
El sentido de la Cuaresma
A vivir con fe y esforzados este tiempo litúrgico que nos regala la Iglesia
Por Mons. Jorge De los Santos
“Entonces dijo Jesús a sus discípulos: el que quiera seguirme que renuncie a sí mismo, cargue su cruz y me siga” Mt 16, 24.
La Cuaresma es el Tiempo Litúrgico en el que hacemos el camino espiritual acompañando a Jesús en su camino al Calvario cargando su Cruz. Es allí donde la Cuaresma adquiere sentido, cuando forma parte de mi vida, la Cuaresma no son unos días que transcurren y que yo puedo apreciar su paso como un espectador, sino es algo que se vive en el interior de cada fiel que ha escuchado el llamado del Señor a seguirlo como discípulo.
Negarse a sí mismo no es negar nuestra naturaleza humana o la obra del Dios creador, más bien es negar lo que somos en estos momentos, es decir en lo que nos hemos transformado. Fuimos creados a imagen y semejanza de Dios como nos lo dice el libro del Génesis de la Sagrada Escritura, pero nos hemos desfigurado a causa del pecado, a causa de separarnos o alejarnos de Dios, por eso dice Jesús: “el que quiera seguirme…” en otras palabras, el que quiera estar cerca de mí, el que quiera regresar a mí, el que quiera desvanecer la distancia de separación entre Dios y el hombre, ese debe renunciar a lo que es, debe renunciar a todo lo que al hombre le ha hecho perder la semejanza de Dios. A todo lo que le ha deformado, debe renunciar a lo que lo ha transformado en un ser egoísta, que sólo piensa en sí mismo, que lo hace creer que todo lo que tiene es por sus propios logros y de nadie más y por lo tanto es el único propietario de todo lo que ha llegado a sus manos y lo hace incapaz de elevar sus ojos al cielo y agradecer por sus bendiciones, lo hace incapaz de compartir sus frutos con los menos afortunados que él, egoísmo que le hace creer en su grandeza y se ciega a la grandeza y magnificencia de su Señor. Ese pecado que nos lleva a la soberbia de la autosuficiencia como si necesitáramos sólo de nosotros mismos y no necesitáramos de Dios, perdemos nuestra figura de creaturas para tratar de adquirir una figura de “creadores”.
¡En qué nos hemos convertido! Hemos usado mal nuestra libertad de tal forma que hemos dejado de ser hombres libres para transformarnos en esclavos de nuestros deseos y ambiciones, esclavos de nuestras pasiones y desenfrenos, esclavos de nuestras posesiones, es aquí donde resuena el eco de la voz del Señor: “se niegue a sí mismo…”, se niegue a lo que se ha convertido y vuelva a ser la imagen y semejanza de Dios, vuelva a ser lo que debe de ser, vuelva a ser como Dios lo creó.
Si cargamos la misma cruz que Jesús lleva a cuestas, esa cruz nos une a Él, pero para unirnos a Jesús, lógicamente debemos eliminar lo que nos separa de Él. Este es el llamado de la Cuaresma, el purificarnos de todo lo que nos aleja del Señor, de renunciar a aquello que nos hace diferentes de Dios, es el llamado a acercarnos de nuevo a Dios, de regresar a la Casa del Padre donde Él nos está esperando y hacia donde Jesús nos lleva.
Sé que el camino de regreso no es fácil, sé que tiene muchos obstáculos, Jesús lo sabe también porque Él más que nadie sabe cuan pesada es esa cruz que lleva sobre sus espaldas, a la que estamos invitados a llevar junto con Él. Si tomamos la misma Cruz de Jesús no pretendamos que esa sea ligera, porque al pretender que sea ligera entonces estaríamos escogiendo una “cruz” diferente a la de Jesús y si nos estamos llevando la misma cruz entonces no estamos unidos a Él.
El discípulo del Señor se niega a sí mismo, carga la cruz junto con su Señor y lo sigue por todo el camino hasta llegar a la Casa del Padre, donde Él nos dice: ¡hijo, bienvenida a casa, al paraíso, a la vida verdadera, a la felicidad eterna, al triunfo del Señor!
Vivamos con fe esta Cuaresma.