiento de Vida Cristiana). Nos iba muy bien, nuestra relación con Dios maduraba y crecía. Lo plasmábamos en el apostolado con las personas en nuestro entorno.
Hablo en tiempo pasado porque Dios actuó de una manera que ni yo ni mis amigos esperábamos. Hizo que mi familia se mude a Estados Unidos. Nos dio la visa de residencia. Tuve que dejar todo lo que yo tenía: mis amigos, familiares y las comodidades que tenía en Perú y que no tengo en Estados Unidos. Lo único a lo que me podía aferrar era a Dios. Porque Él está en todos lados. Dios está conmigo todos los días y aunque extrañe siempre todo lo que he dejado en el Perú, se que Dios hizo esto por algo. Quiere algo de mí y de mi familia y yo debo responder a ese plan.
En la cruz, Jesús nos dio el mejor regalo que podamos tener. Nos regaló la Vida Eterna y eso es un tesoro que debemos guardar. Ahora se viene la Semana Santa y durante este tiempo de Cuaresma nos preparamos para recibir ese tesoro que nos lo ganamos en cada obra buena que hacemos.
Pero ¿dónde ponemos ese tesoro? Muchas veces lo decidimos atesorar en la tierra porque nos cuesta creer que Dios nunca nos va a fallar. Pero Dios es el puente que nunca cede. Dios es el amigo que nunca traiciona. Miremos dónde está nuestro tesoro, en un lugar sucio y desprotegido o en el lugar más hermoso de todos con el amigo perfecto y a salvo.
(*) Sebastián Maturo tiene 16 años y escribió este artículo hace dos años, tiempo en el que emigró a Estados Unidos junto a su familia.
Este artículo fue publicado en el boletín “BuscandoT”, iniciativa que surgió de un grupo de jóvenes del Movimiento de Vida Cristiana que después de varios años de constante encuentro con el Señor Jesús, decidieron buscar la manera de desplegar y mostrar a otros jóvenes lo que estaban viviendo y compartir con los demás el tesoro de conocer al Señor Jesús. Si deseas saber más sobre este boletín, puedes ingresar a la página web http://www.buscandot.com.
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