
Una vocación puesta a prueba
Salvador Castellanos nació en Jalisco, México el 24 de febrero de 1984. Desde septiembre del año pasado se encuentra estudiando en el Seminario Arquidiocesano de Denver, Saint John Vianney. Aunque el deseo por ser sacerdote nació en él con claridad desde que tenía diez años, su vocación se vio probada por muchas circunstancias y contrariedades. En esta edición, Salvador comparte cómo Dios lo ha conducido a lo largo de su vida hasta traerlo a Denver.
Por Lara Montoya

“El llamado de Dios no es algo ajeno para mí, desde que estuve en quinto de primaria, lo he percibido en mi corazón”, señala Salvador, quien desde que descubrió esa voz que habla en lo más íntimo de uno mismo, supo que su vocación era ser sacerdote.
A los doce años, Salvador decidió conocer más a fondo su vocación, fue la primera vez que tuvo la experiencia de vivir en un seminario, sin embargo, se encontró con un primer obstáculo: para su papá, él era muy joven para saber que Dios lo estaba llamando. Sin embargo, eso no fue suficiente para detener a este perseverante joven, durante sus vacaciones, pasaba algunas semanas en los preseminarios de San Juan de los Lagos, México. Sus padres se opusieron más adelante a la idea de que estudiara la secundaria en un seminario.
A la edad de 18 años, su vocación sufrió una nueva prueba, su familia decidió emigrar a Estados Unidos y Salvador se vio enfrentado a escoger entre dejar atrás a sus seres queridos y responder a su vocación o embarcarse con su familia a esta aventura en busca de nuevas oportunidades. Salvador optó por viajar junto a su familia hacia Denver, y es en esta ciudad donde su vocación se vio fuertemente probada.
“Cuando llegué a Denver el deseo de ingresar al seminario se fue apagando, empecé a ir a la escuela y a trabajar y con ello nuevos horizontes se abrieron ante mí, todos ellos muy tentadores. De pronto me vi entrampado en mis propios planes, quería estudiar medicina, y entre tantos nuevos sueños, la voz que clamaba desde el fondo de mi corazón se había enmudecido. Ingresé a la universidad y trabajaba al mismo tiempo, pero Dios nunca dejó de llamarme y esta vez lo hizo de manera evidente”, señala el joven. Salvador empezó a tener problemas de salud que lo llevaron a interrumpir sus estudios. Es entonces cuando empezó a trabajar en un restaurante, a ese local iba constantemente a desayunar el Padre Daniel Leonard, quien había trabajado por mucho tiempo en Guatemala y México.
“Nos empezamos a hacer amigos, conversábamos de muchas cosas, de su experiencia y él empezó a hablarme del seminario, así es como conocí al Padre Jorge Rodríguez y a Alberto Alejandre, quien en ese entonces era seminarista del San Juan Vianney. Alberto empezó a buscarme y me empezó a enfrentar con el tema de mi vocación que yo había dejado en el olvido. Yo no quería entrar en ese tema, tenía miedo de volver a despertar en mí esos deseos, pero gracias a Dios Alberto no se daba por vencido, insistió tanto que decidí ingresar al seminario de Morelia”, nos cuenta Salvador.
En Morelia, su vocación se vio nuevamente probada, “llegué con mucho miedo allá, no conocía a nadie, me vinieron muchas dudas sobre mi vocación y entré en crisis, no sabía que hacer, pero una sola cosa me sostuvo, un sacerdote jesuita nos había dicho que nunca hay que tomar decisiones en momentos de crisis, así que me mantuve firme hasta que el momento de calma llegó. El seminario de Morelia ha sido una de las experiencias más bonitas de mi vida, he cultivado amistades muy hermosas, siento que los hermanos a los que conocí en ese año, son hermanos para toda la vida.
Sin embargo, después de un tiempo, se decidió que era mejor para mi formación el que me viniera a estudiar a Denver. Creo que esa es la dinámica de Dios para conmigo, me envía a un lugar un día y al otro día me manda a otro, y esa será mi vida me imagino, por lo pronto yo estoy muy feliz respondiendo su llamado, porque sea donde me encuentre, con Dios soy feliz”.