
La Maternidad Espiritual de María en la vida del sacerdote
El don más hermoso que el Señor nos ha dejado
Por Licia Pereira de Oliveira (*)

El 19 de junio de 2009, Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, el Papa Benedicto XVI inauguró el año sacerdotal que se concluirá en la misma solemnidad de 2010. El Santo Padre quiso convocar este año para “promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo”1[1]. El sacerdote en virtud del sacramento del Orden actúa in persona Christi Capitis, es decir, a través suyo es Cristo mismo quién está presente a su Iglesia como Cabeza de su cuerpo2[2] y por ello es llamado a ser un “pastor según el Corazón de Dios”3[3]. Tal llamada exige del sacerdote el cultivo de una vida espiritual intensa que haga de su existencia una liturgia continua; en este proceso el amor filial a María, Madre de Dios y madre nuestra, es una nota distintiva; el Concilio Vaticano II en el decreto Presbyterorum ordinis recomienda a los sacerdotes que desarrollen una profunda devoción mariana: “veneren y amen los presbíteros con filial devoción y veneración a esta Madre del Sumo y Eterno Sacerdote, Reina de los Apóstoles y auxilio de su ministerio”4[4].
Tal devoción no es un acto de mero pietismo, sino que desde las palabras del Señor Jesús en la Cruz “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. “Ahí tienes a tu madre”. (Jn. 19, 26-27), descubrimos que Él nos señala a su Madre; en este pasaje bíblico encontramos el origen de la piedad mariana propia de la espiritualidad católica: ¡el mismo Jesús! Él quiso dejarnos a nosotros, miembros de su Iglesia, debidamente representados en la persona del discípulo amado, uno de los dones más preciosos de su Sagrado Corazón, su Madre; y ante el don, la actitud no puede ser otra que la de la acogida. El Evangelio de Juan nos dice que el discípulo acogió a María en su casa, el Papa Benedicto XVI reflexionando sobre este último momento de la escena bíblica dice “el texto griego es mucho más profundo, mucho más rico.
Podríamos traducir: acogió a María en lo íntimo de su vida, de su ser, «eis tà ìdia», en la profundidad de su ser”5[5]. El discípulo de Jesús acogiendo a María en lo más profundo de su ser, la asume como Madre suya, tal como lo ha indicado el Señor en la Cruz, momento en que nos ha sido entregado el regalo de una maternidad real y espiritual. ¡María es madre nuestra en el orden de la Gracia! Tal acogida conduce a un nuevo descubrimiento, al acercarnos a María, a su Inmaculado Corazón, descubrimos que es todo de Jesús, vemos que toda su vida ha sido un constante Sí al Plan de Dios y que desde el evento de la Anunciación-Encarnación, hasta hoy y para siempre, Ella es toda de Jesús, es Ella quien mejor conoce al Hijo y quién mejor puede orientarnos para ser auténticos cristianos; así, dejándonos conducir por sus manos maternales avanzamos por el camino que conduce más plenamente al Hijo, es decir, por el camino de la plena conformación a Él.
María, entonces, es realmente nuestra madre en el orden de la Gracia, ejerce por expreso Designio Divino una función maternal dinámica para que nos configuremos cada vez más a su amado Hijo, pero su maternidad espiritual la ejerce en modo especial con los sacerdotes. Tal afirmación no va en desmedro de los fieles laicos, María es Madre de toda la Iglesia y a todos sus hijos quiere verlos conformados a Jesús, pero el sacerdote encuentra un lugar especial en su corazón a causa del Don de su vocación a ser “otro Cristo” de una manera diversa de los demás bautizados. Por vocación, el sacerdote tiene el poder de ofrecer el sacrificio de la Santa Misa y perdonar los pecados por medio del sacramento de la Reconciliación, desempeñando, en nombre de Cristo, la función sacerdotal en favor de los hombres. Tal vocación que es gratuita y no depende de méritos personales, pone al sacerdote en una condición del todo especial en el seno de la Iglesia, y si por vocación y don ellos se asemejan más a Jesús, tal semejanza se hace cada vez más fuerte por medio del esfuerzo constante de cooperación con la Gracia. El Papa Benedicto XVI explica la singularidad de esa maternidad espiritual afirmando que María tiene un amor de predilección por los sacerdotes porque ellos “se asemejan más a Jesús, amor supremo de su corazón... Por su identificación y conformación sacramental a Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, todo sacerdote puede y debe sentirse verdaderamente hijo predilecto de esta altísima y humildísima Madre”6[6].
Ser bendecido con la Gracia del sacerdocio implica una grande responsabilidad de parte de quién lo recibe, responsabilidad del servicio humilde y constante para la santificación y educación de los fieles en la fe; María entonces mira con ojos particularmente amorosos a sus hijos sacerdotes porque el carácter impreso por el sacramento del Orden los asemeja más a Jesús y tal semejanza brilla de modo particular en aquellos momentos en los cuales el sacerdote en el confesionario carga sobre sí las miserias y los pecados del Pueblo de Dios; cuando el sacerdote impone las manos sobre el penitente y pronuncia las palabras de absolución permitiendo así que la Misericordia divina baje de modo eficaz sobre él purificándolo y reconciliándolo con Dios y con la Iglesia, no se puede dejar de recordar el momento supremo del perdón y la reconciliación de toda la humanidad cuando el Señor en la Cruz cargó sobre sí los pecados de toda la humanidad. El sacerdote, representando a Jesús, carga con los pecados de los hijos de la Iglesia. ¿Con cuántos dolores y penas esos hombres se enfrentan diariamente? Por esta y otras razones el sacerdote necesita de las oraciones fervorosas de todos los fieles y de la protección e intercesión especial de nuestra Madre.
Pidamos con fervor a la Virgen María que interceda con especial amor maternal por todos los presbíteros, en particular en los tiempos actuales, donde los ataques al sacerdocio son cada vez más constantes y agresivos, para que la gran muchedumbre de sacerdotes que deben soportar las injurias lo hagan con caridad y puedan decir con Jesús “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (cfr. Lc 23, 34) y para que aquellos que deben rendir cuentas a Dios de sus actos no desesperen, acudan al auxilio de la Dulce Madre del Cielo con la confianza en que el “sacrificio redentor de Cristo tiene el poder de perdonar incluso el más grave de los pecados y de sacar el bien incluso del más terrible de los males”7[7].
* Licia Pereira es Licenciada en Teología Dogmática y es laica consagrada de la Fraternidad Mariana de la Reconciliación.
1[1] S.S. BENEDICTO XVI, Carta para la convocación de un año sacerdotal con ocasión del 150 aniversario del Dies natalis del Santo Cura de Ars, 16 de junio de 2009.
2[2] Cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 1548.
3[3] “Le Sacerdoce, c’est l’amour du coeur de Jésus” (in Le curé d’Ars. Sa pensée – Son Coeur. Présentés par l’Abbé Bernard Nodet, éd. Xavier Mappus, Foi Vivante 1966, p.101, citado en la Carta para la convocación de un año sacerdotal con ocasión del 150 aniversario del Dies natalis del Santo Cura de Ars.
4[4] Decreto Presbyterorum ordinis, sobre el ministerio e vida de los presbíteros, 18.
5[5] Cfr. S.S. BENEDICTO XVI, Audiencia General, 12 de agosto de 2009, Maria, Madre de los sacerdotes.
6[6] Ibid.
7[7] BENEDICTO XVI, Carta pastoral a los católicos de Irlanda, 7; 19 de marzo de 2010.
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