
El sacerdote y la esperanza
La esperanza se fundamenta en la relación con una persona y esa persona es Cristo
Por Mons. Bernard Schmitz*
Hace algún tiempo me pidieron escribir unas palabras sobre el sacerdocio y la esperanza. Como estamos al inicio del año, la esperanza se convierte en un buen tema de reflexión.
Pero de manera particular para el sacerdote, quien está llamado a ser una persona de esperanza porque él recuerda cada día el sacrificio de Cristo a través del cual debe ser alimentado con quien es la esperanza.
Sin embargo, en la realidad hay muchas situaciones que pueden desanimarnos: la situación económica, los desacuerdos familiares, problemas y otras dificultades que se dan en la vida cotidiana. Como seres humanos, nosotros, los sacerdotes, también luchamos con situaciones similares que buscan desanimarnos. Cuando pensaba en todo esto, recordé la reflexión de un libro que estoy leyendo bajo el título “Vivir la espiritualidad sacerdotal en tiempos difíciles” del Padre Agustín Sánchez Manzanares. Está escrito en castellano y me cuesta un poco comprender, por ello mi estudio se hace un poco lento. Sin embargo, de lo que vengo leyendo, en las primeras páginas el escritor identifica algo que creo es real y tiene mucho de cierto para la vida sacerdotal en cualquier parte del mundo. Dice el Padre Agustín, “la gran amenaza para el presbítero está en no alcanzar él mismo la unidad interior frente a la multiplicación de sus empeños pastorales y frente a un ambiente multicultural, difuso y disolvente de la identidad personal, dejando así su existencia sacerdotal contaminada exteriormente e interiormente vacía. El ministerio de la comunión implica por su propia esencia en el propio ministro, y en cada fiel, dolores de parto para que nazca en él y en los fieles la comunión, son los dolores apostólicos”.
Muchas veces yo contemplo esa realidad, no sólo en mí sino en mis hermanos sacerdotes cuando los escucho decir que casi no tienen tiempo de cumplir sus labores pastorales y a veces se sienten inundados por las necesidades de sus fieles. Mientras estudiaba el libro del Padre Agustín leí también un libro de la vida de San Juan Maria Vianney, el Cura de Ars, patrón de todos los sacerdotes.
El santo Cura de Ars hizo una labor maravillosa en su vida sacerdotal y como todos sabemos pasó extensas horas en el confesionario, algunas veces hasta 16 horas diarias. Leyendo sobre su vida me pregunté ¿de dónde viene tanta generosidad y motivación apostólica? También pensé en uno de mis primeros párrocos en los inicios de mi vida sacerdotal. Él terminó sus estudios en el seminario unos años antes del Concilio Vaticano II, ello hizo que poco tiempo después tuviera que aprender nuevamente las disposiciones para celebrar la Misa e impartir los sacramentos. Este sacerdote amigo luchó con una grave enfermedad que limitó bastante su energía. Por ello, cualquiera justificaría que tuviese amargura en la vida, sin embargo no fue así, más bien él vivía como el Cura de Ars, siempre entregándose totalmente al Señor. Además tenía que aguantar al entonces joven sacerdote –yo– quien pensaba que entendía todo. Siempre fue muy paciente conmigo.
Bueno, ¿y por qué comparto esta historia? No son sólo los sacerdotes quienes corren el riesgo de perder su vida interior, “en frente de sus empeños”, sino que todos corremos este mismo riesgo diariamente. Hace un tiempo, mi secretaria me dijo que se dio cuenta que a mí me gusta ser una persona “multi-task” (hacer varias cosas al mismo tiempo). Y tenía razón. Muchas veces trato de hacer más de una cosa a la vez. Sin embargo, creo que no soy el único que hace eso, pues veo a mucha gente hablando por celular mientras maneja su carro, o escuchando el “ipod” mientras está hablando con otra persona, o quienes miran el televisor mientras están comiendo, etc.
El riesgo de hacer mucho y no concentrarnos bien en lo que hacemos es que podríamos caer en no reconocer la presencia del Señor en nuestra vida o no reconocer la necesidad de profundizar en nuestra relación con Dios. Y si es que no hay una relación íntima con el Señor Jesús, el sacerdote podría estar cumpliendo sus deberes pero viviendo una vida muy superficial. Lo mismo puede sucedernos a cada uno de nosotros si es que no encontramos al Señor en el fondo de nuestra alma.
¿A qué nos lleva esta reflexión con el tema de este escrito, la esperanza? La esperanza tiene su base en la relación con una persona, y esa persona es Cristo.
Los afanes de la vida sacerdotal son bastantes, entre ellos están pagar las cuentas de la parroquia, el manejo administrativo, organizar grupos, dirigir varios grupos de la parroquia como el consejo parroquial, visitar enfermos y hospitalizados, atender las necesidades de su equipo pastoral, preparar sus homilía, responder la correspondencia que incluye el correo regular, electrónico y llamadas telefónicas, y responder a las necesidades pastorales de sus fieles constantemente. Si en medio de todo esto y quizá más, él pierde su relación con el Señor, sus actividades terminan en exactamente eso “actividades”, y no llegan a ser momentos de encuentro con el Señor, a ser actos que glorifiquen a Dios.
Cuando el sacerdote no tiene un encuentro con el Señor tampoco tiene algo para dar a sus fieles. No podemos dar lo que no tenemos. Los desafíos con que nuestros fieles luchan diariamente son muchos. Sólo para mencionar algunos, están los asuntos inmigratorios, el desempleo, los desacuerdos familiares, el alcohol, la separación familiar, las dificultades con la salud, las peleas entre hijos y padres, etc. Ante ello, la esperanza es fundamental en nuestras vidas, pues seremos personas que ante las tribulaciones y problemas no desfalleceremos. El sacerdote, nos dicen los documentos de la Iglesia, actúa “in persona Christi”. Los fieles miran al sacerdote como modelo, guía, que los ayuda a caminar en el día a día en sus vidas.
Dice San Pablo en su Carta a los Romanos, “la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado”. La razón por la que la esperanza “no falla” es porque Jesús nunca nos falla. Entonces, si queremos nosotros vivir la esperanza tenemos que ser personas que conozcan bien al Señor. Cristo, no puede ser sólo un concepto en nuestra mente sino que tiene que ser una Persona presente con quien nos encontramos día a día y conocemos íntimamente.
El Padre Agustín en su libro dice que el sacerdote tiene que mirar las entrañas de Cristo. Y cuando el sacerdote mira al mundo desde la perspectiva de las entrañas del Señor no solamente comprende las emociones y afectividades de sus fieles sino que “comprenden al otro desde dentro, paso que no es mera comprensión lectora, sino una comprensión que alcanza al otro en su ser y en su estado”.
Cuando el sacerdote comprenda al otro en su ser y estado, éste puede ser un motivo de profundizar más en su relación con el Señor y ello siempre lo ayudará a ser una persona de esperanza.
Creo que aquél sacerdote amigo entendió esto, pues tenía una relación profunda con el Señor y la vivía profundamente en su corazón, siempre abierto a la gente y siempre listo para servir a los demás.
¡Le doy gracias a él por todo lo que me mostró con su vida y la importancia de la esperanza en los inicios de mi sacerdocio!
* Mons. Bernard Schmitz es el Vicario para los Sacerdotes en la Arquidiócesis de Denver y párroco de la Iglesia Mother of God en Denver.
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